Donde vienen a hablar los expertos

Diez años después sigue siendo normal ver mujeres con burkas azules en Afganistán. © Nomad Photos

Afganistán: ¿diez años de oportunidades perdidas?

Nelofer Pazira ha visto los múltiples rostros de Afganistán. A pesar de los progresos, cree que el país aún no ha salido de su ciclo de sufrimiento. Aquí describe las experiencias e impresiones de su vida allí en los turbulentos 80 y de su visita al Afganistán actual.

En Julio de 2001 volví a Kabul por primera vez tras 13 años de ausencia. Me crié en esa ciudad durante la guerra de los 80 y me fui con mi familia siendo todavía adolescente, cuando aún estaba en el poder el régimen sostenido por los soviéticos.

Al regresar, siete meses después de la caída del régimen talibán, apenas podía reconocer las calles de mi ciudad natal. Todo parecía cubierto por un velo de melancolía, como el denso polvo que se arremolinaba tapándolo todo. Los edificios y muros en ruinas, las casas destruidas, los montones de basura y chatarra y los grupos de hombres armados viajando en camionetas se habían convertido en los nuevos rasgos de mi ciudad. En todas partes se veía pobreza e indigencia; un lugar en el que espíritus rotos y almas perdidas vagaban intentando sobrevivir.

Una tarde caminaba por una carretera cuando se me acercó una mujer con un andrajoso burka azul. “Sé coser, ”, me dijo, “soy una buena modista. Por favor, si trabaja para una agencia de ayuda consígame un trabajo”. Había perdido a su marido en la guerra y tenía que cuidar a una familia numerosa, que incluía a sus siete hijos y sus cuñadas. Pronto me vi rodeada de mujeres, todas con historias y peticiones parecidas.

“¡Vosotros, los yihadistas, os llevasteis a nuestros hijos y matasteis a nuestros maridos, y ahora queréis que nuestras familias se mueran de hambre! Lárgate de aquí…”

Un hombre que pasaba a nuestro lado en bicicleta se volvió y empezó a gritarme “¿Qué demonios pretendes hacer con todas esas mujeres?”, me dijo. “Hemos luchado en una yihad para proteger la dignidad de nuestras mujeres y ahora creéis que podéis comprarlas con el dinero de vuestras ayudas.”. Su rostro delgado y enjuto y sus ojos hundidos parecían sacados de las imágenes de un campo de concentración.

Las mujeres que me rodeaban le ahuyentaron. “¡Vosotros, los yihadistas, os llevasteis a nuestros hijos y matasteis a nuestros maridos, y ahora queréis que nuestras familias se mueran de hambre! Lárgate de aquí…” Al verse impotente ante la oleada de burkas azules huyó del lugar, acompañado por el chirrido de la cadena de su bicicleta oxidada mientras se perdía de vista.

Esa era la situación de las mujeres en una época en la que se llamó a Kabul la capital de las viudas; miles de mujeres quedaron a merced de cualquiera que les pudiera ofrecer la posibilidad de sobrevivir.

Tráfico denso en las calles de Kabul. © Nasim Fekrat

Desde entonces he vuelto a menudo a Kabul y viajado por todo el país, pero otra vez me cuesta reconocer mi ciudad natal. Los edificios de cristales de un verde o azul brillantes, una grotesca imitación de la Torre Eiffel en una de sus plazas, y los centros comerciales, restaurantes y hoteles que satisfacen los gustos y necesidades de los extranjeros han reemplazado al antiguo Kabul.

Hay más coches de lo que pueden soportar unas calles de construcción deficiente, así que tengo que soportar largos atascos. La economía de mercado ha ido desgastando con su ritmo frenético y sus sacudidas brutales las formas de vida tradicionales, desfigurando el rostro de la vieja ciudad.

Pero también ha traído trabajo y oportunidades, reduciendo el grado de pobreza y penuria. La mayoría de la gente tiene un mejor nivel de vida y un mayor acceso a la educación. Ha permitido que cierta clase de personas se enriquezca, y mucho: los que tienen las conexiones adecuadas y saben aprovecharse de una situación caótica.

