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Nuevos retos, nueva OTAN

A principios de agosto empezó a trabajar dentro del Estado Mayor Internacional de la OTAN una nueva división. Puede parecer un dato de escaso interés: el que una gran burocracia recomponga su organización cada cierto tiempo no es precisamente una noticia de portada.

Pero esta vez las cosas son diferentes.

La creación de la “División de Retos de Seguridad Emergentes” (ESCD) por parte del Secretario General, Anders Fogh Rasmussen, no representa tan sólo un ejercicio interno, sino también un mensaje político importante. Por primera vez la OTAN está reuniendo sistemáticamente sus trabajos en campos que cada vez afectarán más a la seguridad de los Aliados de las dos orillas del Atlántico: terrorismo, ciberataques, amenazas contra el suministro de energía y la proliferación de armas de destrucción masiva.

A primera vista puede parecer que son retos que tienen poco en común. Sin embargo, al examinarlos más de cerca se entiende por qué conceptualmente están relacionados: no sólo comparten características comunes, sino que además para afrontarlos la OTAN tiene que cambiar la forma en la que entiende la solidaridad interna y el modo de interactuar con la comunidad internacional, especialmente con los actores civiles y el sector privado.

Un ciberataque bien organizado puede paralizar un país de una forma que en el pasado sólo habría podido lograr una invasión del exterior

La primera característica común de estos retos es que no tienen por qué afectar por igual a todos los Aliados. Un ataque terrorista contra uno de ellos puede provocar la alarma de los demás, pero eso no significa que sea automáticamente considerado un ataque contra la Alianza en su conjunto. Lo mismo puede decirse de un ciberataque contra el sistema bancario o un ataque contra el suministro de energía de un solo estado miembro. La decisión de responder o no, y cómo hacerlo, descansa principalmente en el país atacado.

A diferencia de los tiempos de la guerra fría, cuando un ataque del Pacto de Varsovia contra un Aliado de la OTAN hubiera desencadenado una respuesta colectiva del resto, los retos actuales no se exponen necesariamente a una respuesta casi automática. Por eso los países miembros tienen que definir el modo de plasmar la solidaridad aliada ante una serie de escenarios totalmente nuevos.

La segunda característica común de los nuevos retos es que no requieren necesariamente una respuesta militar. Un ciberataque bien organizado puede paralizar un país de una forma que en el pasado sólo habría podido lograr una invasión del exterior; pero si el atacante fuera, por ejemplo, una ONG, la OTAN difícilmente podría amenazar con represalias militares.

La proliferación de armas de destrucción masiva puede exigir nuevas medidas militares de protección, como una defensa antimisiles. Sin embargo, el planteamiento preferente seguirá siendo la prevención a base de resolver problemas regionales de seguridad y aplicar el "palo" y la "zanahoria” con instrumentos diplomáticos y económicos. En resumen, aunque la cooperación transatlántica sigue siendo indispensable para afrontar los nuevos retos de seguridad, la “caja de herramientas” militar de la OTAN ya no es suficiente.

Si la Alianza quiere seguir siendo un proveedor de seguridad eficaz para sus miembros debe aprender a jugar en equipo. La OTAN acaba de embarcarse en un viaje que va a resultar especialmente difícil

Esto nos lleva a la tercera característica común de los nuevos retos: dado que pueden ser internos o externos, militares o económicos, requieren un planteamiento holístico. En concreto, exigen que la OTAN elabore relaciones estructuradas con un conjunto de actores civiles.

Esto no sólo es aplicable a las otras grandes organizaciones internacionales, como las Naciones Unidas y la Unión Europea, sino también a Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y al sector privado, por ejemplo en campos como la energía y la informática. Todos estos actores se convierten en socios en el intento de afrontar los retos de seguridad que provoca la globalización. Si consideramos las enormes diferencias existentes en sus objetivos, mandatos y métodos de trabajo, el construir unas relaciones eficaces y de confianza entre ellos va a ser un proceso arduo. Pero es un reto que la OTAN no puede rehuir.

Si la Alianza quiere seguir siendo un proveedor de seguridad eficaz para sus miembros debe aprender a jugar en equipo. La OTAN acaba de embarcarse en un viaje que va a resultar especialmente difícil.

Algunos Aliados quizás duden antes de concederle a la OTAN un mayor papel en áreas como la seguridad energética o la proliferación nuclear, aduciendo que supone una excesiva militarización de una serie de cuestiones que deberían seguir siendo políticas. A otros les preocupará que esos nuevos retos de seguridad desvíen la atención de la Alianza de su tarea central: la defensa colectiva. Estos temores sólo pueden abordarse –y esperemos que disiparse– si los Aliados dedican más tiempo a debatir los retos emergentes. En los últimos años la gestión de las operaciones de la organización, como las de Afganistán y Kosovo, ha ocupado la mayor parte del tiempo y la atención de los Aliados, a costa del debate sobre los retos futuros.

Mientras se piense que los debates en la OTAN sólo sirven para preparar operaciones militares, seguirá aplazándose un debate inteligente y previsor sobre los retos emergentes del siglo XXI

Por tanto, se necesita un nuevo equilibrio entre el presente y el futuro: la OTAN debe desarrollar una cultura de debate político que no esté confinado a las cuestiones que le implican militarmente, sino que se extienda a temas con una relevancia “tan sólo” política. Mientras se piense que los debates en la OTAN sólo sirven para preparar operaciones militares, seguirá aplazándose un debate inteligente y previsor sobre los retos emergentes del siglo XXI. La División de Retos de Seguridad Emergentes va a contribuir a la tarea de promover esta nueva cultura de debate. Su Capacidad de Análisis Estratégico examinará los horizontes estratégicos en busca de retos que puedan afectar a la seguridad de los Aliados. Y eso ayudará a impulsar el debate entre ellos y reforzar el valor único de la OTAN como foro prioritario para las consultas políticas entre Europa y Norteamérica, la principal comunidad mundial de países con una misma forma de pensar.

Una nueva división en el Estado Mayor Internacional de la OTAN, unos vínculos más fuertes con otros actores y un debate con más visión de futuro entre los Aliados; esos son los elementos que darán forma al planteamiento de la Alianza respecto a los retos de seguridad emergentes. Para que sea plenamente efectivo harán falta cambios profundos en las estructuras y políticas de la organización.

Pero la OTAN está preparada para adoptar esos cambios, porque los Aliados han comprendido que sólo así la Alianza Atlántica podrá cumplir su función de cimiento de seguridad en un mundo globalizado.

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