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Tan cerca, y sin embargo tan lejos

© Reuters/Tomas Bravo

Este año el Departamento de Justicia norteamericano declaró que las organizaciones que trafican con drogas en México representan la mayor amenaza criminal contra EEUU. Pero Sam Quinones, que vivió allí durante diez años, sostiene que este problema no tiene grandes implicaciones de seguridad para EEUU, al menos por el momento.

En cierta ocasión, un economista que había estudiado la tasa de homicidios en la frontera me dijo que los cárteles de la droga mexicanos eran como Tony Soprano: criminales y capitalistas a la vez, que por encima de todo querían ganar dinero.

Sólo que el Tony Soprano norteamericano despertaba el interés de la policía local, y quizás también de la Comisión Criminal de Nueva Jersey, pero nunca del ejército de EEUU.

Y, sin embargo, la negligencia de los dos países ha permitido que los Tony Soprano mexicanos “se conviertan en amenazas nacionales”, me dijo. “Controlan casi toda la región fronteriza con México”.

Esta forma de catalogar a los actores de la guerra de drogas que desde hace cuatro años sufre México viene muy bien a la hora de analizar su peligrosidad.

En enero fue detenido por la policía de Tijuana “El Pozolero” (el pozole es una sopa mexicana), que cobraba 600 dólares a la semana por disolver cadáveres en ácido

Esta guerra carece de precedentes en varios aspectos.

El gobierno mexicano bajo la presidencia de Felipe Calderón ha combatido y extraditado a los narcos, confiscándoles armas y dinero. Desde principios de los setenta había miembros de la administración que permitían y participaban en el tráfico de drogas.

El punto álgido se produjo cuando se descubrió que el hermano del ex presidente Carlos Salinas, Raúl, tenía depositados cientos de millones de dólares en cuentas bancarias en el extranjero, provenientes del impuesto de protección que le pagaba el cártel del Golfo.

Debido, en parte, a esa nueva actitud gubernamental, los traficantes han ido aumentando la publicidad y salvajismo de sus asesinatos. Antes enterraban los cadáveres en zanjas o tumbas escondidas, ahora los abandonan en las esquinas con carteles de advertencia, y a menudo decapitados.

En enero fue detenido por la policía de Tijuana “El Pozolero” (el pozole es una sopa mexicana), que cobraba 600 dólares a la semana del cártel de esa ciudad por disolver cadáveres en ácido. El otoño pasado aparecieron varios barriles de ese ácido frente a un restaurante.

© Reuters/Daniel Aguilar

Mientras tanto, los narcos cuelgan pancartas en parques y plazas en las que se acusa al gobierno de favorecer a sus rivales. Youtube se ha convertido en su foro de propaganda, donde productoras anónimas cuelgan vídeos y narco-corridos, en los que se ensalza a unos jefes de cártel frente a otros.

Este creciente descaro pretende intimidar a la opinión pública, el gobierno y las organizaciones rivales.

La guerra ha afectado también al ejército mexicano, al que se le ha pedido que patrulle en las zonas más problemáticas.

Y todo eso porque bandas criminales inicialmente formadas por aldeanos ignorantes (o criminales de baja estofa conocidos sólo a nivel local) se han convertido en amenazas contra la seguridad nacional de México.

No cabe la menor duda de que la situación tiene mal aspecto.

Pero los narcos son empresarios, no ideólogos. Lo que les interesa es el negocio.

Sin embargo, hasta ahora esta violencia apenas ha afectado a Estados Unidos

A principios de este año se habló mucho de que la violencia podría extenderse a Estados Unidos. La CNN pareció obsesionarse con esa idea, y durante varias semanas emitió un montón de horas de entrevistas a expertos –yo fui uno de ellos– para que opinaran sobre el tema.

Sin embargo, hasta ahora esta violencia apenas ha afectado a Estados Unidos.

Se trata de un hecho curioso. Cuando en los ochenta los traficantes colombianos distribuían cocaína por las calles de Miami, la tasa de homicidios se disparó. El Chicago de la prohibición era famoso por las matanzas mafiosas. Y cuando los Bloods y los Crips luchaban por el mercado del crack en Los Ángeles y el centro de EEUU, los tiroteos desde coches en marcha se extendieron por todo el país.

Pero aunque una guerra de drogas de un salvajismo nunca visto asola la porosa frontera entre México y EEUU, las calles norteamericanas no se ven afectadas por ella.

Ciudad Juárez ha sufrido unos 3.000 homicidios en los últimos veinte meses, y por sus calles patrullan soldados con rifles de asalto, mientras que al otro lado del río en El Paso hubo sólo treinta asesinatos, siendo una de las ciudades más seguras de EEUU.

© Reuters/Tomas Bravo

En 2008 los cárteles de la droga lucharon por controlar la ruta a través de Nogales (Sonora), y la tasa de homicidios se triplicó, hasta alcanzar los 126 anuales. Al otro lado de la valla, en Nogales (Arizona) se produjeron sólo tres homicidios.

En 2005 y 2006 Nuevo Laredo se vio asolada por una oleada de asesinatos relacionados con la droga, registrándose 367 muertes. Al otro lado del Río Grande, en Laredo (Texas) los homicidios se duplicaron, pero sólo fueron 45 para una ciudad de tamaño similar. Y después la tasa de homicidios bajó a su nivel habitual de unos 10 anuales.