Y con todo esto ha aparecido una nueva clase social que viaja en coche blindado con un séquito de guardias de seguridad privados. Cuando se desplazan de casa al trabajo el resto de la población tiene que esperar en unas calles bloqueadas mientras pasan sus caravanas de vehículos.

Al mismo tiempo, también a las mujeres que hace diez años buscaban trabajo o mendigaban en las aceras se les ofrece ahora la oportunidad de tener una vida diferente. Las mujeres han surgido como una fuerza formidable, tanto en lo social como en lo político. Son activas y organizadas y quieren formar parte del Afganistán actual.

Las mujeres afganas han irrumpido como una fuerza formidable, tanto en lo social como en lo político. Son activas y organizadas y quieren formar parte del Afganistán actual. © Nomad photos

Ahora van más niñas a la escuela que en ningún otro momento del pasado, y las mujeres se incorporan cada vez en mayor medida al mercado laboral y la política. Los dos grupos que más se han beneficiado de los cambios de los últimos diez años han sido las mujeres y los jóvenes afganos: estos últimos se están criando con acceso a Internet, los móviles y las nuevas tecnologías que les permiten conectarse con el mundo exterior. Sus esperanzas y aspiraciones son muy parecidas a los de los jóvenes de cualquier otro lugar: el sueño de una buena vida.

En los últimos diez años los medios de comunicación afganos han mejorado muchísimo tanto en estatus como en cantidad. A veces la profundidad y calidad de sus noticias deja en evidencia la imagen que dan de Afganistán la mayoría de los medios occidentales.

Pero en Afganistán nada es tan simple como parece.

La corrupción se ha convertido en un problema endémico, perpetuado por los que se supone que deben ser los impulsores del cambio en el país

Algunas de las mujeres que se han metido en política se han convertido en marionetas de los poderosos, desde señores de la guerra hasta empresarios acaudalados. Estos hombres se han dado cuenta que el usarlas como tapadera les ofrece nuevas esferas de influencia, ampliando así su control sobre la riqueza y los recursos. Los señores de la guerra y los políticos millonarios son dueños de varias televisiones y emisoras de radio, lo que les permite utilizar los nuevos medios de comunicación para proseguir su guerra en otro campo. Cada situación de cambio y progreso representa para ellos una oportunidad de incrementar su poder y su riqueza.

Así que la corrupción se ha convertido en un problema endémico, perpetuado por los que se supone que deben ser los impulsores del cambio en el país. Y también están los que luchan para mantener su independencia y siguen en la brecha contra todo pronóstico.

En los últimos diez años la mayoría de los afganos que huyeron del país en circunstancias difíciles y a veces peligrosas ha podido volver a sus hogares. Algunos han regresado para quitarles sus tierras y casas a los que ahora aseguran ser sus dueños. A menudo venden o alquilan sus propiedades a un precio más alto, normalmente a extranjeros pues éstos son los únicos que pueden permitírselo.

Más de la mitad de los afganos tienen menos de 30 años. Si se les da elegir entre una pistola o una cámara, quiero pensar que escogerán la segunda

La cima de una montaña repleta de torres y equipos de telecomunicaciones. Los afganos más jóvenes se están criando con acceso a Internet, os móviles y las nuevas tecnologías que les permiten conectarse al resto del mundo. © Nasim Fekrat

Otros han fundado negocios propios, desde tiendas y restaurantes hasta hoteles y constructoras. Algunos afganos han vuelto con los ejércitos de la OTAN como traductores, oficiales de inteligencia y asesores. También constituyen la nueva clase dirigente, que incluye a los ministros del actual gabinete. Existe un resentimiento soterrado hacia los que han vuelto con empleos o títulos lucrativos y que ganan más que los afganos que se quedaron en el país durante los años de guerra. Esto ha creado otra brecha en una sociedad que resulta ya demasiado frágil para ser igualitaria y democrática.

La inseguridad ha tenido un efecto terrible en todo el país. Varios empresarios han sido secuestrados por bandas criminales para obtener rescate. Al no haber una policía eficaz los traficantes de droga y los mafiosos locales operan con total impunidad.

