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Hora de abandonar las ilusiones

Ya es hora de que Rusia y la OTAN dejen de mirarse a través del prisma de la guerra fría, según Fyodor Lukyanov. Los retos del siglo XXI exigen que ambas partes cuestionen los prejuicios heredados del siglo XX.

Ahora, 20 años después del final de la guerra fría, la OTAN y Rusia siguen sin encontrar un terreno común para trazar los contornos de una cooperación estratégica futura.

Es realmente triste porque las dos partes se necesitan mutuamente con urgencia, aunque sus gobiernos no sean plenamente conscientes de ello. Rusia y la Alianza afrontan los mismos problemas, aunque por razones opuestas. Ambas han demostrado su incapacidad, cada una a su modo, de desprenderse de los puntos de vista heredados.

Rusia todavía sigue recuperándose del colapso geopolítico que sufrió con la disolución de la Unión Soviética. Tanto la opinión pública como gran parte de la clase política intentan instintivamente demostrar que la desintegración de 1991 no conllevaba la desaparición del protagonismo ruso en la escena mundial.

La OTAN ha sido un rival triunfante y un símbolo de la derrota estratégica rusa

Frente a este telón de fondo la OTAN se ve como un rival triunfante y un símbolo de la derrota estratégica rusa, una visión que subyace bajo la percepción general.

Ni que decir tiene que este enfoque –el complejo de perdedor, en términos psicológicos– resulta de poca ayuda para una interacción constructiva. La debilidad intelectual de la élite política rusa, que no logra ajustarse a los nuevos tiempos, agrava aún más la confusión general.

En cualquier caso, la situación está cambiando. Inmersa en un entorno internacional que cambia con rapidez, Rusia va superando poco a poco su percepción de la OTAN como principal amenaza contra su seguridad. Actualmente el tono de sus relaciones con la Alianza contiene un eco del pasado, y aún no está claro cuándo morirá ese eco que cada vez desentona más respecto a otras resonancias mundiales, especialmente las que provienen de Asia.

Los problemas de la OTAN se deben al enfoque opuesto. Creo que aún no ha superado la euforia del triunfo y que sigue considerándose la alianza militar más exitosa de la historia; algo que quizás fue cierto hace quince años, pero que ahora resulta engañoso. A pesar de todo su poderío, la OTAN no está preparada para abordar los retos del siglo XXI. En vez de afrontar la realidad, intenta sortearla mediante la autosugestión y una retórica políticamente correcta.

Hasta finales de la pasada década el cambio profundo que tanto necesitaban los objetivos y la misión de la OTAN se pospuso gracias a la ampliación. Pero esta ampliación física alcanzó su límite máximo sin conseguir aportar respuestas a los nuevos dilemas estratégicos.

Tanto la OTAN como Rusia han completado (o más bien agotado) sus agendas de la posguerra fría, y ahora deben decidir su nueva identidad en el siglo XXI

La OTAN no se ha convertido en el gendarme mundial, y el único problema pendiente en su primera zona de responsabilidad, Europa, reside en la inestabilidad de sus relaciones con Moscú. Establecer una base sólida para las relaciones OTAN-Rusia, una tarea que debería iniciarse con el abandono de una percepción mutua obsoleta, podría constituir un nuevo propósito para la Alianza como organización regional.

En resumen, tanto la OTAN como Rusia han completado (o más bien agotado) sus agendas de la posguerra fría, y ahora deben decidir su nueva identidad en el siglo XXI. Ya es hora de que cada una de ellas cambie su postura frente a la otra.

Los últimos acontecimientos han resultado bastante desalentadores. Tras seis meses de discusiones sobre la defensa europea de misiles, iniciados en la prometedora cumbre OTAN-Rusia del pasado mes de noviembre, los representantes de la Alianza rechazaron definitiva e inequívocamente la propuesta rusa de cooperación. La reacción era predecible: los representantes rusos expresaron su profunda decepción y advirtieron del riesgo de una nueva carrera armamentística.

¿Se han desperdiciado seis meses de discusiones? No. No cabe la menor duda de que valía la pena intentar implementar esta idea. El simple hecho de poder tratar en términos prácticos la cuestión de la cooperación en un área tan delicada de la seguridad nacional demuestra que las dos partes están dejando atrás la lógica de la guerra fría.

"La OTAN no puede externalizar a países no pertenecientes a la organización las obligaciones de defensa colectiva que vinculan a su miembros"

Secretario General de la OTAN Anders Fogh Rasmussen

La inercia y los prejuicios tienen una fuerza enorme en ambos lados, pero los debates superaron la retórica de puros sentimientos y emociones y entraron en el terreno de la racionalidad. La discusión ha revelado detalles importantes sobre la compatibilidad tecnológica y las opciones políticas.

La OTAN no puede externalizar a países no pertenecientes a la organización las obligaciones de defensa colectiva que vinculan a su miembros”, ha declarado el Secretario General Anders Fogh Rasmussen. “Asumimos que tampoco Rusia está preparada para cesiones de soberanía”. Esta última observación es especialmente reseñable. Muchos expertos han señalado que las propuestas casi sensacionales del Presidente Dimitri Medvédev de una “defensa territorial de misiles” implicaban la posibilidad de debatir el principio hasta ahora inmutable de la autosuficiencia estratégica de Rusia. Dicho de otro modo, el presidente propuso algo que ninguno de sus antecesores se había atrevido nunca a considerar, ni siquiera durante la romántica etapa pro occidental de principios de los 90.

