Donde vienen a hablar los expertos

El 11-S del Secretario General de la OTAN

El puesto de Secretario General conlleva un montón de retos y sorpresas, pero el 11 de septiembre de 2001 Lord Robertson vivió una experiencia que superó las de todos sus antecesores. A continuación describe cómo vivió él ese día.

Lo que parecía un otro martes más en la sede de la OTAN en Bruselas iba resultar un día extraordinario que cambiaría el mundo y la Alianza hasta volverlos irreconocibles.

Sin embargo, esa mañana se produjo un hecho poco habitual. Una carta de Belgrado me informaba de la retirada oficial de los cargos y la condena por supuestos crímenes de guerra en Kosovo impuesta contra mí por los tribunales de Milosevic. La sentencia de 25 años de cárcel quedaba anulada. Se trataba de una noticia que podría haber tenido eco mediático cualquier otro día, pero no ese martes.

Todos los martes los embajadores ante la OTAN comían con el Secretario General para discutir en privado y extraoficialmente los temas incluidos en la agenda de la reunión del Consejo del día siguiente. Era una reunión sagrada: sin interrupciones, sin notas y sin restricciones.

Así que la entrada de uno de mis guardaespaldas con un mensaje de mi ayudante personal constituía un hecho sin precedentes. Un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas de Nueva York. Era algo inaudito, pero se suponía que se trataba de un accidente.

La segunda interrupción fue más grave. Había un segundo avión, y se trataba de algo importante.

Los platos quedaron sobre la mesa, las conversaciones quedaron interrumpidas, se llamó a los coches y regresamos a toda prisa a la sede de la OTAN. Desde mi coche blindado fui escuchando el Servicio Internacional de la BBC con una creciente mezcla de alarma y consternación.

Ya en mi oficina, rodeado de diplomáticos y personal militar, fui testigo junto al resto del mundo de las dramáticas imágenes de Nueva York. En ese momento fui consciente de que no éramos simples espectadores horrorizados, sino que estábamos en un centro de mando militar. No sólo eso, además nos hallábamos en la ruta aérea del aeropuerto de Zaventem (Bruselas). Los aviones rugían sobre nuestras cabezas mientras hablábamos.

Mientras las imágenes del derrumbamiento de las torres paralizaban el mundo entero, di la orden de evacuar al personal no imprescindible y comprobar urgentemente con EuroControl (del Tráfico Aéreo) que ningún avión estaba regresando tras el despegue.

Convoqué una reunión urgente de los embajadores ante la OTAN, a la vez que recibía información constante del embajador estadounidense Nick Bruns sobre los acontecimientos de Washington. El ataque contra el Pentágono, que había visitado poco tiempo antes, era algo que nos afectaba especialmente en la OTAN, y el atentado fallido contra el Capitolio también resultaba impactante.

La reunión de embajadores fue solemne y sombría. En ese momento no había datos concluyentes sobre el motivo o nacionalidad de los autores de esa atrocidad – no había pasado tanto tiempo desde el atentado terrorista de Oklahoma, de origen interno. Pero lo cierto es que parecía obra de terroristas extranjeros, y a muy gran escala.

Puede leer más en Temas de la OTAN: La defensa colectiva: la invocación del Artículo 5

Sabíamos que había ocurrido algo importantísimo, y que se había iniciado un nuevo capítulo a nivel mundial. Para los que nos sentábamos a la mesa, miembros de la alianza defensiva más exitosa de la historia, la simpatía y solidaridad sinceras que sentíamos hacia el pueblo estadounidense se superponían con la preocupación por las implicaciones de estos hechos para nuestra organización y la seguridad mundial.

En paralelo a la reunión mis ayudantes, dirigidos por el Secretario de Planes de Defensa y Operaciones, Edgar Buckley, y el Director de la Oficina del Secretario General, Jon Day, trabajaban ya en las actuaciones más urgentes ante los atentados. Una de las opciones más trascendentales analizadas fue si los ataques contra EEUU implicaban la aplicación del Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, la cláusula de autodefensa: un ataque contra uno de los estados miembros se consideraría un ataque contra los 19 países de la OTAN.