Se les considera una amenaza contra la seguridad y el bienestar de la población peor que la de los talibanes.

Dado lo angustioso de la situación, ¿qué pasará con la fecha límite de 2014 para la retirada de las tropas de EEUU y la OTAN? La mayoría de los afganos sospechan que los soldados estadounidenses no se irán nunca. Está previsto celebrar una Loia Jirga (asamblea general) en noviembre en Kabul, para plantear esta cuestión: ¿mantendrá EEUU bases permanentes en Afganistán? Se dice que los estadounidenses quieren tener bases permanentes como puestos avanzados estratégicos cerca de Rusia, China e Irán. Lo que provoca que los afganos se pregunten: ¿El verdadero valor de Afganistán para el mundo exterior reside tan sólo en su ubicación estratégica?

Las últimas divisiones surgidas en Afganistán han llegado al gobierno a causa del proyecto del Presidente Karzai de una “reconciliación con los talibanes”, una propuesta que ha dejado un rastro de explosiones y asesinatos. Desde el principio se han opuesto a ella organizaciones de mujeres y varios miembros del mismo gobierno de Karzai. Recientemente estas divisiones desembocaron en la muerte del ex presidente Burhanudin Rabani.

Si el gobierno y la policía afganos no son capaces de mantener la ley y el orden contando con la presencia de las tropas y agencias internacionales, ¿cómo cree que se las arreglarán cuando ya no estén?

Teniendo en cuenta la falta de legitimidad del gobierno, la corrupción profundamente arraigada en todas las instituciones (incluidos ejército y policía) y la frustración por la falta de seguridad, la mayoría de los afganos tienen pocas esperanzas. “Si el gobierno y la policía afganos no son capaces de mantener la ley y el orden contando con la presencia de las tropas y agencias internacionales, ¿cómo cree que se las arreglarán cuando ya no estén?”, comentó un joven que trabaja como productor la cadena Noreen Television Network.

La clase profesional ya está planeando irse. El número de afganos que busca casa en el extranjero ha ido creciendo en los últimos dos años.

La semana pasada recibí un correo electrónico de un ingeniero brillante con una buena formación que hace diez años volvió de Irán con la esperanza de poder vivir una “vida normal”. Su mujer, tan inteligente y preparada como él, trabajaba en un medio de comunicación afgano. “Nos las hemos arreglado para irnos del país, pero nuestros hijos están aún en Kabul, ”, escribía. “Hemos decidido que no podemos vivir en Afganistán y ahora esperamos encontrar trabajo fuera para ayudar a traernos a nuestros hijos. ¿Conoces a alguien que pueda ayudarnos a conseguir trabajo en Grecia mientras esperamos para encontrar algo en otro país.?”

En el mundo de las películas y series de televisión, esto parecería un sketch de los Monty Python: un afgano buscando trabajo en Grecia. Pero en el mundo real resulta ser tan sólo otra historia afgana.

En los últimos diez años han cambiado muchas cosas, pero a veces uno se pregunta si realmente ha cambiado algo. Desde mi punto de vista, los fracasos de este periodo superan todos los logros conseguidos.

Más de la mitad de los afganos tienen menos de 30 años. Si se les da elegir entre una pistola o una cámara, quiero pensar que escogerán la segunda. Pero yo siempre he sido una optimista incurable.

¿Nuevo en la Revista?
Sobre el autor

Nelofer Pazira es una cineasta, actriz periodista y activista pro derechos humanos afgano-canadiense. Se crió en Kabul durante la ocupación soviética y después huyó a Pakistán, para emigrar más tarde a Canadá. Se le conoce por su papel en la elogiada película “Kandahar” (2001), en la que vuelve a Afganistán en busca de una amiga de la infancia.

citas
Paddy Ashdown
Boletín
Asegúrese de no perderse nada
No creo que Bosnia esté preparada para la reconciliación,
pero sí creo que está preparada para la verdad.
SOBRE LA REVISTA
Compartir esto
Facebook
Facebook
Twitter
Twitter
Delicious
Delicious
Google Buzz
Google Buzz
diggIt
Digg It
RSS
RSS
You Tube
You Tube