Donde vienen a hablar los expertos

Nasim Fekrat es un bloguero afgano que también ha trabajado como periodista y fotógrafo freelance. © Nasim Fekrat

Mi viaje, mi país

Tras huir de la brutalidad de los talibanes y pasar un tiempo en campos de refugiados de Irán y Pakistán, acabé trabajando en Dubai.

Mientras vivía en ese país oí una tarde en la radio de la BBC la noticia del asesinato del jefe de la Alianza del Norte, Ahmad Shah Massoud, cometido por dos árabes.

Dos días después veía en la CNN cómo un avión se estrellaba contra el World Trade Center. Creí que se trataba de una película, pero al cambiar a Al Jazeera y la BBC me di cuenta de que se trataba de algo real.

Algunos de mis amigos afganos se alegraron al enterarse de que EEUU planeaba atacar a Al Qaeda y los talibanes que le habían brindado refugio. Seis meses después del 11-S tenía un billete para volver a mi país tras pasar varios años en campos de refugiados.

En el avión pude ver a gente cantando, bailando y celebrándolo: poder volver a casa tras 10 ó 15 años alejados de sus familias era algo inimaginable.

Llegué a olvidar completamente todas las miserias y lugares destruidos que me recordaban continuamente la guerra civil. Vi los convoyes de EEUU y la ISAF patrullando por la ciudad, y a los niños saludando mientras los soldados repartían lápices y cuadernos

Según el Ministro de Educación afgano más de 8,5 millones de alumnos (un 37% de ellos chicas) acuden cada día al colegio en Afganistán. © Nasim Fekrat

Aterrizamos de vuelta a casa. Kabul estaba cubierto de polvo; por toda la ciudad había edificios destruidos, colegios y casas acribillados a balazos y restos de tanques y vainas de municiones de la época de la guerra civil esparcidos por todas partes.

En cuanto entré en la ciudad pude oír la música que sonaba en las tiendas. Vi a niños jugando en los parques, y el cielo de Kabul estaba lleno de cometas manejadas por chiquillos. Había vuelto la vida.

Llegué a olvidar completamente todas las miserias y lugares destruidos que me recordaban continuamente la guerra civil. Vi los convoyes de EEUU y la ISAF patrullando por la ciudad, y a los niños saludando mientras los soldados repartían lápices y cuadernos.

En 2002 viajé a mi pueblo, en la parte central de Afganistán, para ver a mis padres. Todo seguía igual que el día que nací.

Aún seguían usando en casa la lámpara de petróleo, no había ni una carretera decente y la gente aún viajaba a lomos de burros y caballos. Sólo existía un colegio de primaria a una hora de camino de mi pueblo, y un instituto a tres horas a pie. En todo el distrito no había más que un centro de salud. Las comunicaciones se realizaban mediante correos, y no nos llegaban noticias del valle de al lado salvo que alguien viniera desde allí.

Cuando volví a mi pueblo en 2009 las cosas habían cambiado…

Sin embargo, cuando volví a mi pueblo en 2009 las cosas habían cambiado. Mis padres tenían un panel solar en el tejado, junto a una antena parabólica. Por la noche teníamos luz eléctrica y todo el mundo veía la televisión. Disfrutar a todas horas de una energía eléctrica ecológica y sostenible era sólo un sueño en la ciudad, mientras que allí casi todas las casas tenían paneles solares o compartían un generador por la noche. A sólo dos horas de la aldea, cerca del centro del distrito, toda la zona tenía electricidad las 24 horas del día gracias a una central hidroeléctrica.

Las calles de Kabul están repletas de cibercafés en los que los jóvenes afganos se conectan al mundo mediante las redes sociales. © Nasim Fekrat

Había tres cibercafés llenos de jóvenes nacidos en los noventa, que apenas recordaban el régimen talibán. Ellos representan una fuerza con formación académica que domina las nuevas tecnologías, muy diferente a sus padres, campesinos analfabetos. Había jóvenes que servían en el ejército y la policía, y algunas familias permitían que sus hijas viajaran al extranjero para estudiar. Todo esto hubiera resultado impensable en la anterior sociedad, tan tradicional y tribal.

Ahora casi todo el mundo tiene móvil. A mi padre le encanta porque estaba harto de las visitas que aparecían sin avisar.

Según el Ministerio de Información y Comunicaciones la telefonía móvil cuenta con 17 millones de usuarios y cinco compañías que cubren el 80% del territorio afgano. Cientos de miles de personas han encontrado empleo, y otros miles trabajan en los sectores privados en auge.

