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La reconstrucción no se difundirá por Twitter

Las redes sociales han provocado grandes cambios, y no debe subestimarse su influencia en las últimas revueltas, sostiene Susannah Vila. Pero estos mismos hechos indican que una de sus fortalezas –la ausencia de líderes– puede acabar siendo una de sus debilidades.

La idea que subyacía en el tema que cantaba en 1971 Gil Scott Heron, "La revolución no va ser televisada", no era que iba a resultar difícil conseguir imágenes de las manifestaciones en la televisión, sino que esas imágenes al estar sometidas a las necesidades de los anunciantes podrían no retratar fielmente las protestas callejeras. “La revolución” no “será mejor con Coca-Cola”, ni “eliminará las bacterias que provocan el mal aliento,”, se dice en la canción. “La revolución” es la gente, saliendo a la calle y “buscando un día más luminoso.

La gente, como ha quedado claro con las revoluciones en el Norte de África, están enviando imágenes, vídeos, tweets y actualizaciones de estado directamente al resto del mundo, sin que se vean mediatizados por los anuncios de Coca-Cola. Quizás no lo hagan todos, pero sí los suficientes, y por eso podemos confiar en la capacidad de esos manifestantes y seguidores para presentar, bien mediante mensajes en Tweet o Facebook o bien con información subida de cualquier otra forma, una imagen de la revolución que resulte verídica para los que la están viviendo.

Sin embargo, soy menos optimista respecto a las perspectivas de lo que venga después.

El hecho que el mundo haya seguido las revueltas del Norte de África y Oriente Medio según iban produciéndose, pasando cada vez a la siguiente noticia de última hora, hace que surjan dudas sobre los efectos del entorno mediático actual sobre las transiciones democráticas (o sobre su inexistencia). Por muchas razones resulta más complicado tuitear la reconstrucción que la revolución. Pero antes conviene en primer lugar resaltar el papel que jugaron en esta última las herramientas en la red y los móviles.

“La tecnología viene muy bien para hacer correr la voz en una dictadura sobre… cuánta gente está insatisfecha y no se cree la propaganda”

En Túnez y Egipto las redes sociales permitieron que la información circulara mucho más rápidamente. “Nunca había oído hablar de Sidi Bouzid”, me dijo un activista tunecino sobre la ciudad en la que un joven desempleado de 28 años, Mohamed Bouazizi, se prendió fuego frente a un edificio de oficinas gubernamentales el 17 de diciembre, iniciando la ola de protestas que acabó por derribar al Presidente Ben Ali.

No importó que el mismo Bouazizi no fuera un usuario habitual de Internet, ni mucho menos un activista de la web. Lo importante fue que las noticias de su actuación se difundieron rápidamente desde las zonas rurales hasta las ciudades, enfureciendo a una población juvenil que ya estaba a punto de explotar.

Pronto hubo miles de jóvenes manifestándose en nombre de lo ocurrido en Sidi Bouzid y pidiendo que el mundo entero les prestara atención. Cuando unos pocos medios de comunicación comenzaron a hacerlo, no cubrieron las protestas con sus propios medios sino extrayendo datos a partir de los hashtag de Twitter (#Sidibouzid) y los vídeos subidos a Facebook y Youtube desde el terreno.

Así se inició un círculo virtuoso de producción y difusión mediática cuando cadenas como Al Jazeera y France 24 mostraron en televisión los vídeos grabados con móviles: los manifestantes subieron más vídeos, las cadenas los emitieron, y así sucesivamente. El proceso continuó hasta que el hashtag #Sidibouzid tuvo muchos más seguidores de los que hubiera tenido en otras circunstancias, a la vez que también mucha más gente subía vídeos desde las calles de Túnez o los veía en la red.

