IDIOMA
La Revista de la OTAN se publica en español unas dos semanas después que en inglés a causa de la traducción.
ACERCA DE LA REVISTA DE LA OTAN
POLÍTICA SOBRE COLABORACIONES
INFORMACIÓN SOBRE COPYRIGHT
EQUIPO EDITORIAL
 RSS
ENVIAR ESTE ARTÍCULO A UN AMIGO
SUSCRÍBASE A LA REVISTA DE LA OTAN
  

OTAN y Rusia: ¿condenados a la decepción?

James Sherr, de Chatham House, afirma que la diferente visión que tienen la OTAN y Rusia de sus relaciones sigue produciendo resultados indeseados. En su opinión, hasta que cada parte acepte el concepto de seguridad de la otra, ésta seguirá siendo una cuestión pendiente.

James Sherr, de Chatham House

En los últimos años mucha gente se ha preguntado si la asociación OTAN-Rusia puede llegar a ser un concepto con verdadero sentido. La pausa en el proceso de ampliación, la reactivación del Consejo OTAN-Rusia, el nuevo comienzo para EEUU y Rusia, los nuevos acuerdos START y la intensificación de la cooperación en Afganistán han dado fundamento a esas esperanzas.

Pero no es ningún secreto que a esta relación le falta algo. Para Bruselas se trata de confianza, para Moscú de equidad.

Las percepciones son muy diferentes, lo que debería moderar las expectativas. A pesar de las mejoras, la OTAN y Rusia mantienen puntos de vista claramente diferentes sobre lo que protege y lo que amenaza la seguridad europea, y las dos llevan la impronta de unas culturas de seguridad muy diferentes. Mientras las cosas sigan así a Rusia le resultará difícil confiar en la OTAN, mientras que los Aliados se mostrarán extremadamente reacios a concederle el tipo de igualdad que ella quiere. Con estos condicionantes se puede conseguir una relación productiva de cooperación, pero no una verdadera armonía.

Para Rusia igualdad significa gestión conjunta

La OTAN nunca ha cuestionado a un nivel fundamental la igualdad de Rusia, a la que considera su socio prioritario. Ningún Aliado pretende reducir su autonomía o limitar sus prerrogativas. El Acta Fundacional OTAN-Rusia excluye cualquier “derecho de veto sobre las actuaciones del otro” o cualquier restricción sobre “el derecho de la OTAN o Rusia a tomar decisiones o actuar de forma independiente”.

Pero para Rusia igualdad significa gestión conjunta; dicho en palabras del Presidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Duma estatal, Konstantin Kosachev: “admisión plena en el ‘Club Euroatlántico’ e influencia real en el proceso de toma decisiones”. Desde el punto de vista de los gobernantes rusos, su país tiene derecho a esa igualdad por su contribución al final de la guerra fría y a la disolución del Pacto de Varsovia, y por su importancia estratégica.

Al mismo tiempo, usando las palabras del entonces Presidente Putin, Rusia “se ha ganado el derecho de tener sus propios intereses”. Tiene derecho a ser igual, pero diferente; seguir siendo lo que el Ministro de Asuntos Exteriores Lavrov denominó “un centro de valores” autónomo. Desde el punto de vista de Moscú, al ignorar estas pretensiones, acercar su “infraestructura militar” hacia las fronteras rusas y negarse a descartar la posibilidad de más ampliaciones, la OTAN está reviviendo la división de Europa.

Dentro de la Alianza muchos ven a Rusia de forma similar. Al firmar la Declaración de Budapest de la OSCE en 1994 y el Acta Fundacional en 1997, Rusia aseguró su “respeto por la soberanía, independencia e integridad territorial de todos los estados y su derecho intrínseco a elegir los medios de garantizar su propia seguridad”. También renunció a las “esferas de influencia”.

Pero la diplomacia rusa ha puesto un énfasis sutil en otros temas diferentes: que la “seguridad es indivisible” (Carta de París de 1990) y que los estados no deben “perseguir sus intereses de seguridad a expensas de otros” (Declaración de Budapest de 1994). A partir de estos principios el Presidente Medvédev insiste en que el sistema de seguridad europeo no debería producir “zonas con niveles diferentes de seguridad”, lo que plantea la cuestión de si los países tienen derecho de entrar o salir de esas “zonas”.

Al limitar las garantías a cuestiones de seguridad policial y militar e ignorar las amenazas políticas y económicas, la propuesta rusa de Tratado de Seguridad Europea en 2009 hace que este país se diferencie no sólo de la OTAN sino también de la OSCE, cuyo proceso de Corfú pone el énfasis en el diálogo sobre “todos los aspectos de la seguridad”.

