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Un paso adelante...

Konstantin Eggert, redactor jefe de la oficina de la BBC en Moscú durante más de 10 años, sostiene que la relación entre Rusia y la OTAN consistirá siempre en una serie de avances alentadores seguidos por retrocesos periódicos. Sin embargo, quizás sean otros factores regionales los que pronto adquieran una mayor importancia.

Durante la cumbre OTAN-Rusia de Lisboa del pasado mes de noviembre me encontraba en la sala principal de prensa esperando la aparición de Dimitri Medvédev ante los periodistas cuando apareció un miembro de la delegación rusa y me contó que el presidente les había dicho a los líderes de la OTAN: “Estamos preparados para llegar tan lejos como ustedes estén dispuestos a llegar”. Sentí que la primavera flotaba en el aire para Moscú y la Alianza.

Ahora, unos pocos meses después, parece que se trata más bien del otoño.

La retórica anti OTAN florece en los medios rusos bajo control estatal, las conversaciones sobre defensa de misiles no conducen a ninguna parte y ahora, tras el anuncio de que EEUU está llevando a cabo “conversaciones exploratorias” con los talibanes, hasta la cooperación en Afganistán podría verse afectada. Tras el precipitado anuncio de Barack Obama sobre una retirada, el Kremlin podría pensar que cada uno debe cuidar de sí mismo y buscar sus propios canales de comunicación con los insurgentes afganos.

La actitud de la clase política rusa respecto a la OTAN sigue resultando ambigua

Desde la misma firma en París del Acta Fundacional OTAN-Rusia en 1997, la relación muestra el mismo patrón predecible: cada intento de acercamiento suele terminar en una crisis (el conflicto de Kosovo en 1999 y la guerra de Georgia en 2008 serían los mejores ejemplos) seguida por una etapa de enfriamiento y después una nueva mejoría… que desemboca a su vez en otra crisis.

Las relaciones entre la Alianza y Rusia se caracterizan por una gran cantidad de actividades prácticas diseñadas para compensar una carencia fundamental: la falta de confianza política entre las dos partes.

Por muy tópica que haya llegado a ser esta afirmación, sigue siendo cierta. Por más maniobras de búsqueda y rescate, seminarios y cursos de adiestramiento en emergencias civiles que se realicen, no se puede ocultar el hecho de que el liderazgo político y militar ruso sigue viendo a la OTAN como un competidor en el mejor de los casos, y como un adversario en el peor, mientras los dirigentes de la Alianza parecen mostrarse cada vez más indiferentes respecto a las sensibilidades rusas, que consideran producto de una mentalidad obsoleta propia del siglo XX. Y por más que se intente negar, es evidente que en la sede de la OTAN se ha acumulado una buena dosis de “hartazgo ruso”.

© NATO

La actitud de la clase política rusa respecto a la OTAN sigue resultando ambigua: la respetan a regañadientes por ser la alianza militar y política de más éxito en la historia, pero al mismo tiempo la prensa y los políticos rusos se alegran de sus fracasos, como la prolongada campaña aérea en Libia o la retirada de Afganistán, que consideran pruebas de la decadencia de su poder.

Pero es la característica principal de la OTAN la que sigue teniendo un significado especial en clave interna: constituye un símbolo universal de la arrogancia occidental y la dominación norteamericana, y un recordatorio permanente de la derrota rusa en la guerra fría. Por si fuera poco, el éxito de su ampliación les recuerda a los rusos el triste final del Pacto de Varsovia.

La frustración de los rusos tras 20 años de reformas inconclusas, búsqueda dolorosa de una nueva identidad y “complejo de víctima”, encuentra su máxima expresión en esa actitud de “respeto y odio” hacia la OTAN. Si imaginamos por un momento que la clase política rusa admitiese que la OTAN ya no es un enemigo, resultaría que ya no se podrían evitar ciertas preguntas embarazosas. Por ejemplo: ¿Cuál es el peso real de Rusia en los asuntos mundiales? ¿Tiene capacidad para proyectar su poderío militar en el exterior de forma permanente? ¿Tiene Rusia aliados? ¿Qué valores le unen a ellos?

