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Seguridad alimentaria: ya existe la semilla de la solución

Bjørn Lomborg sostiene que podemos ocuparnos ahora del efecto del calentamiento en la escasez de alimentos, y dibuja un panorama con una menor mortandad a causa del hambre, pese al crecimiento demográfico. Aquí nos explica las acciones necesarias.

A menudo se oye decir que pronto a causa del calentamiento global resultará imposible alimentar al planeta. Una exageración dramática e irreal que hace que nos concentremos en soluciones inadecuadas.

Cuando el Centro para el Consenso de Copenhague reunió a un grupo de premios Nobel para que señalaran las mejores inversiones para ayudar al planeta, estos presentaron medidas increíblemente baratas y de gran eficacia contra la malnutrición, como los suplementos de micronutrientes, el enriquecimiento con micronutrientes, el bio-enriquecimiento y los programas nutricionales comunitarios.

Lo triste es que en el mundo desarrollado apenas se oye hablar de esas soluciones, ni siquiera del problema que pueden resolver. Cuando se analiza el problema del hambre, a menudo se hace a través del prisma equivocado.

El porcentaje de personas hambrientas ha ido descendiendo desde el 50% de la población en 1950 hasta menos del 18% en la actualidad

Durante mucho tiempo nos ha preocupado la posibilidad de una hambruna generalizada en el futuro. En 1968 Paul Ehrlich declaró que la humanidad había perdido ya la batalla por la capacidad de autoalimentarse. Su predicción sobre el hambre a nivel mundial se basaba en la idea primitiva de que al crecer el número de personas resultaba inevitable que a cada una de ellas le correspondiera menos comida.

Lo cierto es que la población mundial se ha duplicado desde 1961, mientras que la producción de alimentos se ha casi triplicado. En el mundo desarrollado la población es ligeramente superior al doble de la de ese año, mientras que su producción alimentaria se ha cuadruplicado.

El resultado ha sido un rápido aumento de las calorías disponibles, especialmente en el mundo desarrollado. El porcentaje de hambrientos ha ido descendiendo desde el 50% de la población en 1950 hasta menos del 18% en la actualidad. Los escenarios a más largo plazo de las NU prevén que esa proporción vaya cayendo constantemente hasta llegar al 2,9% en 2050, lo que supondría unos 290 millones de personas desnutridas.

Varias investigaciones a gran escala que analizaban los efectos del cambio climático a nivel mundial sobre la producción agrícola y el sistema de comercio alimentario comparten cuatro hallazgos principales.

En primer lugar, se prevé un gran aumento de la producción agrícola, estimándose que la de cereales se duplicará durante este siglo. Como manifestó uno de los equipos de desarrollo de modelos: “A nivel global los recursos de la tierra y las cosechas, junto a los progresos tecnológicos, parecen suficientes para alimentar a una población de unos 9.000 millones de personas en 2080.”

Los modelos más pesimistas, que asumen los peores efectos climáticos, prevén una reducción total de la producción agrícola de un 1,4% respecto a un escenario sin ningún cambio climático

En segundo lugar, el efecto del calentamiento global sobre la producción agrícola seguramente sea negativo, pero muy modesto a nivel mundial. Los modelos más pesimistas, que asumen los peores efectos climáticos, prevén una reducción total de la producción agrícola de un 1,4% respecto a un escenario sin ningún cambio climático. El modelo más optimista prevé que con el calentamiento global se produzca un incremento neto de la producción agrícola de un 1,7%. Para poner estas cifras dentro de contexto, el crecimiento medio de la agrícola en los últimos 30 años fue de un 1,7% aproximadamente.

En tercer lugar, aunque habrá pocos cambios a nivel mundial, no ocurrirá lo mismo en el ámbito regional. En general, el calentamiento global tendrá un impacto negativo en la agricultura de las naciones en desarrollo, mientras que su efecto será positivo en la de los países desarrollados. Esta cruel realidad se debe a que el aumento de las temperaturas ayuda a los agricultores de latitudes más septentrionales (con temporadas productivas más largas, cosechas múltiples y mejores rendimientos) mientras reduce la productividad de los países tropicales.

En los peores escenarios, esto implicaría una caída del 7% en la productividad de los países en desarrollo frente a una subida del 3% en la de los desarrollados. Es un problema del que debemos ocuparnos, pero no hay que perder de vista el cuadro general: se espera que la producción total de los países menos desarrollados aumente un 270%.