Está claro que no sería realista esperar un éxito rápido y sin dificultades. El contundente intento de Moscú para resolver una cuestión que está relacionada con aspectos fundamentales de la seguridad probablemente estuviera condenado al fracaso. Cualquier acuerdo en ese terreno exige un alto grado de confianza mutua, algo que sigue faltando en las relaciones Rusia-EEUU a pesar de la relativa mejora conseguida en los últimos dos años y medio. Ahora que sabemos que no habrá un avance histórico debemos extraer las conclusiones correctas y minimizar los daños causados por unas expectativas poco realistas. De todos modos, valía la pena intentarlo.

Afganistán no puede ser un motivo de interacción a largo plazo entre la OTAN y Rusia, ya que sus objetivos son diferentes

El diálogo respecto a la defensa de misiles europea también destapó la polémica sobre el hipotético ingreso de Rusia en la OTAN. En 2010 hubo muchas especulaciones sobre si algún día Rusia podría llegar a entrar en la OTAN: analistas de relieve y políticos retirados saltaron a las páginas de la prensa occidental para proclamar sus opiniones sobre la conveniencia y utilidad del ingreso de Rusia. El Grupo de Expertos para el Concepto Estratégico, presidido por la ex Secretaria de Estado estadounidense, Madeleine Albright, mantuvo un encendido debate sobre la cuestión, aunque las conclusiones de los “sabios” sobre ese tema no se incluyeron en el borrador de la nueva estrategia de la Alianza.

En Rusia los liberales pro occidentales del Instituto para el Desarrollo Contemporáneo (INSOR), e incluso algunos funcionarios de alto rango, están dándole vueltas al tema. Tras la Cumbre de Lisboa de la OTAN, en la que hubo una ambiente muy amistoso hacia Rusia, dos altos responsables rusos reconocieron la posibilidad de una futura adhesión de su país a la OTAN. Se trataba del vicedirector de la Administración Presidencial, Vladislav Surkov, y el director del Departamento de planificación política del Ministerio de Asuntos Exteriores, Alexander Kramarenko.

El debate no llegó a ninguna conclusión, pero quizás fue la primera vez que ambas partes ofrecieron argumentos concretos. En vez de limitarse a decir que “esto es imposible porque nunca podrá ocurrir”, explicaron por qué era imposible. Dicho de otro modo, al final el debate ha superado la retórica emocional.

Es inevitable que la cuestión de la defensa de misiles vuelva a aparecer en las relaciones entre Rusia y EEUU, que, obviamente, configuran la relación Rusia-OTAN. Mientras los dos países posean arsenales nucleares que superan varias veces los del resto del mundo, el concepto de estabilidad estratégica seguirá reapareciendo en la agenda, por muy obsoleto que pueda parecer. Pero, en su forma actual la defensa de misiles sigue vinculada al contexto global euroatlántico. Lo que quiere decir que no se ha podido liberar de la poderosa inercia de la guerra fría.

Este debate puede recibir nueva luz en un par de años, cuando todos los implicados entiendan que Europa ya no es un teatro estratégico. Ahora que Europa se va viendo reemplazada por Asia la defensa de misiles se verá cada vez más asociada a esa última zona, lo que implica que el diálogo entre EEUU y Rusia sufrirá cambios porque los dos países juegan en Asia unos papeles completamente diferentes a los de Europa.

El principio que sustente las alianzas político-militares del siglo XXI probablemente será diferente de las del siglo XX, que se basaban en unos valores o ideología compartidos. Como declaró en una ocasión Donald Rumsfeld, “es la misión la que determina la coalición, no la coalición la que determina la misión”. Una frase que demostró ser más duradera que su carrera política.

Por cierto, aunque asumiéramos como algo realista la integración de Rusia en la OTAN, eso no ayudaría en nada a afrontar los verdaderos problemas de seguridad del siglo XXI, que deberían abordarse con un formato nuevo. Lo ideal sería un formato trilateral que incluyera a Rusia, China y EEUU. Aunque las tres potencias tienen diferentes intereses y enfoques, poseen el peso estratégico necesario para resolver los problemas de la Eurasia Central, el Lejano Oriente ruso y la región del Pacífico.

Es poco probable que los Aliados europeos de EEUU intervengan mientras no se libren del atolladero afgano. Los motivos para ello los detalló perfectamente el Secretario de Defensa saliente de EUU, Robert Gates, en su discurso en Bruselas del pasado mes de junio en el que subrayó el exceso de cargas y el bajo nivel de gasto en defensa.

Afganistán no puede ser un motivo de interacción a largo plazo entre la OTAN y Rusia, ya que sus objetivos son diferentes: la primera busca la mejor forma de irse, mientras que la segunda quiere soluciones duraderas en su vecindad.

Pero ahora mismo sus intereses coinciden, y los próximos años ofrecerán buenas oportunidades para gestionar conjuntamente la transición, lo que aumentará la confianza mutua y el grado de compatibilidad operativa necesario para cooperaciones posteriores. Pero antes de que eso ocurra tanto la OTAN como Rusia deben ajustarse a los nuevos retos.

El final del muro… ¿pero no de las actitudes que lo sostenían?

Todos al mismo paso. ¿Ha facilitado Lisboa las relaciones?

Los ejercicios conjuntos son más habituales… ¿y la comprensión mutua?

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