En segundo lugar, las nuevas herramientas de comunicación permitieron que la gente se encontrara y hablara sobre los acontecimientos en ambientes donde la represión dificultaba en gran medida esos actos. En Egipto, por ejemplo, según la ley de emergencia no se podían reunir grupos de más de 5 personas, mientras que en los 6 años transcurridos entre la aparición de Movimiento por el Cambio en 2004 y la campaña contra la brutalidad policial del verano de 2010 el número de usuarios egipcios de Facebook aumentó en unos 4 millones.

En los foros virtuales los egipcios conectados –normalmente más jóvenes y cultos– se relacionaban entre sí y descargaban su rabia en la red ya que no podían hacerlo en las calles. El periodista Nicholas Kristof, que cubrió las protestas de la plaza de Tiannamen en 1989 y ha estado en Egipto y Baréin este año, resaltó este fenómeno en una conversación que tuvimos al decir que “la tecnología viene muy bien para hacer correr la voz en una dictadura sobre… cuánta gente está insatisfecha y no se cree la propaganda.”

Mientras los egipcios jóvenes y cultos intercambiaban ideas en la red, iba creciendo la frustración económica, social y política de la población. En 2011, cuando estallaron las protestas, había empezado a formarse un canal de comunicación entre la minoría conectada a Internet y el resto de la gente. Es cierto que la mayoría no estaba en Facebook o Twitter, pero la información se difundía desde esas redes hasta toda la sociedad.

Recordemos, por ejemplo, una imagen que apareció en Twitter en el momento álgido de las protestas en Egipto, que mostraba a un hombre viejo y curtido por los elementos llevando un cartel que decía: “Gracias juventud egipcia de Facebook”. Para él Facebook no desempeñaba un papel en su percepción de la revolución porque lo estuviera usando, sino porque ayudaba a los jóvenes que la iniciaron a movilizarse conjuntamente.

Crecer con el derecho a acceder a la inmediatez que aportan las herramientas en la red hace más probable que luches por ellas si te las quitan

Las historias (como las de Mohamed Bouzizi o Khaled Said) y la gente alimentan la revolución porque su conducta provoca cambios, y un entorno de información que se ha visto profundamente alterado puede modificar el comportamiento de la población. Y todo ese conjunto de medios de comunicación interconectados puede llegar a tener efectos positivos sobre el activismo.

En Egipto Internet no estaba apenas censurada. Los jóvenes estaban acostumbrados a la inmediatez de Facebook y Twitter, así que cuando perdieron el acceso a ellas a causa del intento del Presidente Mubarak de sofocar las protestas bloqueando la red los “activistas del teclado” inundaron las calles. Crecer con el derecho a acceder a la inmediatez que aportan las herramientas en la red hace más probable que luches por ellas si te las quitan.

Sin embargo, los activistas del teclado ¿son capaces de gobernar un país, y hacerlo además sin la ayuda de las audiencias internacionales que estaban tan atentas a los acontecimientos de su revolución? Esa es la cuestión que los observadores deberían estar planteándose ahora.

Las ventajas antes mencionadas de las redes sociales a la hora de movilizar y organizar a la gente pueden resultar en cambio perjudiciales para la gobernabilidad. Podemos verlo en Egipto, donde los manifestantes saben perfectamente que la revolución no ha acabado, pero parecen incapaces de escoger a unos líderes políticos adecuados para llenar el vacío de poder en sus filas. No resulta en absoluto descabellado afirmar que sus intentos en ese sentido tendrían más éxito si hubiera alguien dirigiendo la estructura revolucionaria. Y, sin embargo, esta carencia de estructuras jerárquicas tradicionales ha sido una de las características principales de la revolución del 25 de enero y de los movimientos del siglo XXI en general.

Ya no resulta sorprendente que un foro de Facebook se vea favorecido por la coyuntura y vea dispararse el número de sus usuarios, lo que a menudo se traduce en efectos y cambios en el mundo real y la aparición de líderes inesperados, improbables e incluso totalmente accidentales. Pero, por el mismo motivo, no debe sorprendernos el que esos líderes no tengan las dotes necesarias para influir sobre sus nuevos seguidores, desarrollar capacidades y convertir su campaña en un gobierno o una organización sostenibles.

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