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Uniformes cada vez más verdes

Lo verde ya no es algo exclusivo de hippies y ecologistas: las fuerzas armadas son conscientes de su importancia. David Shukman, corresponsal de Medio Ambiente de la BBC, explica cómo el clima ha pasado a formar parte de la planificación de la defensa.

David Shukman, corresponsal de Ciencia y Medio Ambiente de los Informativos de la BBC.

Hasta hace poco, si usted era de esas personas que se preocupaban por el medio ambiente –y sobre todo por el cambio climático– resultaba altamente improbable que vistiera un uniforme militar. El calentamiento global era algo que sólo preocupaba a Greenpeace. Comparado con la victoria en una guerra, salvar el planeta era un concepto demasiado impreciso para ocuparse de él, y demasiado vago para incluirlo en una planificación.

Pero eso se ha acabado.

Las posibles implicaciones del cambio climático se van abriendo paso a través de la agenda de seguridad: desde la amenaza de un aumento del nivel del mar que empantane islas como Diego García hasta desastres meteorológicos que exijan rescates u operaciones de ayuda, pasando por migraciones masivas que aumenten las tensiones e incluso desencadenen conflictos. Aunque llenos de incertidumbres y carentes de una temporización clara, estos escenarios podrían implicar a las fuerzas armadas.

Lo más inmediato son las implicaciones de los cambios geográficos. El Ártico se está calentando más rápido que la media mundial, y su forma se ve alterada por la retirada del hielo. De repente sus recursos naturales son más accesibles y han reaparecido disputas fronterizas que llevaban mucho tiempo enterradas bajo el hielo. Por ejemplo, la Guardia Costera de EEUU ha tenido que adaptarse a las nuevas exigencias del Ártico y dedicarse a patrullar zonas marinas que antes estaban congeladas.

En septiembre de 2008, mientras sobrevolábamos Alaska en un C-130, el comandante regional de la Guardia Costera, Contralmirante Gene Brooks, me dijo: “Mi trabajo consiste en patrullar las aguas que rodean Estados Unidos, y ahora hay un montón de ellas donde antes había hielo; así de simple.”

“No me importa cómo o por qué está ocurriendo, pero lo que sí puedo asegurarle es que el hielo está desapareciendo y hemos tenido que adaptarnos a ello.”

El Contralmirante Brooks describió el Ártico como una nueva frontera. Y para reforzar la presencia de la Guardia Costera envió una avanzadilla de barcos y aviones y estableció una posición adelantada en Barrow. Surgieron retos como el mantenimiento de la logística y comunicaciones a través de grandes distancias y el despliegue de embarcaciones en aguas desconocidas –y todo ello con una programación acelerada. Durante años los científicos han ido observando un continuo descenso de la placa de hielo, y la mayoría de los investigadores predicen su desaparición en la época estival a finales de siglo. Pero en 2007 el deshielo anual redujo la cantidad de hielo a un nivel que no estaba previsto hasta 2055. El Contralmirante Brooks dijo haberse sentido anonadado por la rápida desaparición de grandes extensiones de hielo.

En 2007 la Agencia Espacial Europea detectó que el legendario Paso del Noroeste, la conexión por mar entre el Atlántico y el Pacífico, estuvo temporalmente libre de hielo

Uno de sus motivos de preocupación fue la posibilidad de un aumento del tráfico marítimo en las aguas polares norteamericanas. En 2007 la Agencia Espacial Europea detectó que el legendario Paso del Noroeste, la conexión por mar entre el Atlántico y el Pacífico, estuvo temporalmente libre de hielo, lo que abrió la posibilidad de una nueva ruta marítima. Los yates y cruceros iban a comenzar a usar el paso, y si se veían en problemas sería la Guardia Costera la que tendría que ayudarles. El deshielo también provocó tensiones por el control de la zona, pues el gobierno canadiense considera que los pasajes entre las islas del archipiélago Ártico Canadiense forman parte de sus aguas territoriales, mientras que EEUU y muchos países europeos defienden que el paso es lo bastante ancho como para considerarlo aguas internacionales.

En 2007 el deshielo anual alcanzó un nivel que no estaba previsto hasta 2055

Han surgido también otras disputas polares: un parlamentario ruso usó un mini submarino para plantar una bandera rusa en el lecho marino del Polo Norte en apoyo a las reivindicaciones de su país, y los ministros de Dinamarca y Canadá se trasladaron al Norte para ondear sus respectivas banderas. El Contralmirante Brooks advirtió que los desacuerdos entre los países del Ártico constituían una receta para el desastre.

“Con fronteras indefinidas y grandes riquezas”, afirmó, “puede haber conflicto o competencia. Siempre existe el riesgo de conflicto donde no existen fronteras establecidas, bien trazadas y acordadas”.

Así que el deshielo viene a ser como levantar una piedra y descubrir escorpiones debajo. Pero las implicaciones del calentamiento se extienden mucho más allá del Ártico y fueron investigadas en 2007 dentro de un estudio sin precedentes de la consultoría CNA de Washington, dirigido por antiguos altos cargos de la administración ya retirados. En él se sostenía que el cambio climático no provocaría crisis concretas, sino que más bien actuaría como un “potenciador de amenazas e inestabilidad en algunas de las zonas más volátiles del planeta”. Se trata de una observación importantísima.