Acuerdo para ser socios: en 1997 se estableció un nuevo rumbo claramente trazado por la OTAN y Rusia

En sus pronunciamientos internos y bilaterales la posición rusa es mucho menos sutil. Desde el primer documento político de 1992 sobre el denominado “exterior más cercano” hasta la invocación en 2009 por el Presidente Medvédev de una “esfera privilegiada de influencia”, Moscú ha sugerido que tiene derecho a limitar la soberanía de sus vecinos. En su llamamiento de agosto de 2009 al Presidente ucraniano Yushchenko, Medvédev le reprochaba que ignorase las “bases de la cooperación” al socavar “la historia, cultura y religión comunes” de los dos países y los principios de “su estrecha cooperación económica”, y que “siguiera obstinadamente su camino hacia la adhesión a la OTAN”. Tres meses antes el Primer Ministro Putin calificó de “crimen” los intentos de separar Ucrania (“la pequeña Rusia”) de su país.

Los que estén habituados a negociar con Rusia detectarán una cierta pose en estas posturas. Aunque hay algo de eso, lo cierto es que las políticas rusas no son simples maniobras, sino que ponen de manifiesto sus intereses nacionales y mantienen una coherencia significativa.

Parece prudente extraer cinco conclusiones:

Primera: No se debe dar por sentado que la reciente mejora de relaciones vaya a reconciliar a Rusia con la posición de la OTAN en el mundo. Su última Doctrina Militar cita a la Alianza en primer lugar entre los “peligros militares” que afronta el país. También señala la defensa contra misiles estratégicos como un “peligro militar”. Esta Doctrina se publicó en febrero de 2010, 18 meses después de que se paralizara el proceso de ampliación, y desentona claramente con el Concepto Estratégico de la OTAN, que declara que “la seguridad de la OTAN y Rusia están entrelazadas”.

En muchos campos Rusia sigue siendo un socio inevitable, aunque difícil

Segunda: No se debe dar por sentado que la cooperación va a ser acumulativa o que cada acuerdo impulsará los siguientes. El Nuevo Tratado START no ha facilitado los avances en la negociación sobre defensa de misiles y, al menos por el momento, la petición del Senado de EEUU para iniciar negociaciones sobre armamento subestratégico ha recibido un firme rechazo. Ni se puede suponer que Rusia buscará la cooperación con la OTAN por su propio interés. Desde el punto de vista de Moscú las negociaciones y los esfuerzos conjuntos no son ejercicios de terapia de grupo, sino medios para favorecer sus intereses nacionales. La cooperación en ciertos campos como Afganistán (en áreas como suministros y derechos de paso) no va a evitar planteamientos enfrentados en otros (como bases militares y seguridad regional).

Tercera: No se debe dar por sentado que la necesidad de “modernización” e inversión extranjera hará que Rusia modere su actitud respecto a la OTAN. Existe una relación evidente entre la escasez de recursos, la ineficiencia administrativa y las deficiencias de las fuerzas armadas convencionales rusas, pero los fracasos de la reforma del Ministro de Defensa Serdyukov sólo han servido para aumentar la hostilidad hacia la defensa de misiles de la OTAN y la oposición a nuevas reducciones de armamento nuclear.

Defensa de misiles: ¿traerá más cooperación, o más motivos de enfrentamiento?

Cuarta: No se debe despreciar la influencia de nuestros respectivos valores y tradiciones. Durante tres generaciones las democracias occidentales han ido desarrollando una mentalidad forjada en la construcción de consensos, la toma colectiva de decisiones y unos “hábitos de cooperación” que intentan conciliar los intereses nacionales y los colectivos. Actualmente la OTAN y la UE están comprometidas con un ordenamiento de la seguridad posterior a la guerra fría que no queda definido por líneas en los mapas sino por la libertad de cada país para elegir sus socios y su forma de desarrollo. Las dos organizaciones creen que en ciertas ocasiones los valores “universales” han de ser defendidos más allá de sus fronteras, mientras que Rusia no comparte esta tradición. Se trata de un estado exclusivamente moderno, sin ningún aditivo posmoderno, que mantiene una visión rigurosamente geopolítica de la seguridad, una defensa impenitente de las esferas de influencia, una fe implacable en la soberanía y una manifiesta desconfianza respecto al “mesianismo occidental”.

Quinta y última: Hay que estar dispuestos a aceptar que algunas de nuestras políticas más queridas entran en conflicto con el sentido que dan los rusos a sus derechos y títulos. Apoyar la “libertad de elección” de sus vecinos podría beneficiar a Europa, pero choca con lo que Rusia considera sus propios intereses. Para una clase militar que equipara seguridad a dominio del “espacio”, la presencia tropas de la OTAN “junto a las fronteras rusas” representa un “peligro militar” con independencia de las intenciones que tengamos.

Estas conclusiones no deben reducir la prioridad que la OTAN atribuye a sus relaciones con Rusia sino que, por el contrario, deben reforzar su determinación de profundizar la cooperación cuando existan intereses comunes y restringir nuestras diferencias a campos de verdadera discrepancia.

En muchos campos Rusia sigue siendo un socio inevitable, aunque difícil.

Los mismos intereses nacionales rusos pondrán en muchos casos límites estrictos a su grado de apoyo u oposición a las políticas de la OTAN. Dentro de estos márgenes de actuación podemos alcanzar resultados limitados pero importantes. Si esperásemos más, estaríamos condenados a la decepción.

Compartir    DiggIt   MySpace   Facebook   Delicious   Permalink