Tratar con Teherán (o con Corea del Norte) le brinda a Moscú la oportunidad de confirmar su estatus como jugador independiente

Así que la pérdida del “impulso de Lisboa” no debería sorprender a nadie: según se aproximan las elecciones a la Duma estatal y después a la presidencia, los principales contendientes se dedican a avivar los sentimientos anti OTAN. Se trata de una apuesta segura con la opinión pública rusa, que además permite que la clase política evite esas preguntas embarazosas.

Lo mismo puede aplicarse a la defensa de misiles: el aluvión de propuestas de Moscú, rechazadas por la Alianza, estaba diseñado para evitar desacuerdos serios sobre la percepción de amenazas, que constituye el verdadero obstáculo porque obliga a que los socios señalen sus amigos y enemigos. Y actualmente no hay la menor posibilidad de que el gobierno ruso llegue a admitir que Irán (o incluso Corea del Norte) representa una amenaza.

¿Por qué no? En primer lugar, Rusia no cree que países como Irán u organizaciones como Hezbolá o Hamás supongan un grave peligro para ella. En segundo lugar, tratar con Teherán (o con Corea del Norte) le brinda a Moscú una oportunidad (aunque limitada) de diferenciar su postura respecto a la de Washington, confirmando así su estatus como jugador independiente. Y, por último, forma parte de una estrategia más amplia consistente en mostrar una posición más cercana a la de los otros socios BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Todos estos países, muy diferentes entre sí e incluso a veces incompatibles en ciertos aspectos, se sienten unidos por su complejo de inferioridad respecto a EEUU y Occidente, y por su ardiente deseo de superarles.

Aunque parezca que esta situación podría seguir indefinidamente, lo cierto es que a medio plazo varios factores podrían forzar a Moscú a enfrentarse a alternativas difíciles en cuestiones de seguridad nacional.

El primero de ellos es la tendencia demográfica, que cada vez resulta más preocupante. Una población en rápido envejecimiento y una tasa de mortalidad anómala (sobre todo entre los varones) están llevando al sistema de pensiones hacia la bancarrota y hacen que el reclutamiento forzoso sea cada vez menos sostenible. Las fuerzas armadas rusas han aplicado reformas dolorosas y a veces un tanto caóticas, con resultados todavía inciertos. La discutida decisión de la marina rusa de comprar a Francia portahelicópteros de la clase Mistral no es sino el síntoma de una enfermedad más grave: una carencia crónica de armamento moderno, que la industria militar rusa sigue sin poder, al menos por ahora, solucionar.

También hay que tener en cuenta el ascenso de China, con sus grandes reservas de divisas, que tiende a tratar a Rusia como a un socio menor al que intenta desplazar en Asia Central y con el que compite en los mercados internacionales de armas, a menudo vendiendo versiones copiadas o actualizadas del armamento ruso. Y la corrupción generalizada dificulta la gobernabilidad y socava la moral del ejército.

Externamente, el tener a la mayor fuerza militar del mundo (el ejército chino con sus tres millones de soldados) junto a su frontera oriental constituye una posición geopolítica bastante incómoda, que además está ligada a un problema demográfico. El constante flujo de población desde Siberia y las zonas rusas más orientales hacia la parte europea del país provoca que el mantenimiento de la seguridad más allá de los Urales empiece a resultar problemático. Y la hipotética vuelta al poder de los talibanes en Afganistán, combinada con la posibilidad de que Irán extienda su influencia por la zona, podrían provocar que entrara en erupción toda la región al sur de Rusia. Sus teóricos aliados en Asia Central son en su mayoría regímenes dictatoriales que han eliminado casi totalmente cualquier atisbo de oposición, preparando así el terreno para que los islamistas puedan hacerse con el poder.

Dadas las circunstancias, los dirigentes políticos rusos pronto tendrán que realizar una difícil elección en el campo de la seguridad. Pueden adaptarse a China, convirtiéndose de hecho en su socio menor, con la esperanza de que los chinos sean capaces de controlar Asia Central. También pueden adoptar un enfoque más cooperativo con la OTAN y buscar nuevas opciones de seguridad con la comunidad transatlántica. Aunque no resultase fácil, al menos Rusia trataría con socios a los que conoce perfectamente. Por último, pueden intentar resistir las presiones externas en solitario, una apuesta arriesgada teniendo en cuenta los problemas socioeconómicos y políticos que afronta.

Se trata de una decisión difícil, y que aún lo es más porque, por desgracia para Rusia, tendrá que tomarla muy pronto.

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