En 2003 era muy difícil encontrar un cibercafé en Kabul, mientras que ahora hay uno en cada esquina, repleto de jóvenes entrando Facebook y Twitter.

Hace diez años solo existían tres emisoras de radio de onda corta, mientras que ahora hay cientos de emisoras de FM que emiten las 24 horas y entretienen a sus oyentes con una programación muy variada. Y se puede elegir entre más de 30 televisiones privadas y más de 50 periódicos en todo el país. La gente está más informada, más formada y conectada entre sí de lo que nunca estuvo antes.

La nueva constitución garantiza la libertad de expresión. Aunque la prensa afgana sigue enfrentándose a algunos problemas, los logros actuales resultan una verdadera bendición si se comparan con la situación de hace diez años.

También existe un mayor desarrollo en otros campos. En mi valle han pasado de uno a cinco colegios, así que los alumnos tienen que andar 30 minutos hasta la escuela en vez de una hora. En todo el distrito hay ahora 62 colegios, frente a los 35 que existían antes. El censo local muestra que hay más de 35.000 estudiantes en una población de casi 160.000 personas. Según el Ministro de Educación afgano más de 8,5 millones de alumnos (un 37% de ellos chicas) acuden cada día a la escuela en Afganistán.

Durante mi última visita al pueblo los lugareños se quejaban de que este año no encontraban pastores jóvenes porque todos los chicos de esa edad iban al colegio. Ahora tienen varias bibliotecas públicas y privadas, y unos pocos centros de enseñanza privados para hombres y mujeres.

Actualmente cientos de instituciones privadas ofrecen toda una gama de materias que imparten afganos que han regresado de los países vecinos. Cientos de ellos viajaron al extranjero mediante becas para la educación superior, y su influencia ha sido determinante a la hora de mejorar el nivel de las instituciones de enseñanza superior del país.

En 2002 en el pueblo natal de Nasim no había ni una carretera decente y la gente aún viajaba a lomos de burros y caballos. Desde entonces se han construido cientos de kilómetros de carreteras. © Nasim Fekrat

Se han construido cientos de kilómetros de carreteras, aunque aún sigan sin asfaltar. Hace diez años tardaba de 12 a 14 horas viajar de Kabul a mi pueblo, mientras que ahora son sólo siete horas en coche. En mi aldea hay ahora cinco vehículos, uno de ellos propiedad de mi padre, mientas que en 2003 no había carreteras, ni mucho menos coches en el pueblo.

En 2004 los hombres y mujeres de mi aldea emitieron su voto para elegir presidente y diputados por primera vez en su vida. Fue un hecho simbólico, pero que ha cambiado la actitud de la gente hacia el gobierno.

Sin embargo, en las ciudades la vida es muy diferente. Su ritmo de desarrollo fue mucho más rápido que el de las zonas rurales, y ahora viven más de 5,5 millones de personas en Kabul, frente a un millón escaso en 2003.

Uno de los principales cambios ha sido el de las mejoras sanitarias. En 2009, mientras estaba de visita en la aldea, hubo una amplia campaña a favor de la vacunación, y la gente estaba muy dispuesta a participar. A mí nunca me vacunaron durante la infancia, así que al llegar a estudiar a EEUU me dijeron que tenía que ponerme 14 tipos distintos de vacunas. Posteriormente mis análisis de sangre demostraron que ya estaba inmunizado y no las necesitaba.

Uno de los principales cambios ha sido el de las mejoras sanitarias

Ha descendido la tasa de mortalidad infantil, y se va extendiendo ampliamente entre la gente de los pueblos la idea de tener menos niños y una vida más próspera. Ya no se avergüenzan de usar métodos anticonceptivos, y la lectura y las informaciones ofrecidas por las emisoras de radio han contribuido a que los lugareños aprendan a vivir mejor.

Los talibanes han cambiado sus tácticas intentando deteriorar la seguridad, colocando artefactos explosivos improvisados e incrementando los ataques suicidas que a menudo hieren o matan civiles afganos. © Nasim Fekrat

Sin embargo, al considerar todos los cambios positivos que han tenido un enorme efecto en la vida de los afganos no debemos pasar por alto los aspectos negativos que han ido aumentando en los últimos años. Desgraciadamente, la falta de seguridad ha representado un gran problema: el grado de violencia ha aumentado, al igual que el cultivo de opio.

La parte más aterradora es el aumento del número de drogadictos en el país, casi dos millones en un país con unos 30 millones de habitantes. En las zonas meridionales de Afganistán los talibanes mantienen su influencia y la única fuente de financiación es el opio.