Mientras que algunos activistas medioambientales aseguran que el calentamiento global acarreará –o está ya provocando– catástrofes gigantescas e instantáneas, las opiniones de los científicos son más matizadas, y sugieren que las modificaciones en los patrones ambientales a causa del cambio climático podría provocar con el tiempo un empeoramiento de situaciones ya de por sí complicadas.

“Pagaremos por esto de una forma u otra: bien ahora, para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, con el consiguiente coste económico, o más tarde, con un coste militar que incluirá vidas humanas.”

Tal y como expresaba el informe de CNA, los cambios exacerbarían “modos de vida ya marginales en muchos países de Asia, África y Medio Oriente, provocando inestabilidad política y una mayor probabilidad de desintegración de estados”. Dicho de otro modo, las regiones que se vuelvan más calurosas, secas o tormentosas sufrirán una carga adicional a sus problemas actuales. “A diferencia de la mayoría de las amenazas de seguridad convencionales, que suelen implicar una única entidad y actúan de forma específica y en un marco temporal concreto, el cambio climático puede desembocar en múltiples condiciones crónicas, o presentarse globalmente de forma simultánea.”

© Ho New / Reuters

En su contribución al informe el General Anthony Zinni, ex comandante del Mando Central, describió una difícil disyuntiva:

“Pagaremos por esto de una forma u otra: bien ahora, para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, con el consiguiente coste económico, o más tarde, con un coste militar que incluirá vidas humanas.”

Estas palabras, deliberadamente crudas, subrayan el dilema que afronta la comunidad internacional cuando se esfuerza en avanzar en la resolución del problema. Durante casi dos décadas la Convención Marco sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, creada en la Cumbre de la Tierra de Río en 1992, ha acogido negociaciones, celebradas normalmente a nivel de ministros de medio ambiente. Sin embargo, las conversaciones de Copenhague en diciembre de 2009 atrajeron a docenas de jefes de estado y de gobierno como el Presidente Obama o el Primer Ministro chino Wen. Este acontecimiento fue descrito como la mejor oportunidad de acuerdo en toda una generación, pero se caracterizó por las divisiones y la ausencia de conclusiones definitivas.

El objetivo de este proceso ha sido aparentemente simple: redactar un tratado global vinculante para reducir los gases de efecto invernadero que según los científicos provocan el calentamiento global. Y los hechos clave son también bastante sencillos: el último año fue uno de los más calurosos registrados, así como el trigésimo cuarto consecutivo que supera la temperatura media terrestre del siglo XX. Al mismo tiempo, los niveles de dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero, han ido subiendo de año en año desde que empezaron a hacerse medidas más fiables en 1958. Y está firmemente establecido que el dióxido de carbono retiene el calor de la atmósfera.

China, el mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero, se considera a sí misma un país en desarrollo y defiende que es el mundo desarrollado el que debe encabezar el recorte, negándose a comprometerse con un tratado internacional

La mayoría de los países aceptan estos principios científicos básicos y su conclusión principal: que las emisiones de origen humano son la causa de la mayor parte del calentamiento actual. Y, casi sin excepciones, reclaman una respuesta urgente. Pero las disputas en Copenhague mostraron los límites de lo que están dispuestos a hacer, y poco ha cambiado desde entonces. China, el mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero, se considera a sí misma un país en desarrollo y defiende que es el mundo desarrollado el que debe encabezar el recorte, negándose a comprometerse con un tratado internacional. Y EEUU, el segundo mayor contaminador, se muestra también inflexible. A pesar del objetivo declarado por el Presidente Obama de integrarse en el esfuerzo global, el proyecto de ley sobre el clima nacional naufragó en el Senado el año pasado, lo que significa que la participación estadounidense en un acuerdo internacional resulta altamente improbable en un futuro previsible.

En consecuencia, las últimas conversaciones patrocinadas por las Naciones Unidas en Cancún el pasado mes de diciembre obtuvieron tan sólo avances modestos en asuntos relativamente poco importantes, mientras que años y años de conferencias sólo han conseguido hasta ahora un acuerdo firme: el Protocolo de Kioto de 1997. En su momento fue todo un logro, pero expirará en 2012 y no incluye ni a China ni a EEUU. Los países que aceptaron sus disposiciones – entre ellos Japón, la UE, Rusia y Australia– no parecen dispuestos a seguir a partir de 2012 si no se les unen otros. Así que las perspectivas de un nuevo tratado más general son bastante escasas.

Mientras tanto, las emisiones siguen aumentando. Los científicos climáticos advierten que según pasan los años las posibilidades de evitar los futuros efectos más peligrosos se van reduciendo. No hay nada seguro al respecto: un mayor calentamiento no significa problemas inmediatos, sino que es más bien una cuestión de probabilidades. Cuanto mayor sea la concentración de gases de efecto invernadero, más probable será que aparezcan patrones climáticos peligrosos en las próximas décadas.

Uno de los primeros en considerar el calentamiento global como una cuestión de seguridad fue el ex asesor científico del gobierno británico, el profesor Sir David King, que lanzó un aviso claro: que el cambio climático podría acabar resultando más peligroso que el terrorismo. Aún es pronto para juzgar. Los efectos más dañinos del calentamiento no se prevén hasta la segunda mitad de este siglo, o incluso aún más tarde. Pero, si los científicos tienen razón, según va pasando el tiempo las probabilidades van siendo cada vez peores.

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