Los trabajos en esa cuestión y en la respuesta general de la OTAN se prolongaron durante toda la noche, y a primera hora de la mañana hubo varias conversaciones con el Secretario de Estado de EEUU, Colin Powell, y la Consejera de Seguridad Nacional Condoleezza Rice.

Yo insistí en que el Artículo 5 era relevante y representaba la muestra definitiva de solidaridad con el pueblo estadounidense. ¿Qué sentido tenía la cláusula de autodefensa si no era aplicable ante una agresión tan trágica? Surgieron dudas, sobre todo sobre si alguno de los 19 miembros de la OTAN podría no estar de acuerdo.

En eso estaba rompiendo una norma muy personal, mi “regla Solana”. Mi predecesor, Javier Solana, me había dado muy buenos consejos antes de la toma de posesión. “George, nunca vayas al Consejo con una propuesta a menos que sepas que la respuesta es al menos sí, o como mínimo quizás”, me explicó. “Si te derrotan en el Consejo, no sólo se resiente tu autoridad sino también la de la OTAN”.

Era un buen consejo, pero no lo seguí.

Tuvimos una reunión, la primera de un Secretario General de la OTAN con el Consejo de Ministros Exteriores de la UE. Nadie preguntó por el Artículo 5 (a pesar de que se lo había mencionado previamente al Ministro de Asuntos Exteriores belga, Louis Michel, que ejercía la Presidencia de la UE). Entonces presenté el Borrador de Declaración en el que se invocaba el Artículo 5, que se iba a activar por primera vez en los 50 años de historia de la OTAN.

A continuación siguieron cinco horas y media de análisis y consultas con 19 gobiernos. Mantuve conversaciones telefónicas tensas y angustiosas con presidentes del gobierno, ministros de exteriores e incluso con un consejo de ministros en pleno a través del móvil de su ministro de exteriores.

A las 9 y 20 de la noche ya teníamos la respuesta: apoyo unánime. Me sentía exhausto pero tremendamente aliviado.

Di a conocer la declaración acordada en una conferencia de prensa multitudinaria, y sólo al leerla en alto fui realmente consciente del profundo significado de las palabras históricas que estaba pronunciando. Tuvo un impacto enorme, tanto en Europa como en EEUU. Tampoco pasaría desapercibida en las cuevas de las montañas de Tora Bora, donde se habían proyectado las atrocidades criminales del día anterior.

En unas circunstancias muy diferentes de las que imaginaron los redactores del Artículo 5 en 1949, una poderosa Alianza había apoyado a un Aliado que estaba siendo atacado. El mundo cambió ese día, y comenzó la transformación de la OTAN en la era posterior al 11-S

Consultas antes de la reunión

– de izquierda a derecha –

El Secretario General Lord Robertson con el SACEUR, General J. Ralston

Consultas antes de la reunión

– sentados, de izquierda a derecha –

el Secretario General Lord Robertson, el embajador R.Nicholas Burns, Representante Permanente de EEUU, y el SACEUR, General J. Ralston

Consultas antes de la reunión

– sentados, de izquierda a derecha –

una delegada de EEUU, el Secretario General Lord Robertson, y el embajador R.Nicholas Burns, Representante Permanente de EEUU

– de pie –

el SACEUR, General J. Ralston, el Embajador David Wright, Representante Permanente de Canadá, y otro delegado de EEUU

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Sobre el autor

El Honorable Lord Robertson de Port Ellen se convirtió en el décimo Secretario General de la OTAN y Presidente del Consejo del Atlántico Norte en octubre de 1999. Fue Ministro de Defensa del Reino Unido entre 1997 y 1999, y diputado por Hamilton y Hamilton South entre 1978 y 1999.

citas
Comunicado del IRA del 13 de octubre de 1984,
tras el atentado de Brighton contra Margaret Tatcher.
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