Además, los talibanes se han dedicado a quemar escuelas y advertir a los padres que no deben enviar a sus hijos al colegio, todo ello por motivos obvios: si los niños van al colegio no trabajarán en los campos de amapolas, y cuando se hayan formado se habrán vuelto más liberales y los talibanes no podrán reclutarlos.

En cualquier caso, los afganos se sienten esperanzados y felices. Resulta difícil de explicar, pero los afganos sienten una gran autoestima. Sus vidas se entremezclan con libros, mitos y figuras legendarias, y su cultura nace de sus idiomas, historias y tradiciones tribales. Están orgullosos de su pasado y de su país, cuna del gran poeta persa Rumi y de muchos otros pensadores. Los afganos son poéticos, sarcásticos, alegres y hospitalarios.

Por otro lado, es evidente que están preocupados por su futuro y por lo que pueda ocurrir cuando EEUU y las fuerzas internacionales se hayan ido de Afganistán en 2014. La mayoría cree que el país no volverá a caer en manos de los talibanes porque estos ya no son los mismos que en 1990. Ahora son sólo un puñado de insurgentes que de vez en cuando deterioran la seguridad mediante artefactos explosivos improvisados (IED) y ataques suicidas contra los civiles.

También se han producido ciertos cambios sociales. Los ancianos han ido reduciendo gradualmente su pretensión de ostentar el monopolio de la sabiduría y el control social, y se va difuminando el papel de los ulemas (altos cargos religiosos). La juventud afgana, la nueva fuerza, ha sustituido a ancianos y clérigos por su propio conocimiento y su papel revitalizado. La nueva generación quiere democracia, derechos humanos y un Estado de Derecho que sustituya los antiguos códigos y normas tribales.

Como bloguero y fotógrafo afgano he seguido de cerca todos los cambios. Resulta fácil ignorarlos ante los efectos de la violencia, pero lo cierto es que Afganistán ha cambiado mucho desde 2001

Los afganos suelen quejarse por todo; para ellos nada es perfecto. La idea más extendida es que no hay que trabajar demasiado en este mundo sino concentrarse en disfrutar de la vida con la familia y los amigos. Sin embargo, ahora se han dado cuenta de que están perdiendo oportunidades y de que sólo existe una posibilidad de cambio en Afganistán: los jóvenes.

Tanto EEUU como la comunidad internacional deberían invertir en la juventud afgana como fuerza de futuro si realmente quieren ver cambios y un país sostenible después de 2014. En 2008 las Naciones Unidas informaron que el 68% de la población afgana tenía menos de 25 años.

Durante la Olimpiada de Pekín de 2008 Rohullah Nikpai ganó la primera medalla olímpica de la historia de Afganistán con su bronce en taekwondo. La noticia lleno de entusiasmo a todo el país y su logro dio nuevas energías a la juventud afgana para seguir manteniéndose esperanzada e incansable.

Como bloguero y fotógrafo afgano he seguido de cerca todos los cambios. Resulta fácil ignorarlos ante los efectos de la violencia, pero lo cierto es que Afganistán ha cambiado mucho desde 2001. Hace diez años se tardaba un año en enviar una carta a mi hermano en Irán, y otro tanto en recibir su respuesta si teníamos la suerte de que algún viajero pasara por nuestra aldea. Ahora, diez años después, estoy sentado en el dormitorio de mi residencia universitaria en Pensilvania hablando con mi familia del pueblo.

Mi padre todavía se siente asombrado de poder oír mi voz por teléfono desde el otro lado del mundo, y la última vez me dijo: ”Nasim, hijo mío, parece como si estuvieran sentado a mi lado, así de clara oigo tu voz”. Mi país, mi viaje, han cambiado muchísimo.

¿Nuevo en la Revista?
Sobre el autor

Nasim Fekrat es un bloguero afgano que también ha trabajado como periodista y fotógrafo independiente (aquí puede verse alguno de sus trabajos). Ha recibido sendos galardones de Reporteros Sin Fronteras (RSF) y Seguridad y Libertad de Información (ISF). Además es director del "Blog del señor afgano" y de la Asociación de blogueros afganos (AABW). Han aparecido trabajos suyos en el canal en persa de la BBC, la CNN, la Revista de Política Exterior, Nieman Watchdog y en publicaciones gestionadas por la OTAN y las Naciones Unidas.

citas
Paddy Ashdown
Boletín
Asegúrese de no perderse nada
No creo que Bosnia esté preparada para la reconciliación,
pero sí creo que está preparada para la verdad.
SOBRE LA REVISTA
Compartir esto
Facebook
Facebook
Twitter
Twitter
Delicious
Delicious
Google Buzz
Google Buzz
diggIt
Digg It
RSS
RSS
You Tube
You Tube