Durante el presente siglo resultará inevitable que los países en desarrollo se vuelvan más dependientes de las importaciones de comida desde las naciones desarrolladas, pero el calentamiento global no es el principal culpable: aunque no existiera, estos países duplicarían sus importaciones a causa de su demografía. El calentamiento provocará que el aumento de esas importaciones pase del 100% al 110-140%.

Tenemos que recordar que en 2080 los consumidores de los países en desarrollo estarán en una situación mucho mejor que la actual. Uno de los equipos de elaboración de modelos señala que “estarán en su mayor parte separados de los procesos de producción agrícola, viviendo en ciudades y trabajando en sectores no agrícolas. Como en los países desarrollados actuales, los niveles de consumo dependen principalmente del precio de la comida y de los ingresos más que de los cambios en la producción agrícola nacional”.

En cuarto lugar, en conjunto el calentamiento global será responsable de unos 28 millones de casos de malnutrición adicionales en el escenario más probable. Otros escenarios muestran efectos menores del calentamiento, que irían desde una reducción global del número de hambrientos hasta un incremento de 28 millones.

El hambre en el mundo depende más de la economía que del clima

Es importante poner los datos dentro de contexto. Actualmente hay en el mundo unos 925 millones de personas malnutridas. Durante este siglo habrá entre 2.000-3.000 millones de habitantes más, mientras que a finales de siglo probablemente haya “sólo” 108 millones de hambrientos.

El hambre en el mundo depende más de la economía que del clima. Aunque controlásemos absolutamente el calentamiento global (imaginemos que pudiéramos parar las emisiones hoy mismo), como máximo se reduciría el número de hambrientos en 28 millones a finales de siglo. En comparación, si pasamos de uno de los escenarios de las NU de menor eficacia económica a otro de máxima, se evitarían 1.065 millones de hambrientos a finales de siglo.

Por supuesto que no es nada realista pensar que podemos parar totalmente el calentamiento global o los aspectos económicos del hambre. Pero lo que debemos hacer es intentar encontrar el escenario que conduzca a un menor número global de hambrientos, y esto está vinculado a lograr maximizar los ingresos.

Usar la política climática para conseguir una reducción limitada representa una estrategia que no es ni razonable ni ética. El recorte de emisiones conseguirá cambios pequeños y lejanos en el aumento de las temperaturas. Si se hubiera implementado totalmente el protocolo de Kioto, se habrían reducido los casos malnutrición en sólo 2 millones de personas para 2080, y eso con un coste anual de 180.000 millones de dólares.

Sin embargo, si realmente queremos ayudar a los hambrientos, hay formas mucho mejores de hacerlo.

Y en este punto entran en escena las respuestas baratas y eficaces frente a la malnutrición. El Panel de Premios Nobel recomendó en 2008, dentro del proyecto de Consenso de Copenhague, aumentar las inversiones en suplementos de micronutrientes, enriquecimiento con micronutrientes, bio-enriquecimiento y programas nutricionales comunitarios porque son áreas en las que inversiones muy reducidas pueden obtener grandes resultados.

Enriqueciendo los elementos alimenticios básicos (como se hace con el hierro), desarrollando unas cosechas más nutritivas y garantizando un suministro más global de suplementos de micronutrientes se puede solucionar de mejor forma el problema de la malnutrición, que a menudo se pasa por alto. Los programas nutricionales comunitarios pueden ayudar a conseguir mejoras sostenibles que acaben beneficiando a toda la comunidad (para más información sobre las investigaciones que desembocaron en estas recomendaciones, puede consultarse: www.copenhagenconsensus.com)

Debemos aceptar que el hambre mundial depende muy poco del clima

Otras inversiones recomendadas por el Panel de Premios Nobel, como la generalización de la vacunación y la desparasitación, la mejora en la prevención y tratamiento de la malaria y la superación de los obstáculos para la escolarización de las niñas, provocarían cambios permanentes que darían más fuerza y resistencia a las comunidades actualmente más vulnerables.

Si de verdad queremos ayudar a que el máximo de personas se libren del hambre, debemos aceptar que el hambre mundial depende muy poco del clima y mucho de la economía.

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