Las agencias antidroga norteamericanas informan que traficantes mexicanos operan en su territorio, pero manteniendo un perfil bajo. Por ejemplo, Atlanta se ha convertido en un centro de distribución de drogas importadas por cárteles mexicanos que en su país se están matando entre sí, pero en la ciudad apenas ha habido actos de violencia.

Ahora que Arizona es la nueva puerta de entrada a EEUU para la droga mexicana, Phoenix se ha convertido en la capital norteamericana del secuestro. Se produce de media uno cada día, pero los sospechosos y las víctimas son todos contrabandistas mexicanos, así que los habitantes de la ciudad apenas notan que ocurra nada.

Aunque nuestro mundo implica una enorme interconectividad global, son las instituciones locales las que más afectan a nuestra vida diaria. Y eso es especialmente cierto en lo referente a la criminalidad y el desarrollo económico equitativo.

Y esa es la lección que podemos extraer de la guerra de la droga mexicana.

La policía norteamericana está bien pagada, entrenada, armada y motivada. Sus cárceles y juzgados funcionan. Nada de lo anterior es aplicable a México

Por supuesto que esta situación se debe a la voluntad de los narcos mexicanos, que no quieren provocar un baño de sangre en las calles de EEUU porque la reacción consiguiente perjudicaría sus dos prioridades: los negocios y el flujo de beneficios de la droga hacia el sur.

Pero eso a su vez proviene de su conocimiento de que la policía de EEUU es un enemigo peligroso. La policía norteamericana está bien pagada, entrenada, armada y motivada. Sus cárceles y juzgados funcionan.

Nada de lo anterior es aplicable a México. Las instituciones locales han ido atrofiándose durante siglos mientras se expandía el gobierno central. Hasta 1983 los gobiernos regionales eran meros apéndices del estado, y actualmente siguen siendo débiles y pobres. Y el gobierno estatal apenas es mejor. La incapacidad de la policía no es más que el resultado lógico de la situación existente.

También es importante resaltar las diferencias entre el negocio de la droga en EEUU y México.

Cuando los narcóticos entran en Estados Unidos no existe una jerarquía, ni un liderazgo u oligarquía que pueda imponer sus órdenes. Al contrario, el negocio de la droga recuerda a la economía general del país: un mercado apenas regulado y libre para todos, con numerosos empresarios individuales a pequeña escala. Son personas que van y vienen, se retiran o mueren o son encarcelados en un plazo relativamente corto, y el hueco que dejan es ocupado rápidamente por otros que quieren su cuota de mercado.

Los zares de la droga que han podido existir en EEUU lograron el poder tan sólo a nivel local y por poco tiempo. Recordemos cómo terminaron los capos de la mafia italiana, gente como Nicky Barnes, el rey de la heroína en Harlem en los setenta, o los líderes de las bandas de Los Ángeles. Se demostró la eficacia del sistema de justicia norteamericano, y lo traicionero que resulta el mundo de la droga.

Pero en algunas zonas de México los narcos han conseguido armamento militar, una capacidad de contrainteligencia escalofriante, ser socios bien situados en el gobierno y tener un ejército reclutado entre una multitud de jóvenes pobres dispuestos a alistarse.

El tráfico de drogas mexicano está controlado por oligopolios, igual que ocurre con su economía. Cuando los narcos caen en prisión, la corrupción les permite extender su poder más allá de los muros de la cárcel. Recordemos la fuga en 2001 de Joaquín “El Chapo” Guzmán, verdadero arquetipo de chico de pueblo convertido en amenaza para la seguridad a nivel nacional.

© Reuters/Tomas Bravo

Lo que queremos decir con todo esto es que no parece probable a corto plazo –los próximos años– una amenaza para la seguridad provocada por los narcos mexicanos dentro de EEUU.

Sus propios intereses económicos les disuaden de ello, y el mismo negocio del narcotráfico, repleto de gánsteres, adictos y otros fuera de la ley, parece poco adecuado para ataques metódicos y organizados como los de los terroristas islámicos.

Una amenaza mucho más verosímil contra EEUU consistiría en el progresivo deterioro de México bajo los incesantes ataques de los narcos, alimentados por armas y dinero procedentes de Estados Unidos. Y eso es lo que está ocurriendo ahora mismo.

Se trata de algo más silencioso, y mucho más insidioso, que cualquier ataque espectacular contra territorio norteamericano. Las relaciones EEUU-México sólo parecen afectadas en caso de graves crisis. Durante la campaña presidencial de 2008 apenas se mencionó a México, e hizo falta que murieran más de 12.000 personas, muchas en la misma frontera, para que Washington se interesara, mientras que la opinión pública esperó hasta la pasada primavera.

En la actualidad parece que sólo una colaboración estrecha entre ambos países, hasta un nivel nunca alcanzado anteriormente, podría conseguir una solución a la situación actual.

Pero eso puede obligar a los dos países a acometer cambios internos tan difíciles que los políticos quizás prefieran retrasarlos.

La mayoría de los analistas cree que México debe acometer reformas, pero su sistema legislativo está prácticamente paralizado y los cambios son muy lentos

Por ejemplo, Arizona, Nevada y Texas tienen leyes de armas permisivas que según los observadores mexicanos ayudan a proveerse a los cárteles; pero enfrentarse a la Asociación Nacional del Rifle (NRA) puede ser más de lo que muchos legisladores pueden soportar.

La mayoría de los analistas cree que México debe acometer reformas esenciales para combatir a los narcos y conseguir un desarrollo económico equitativo, que aleje a sus ciudadanos del tráfico de drogas. Serían reformas educativas, judiciales y del sistema de gobierno municipal, entre otras. Algo se ha hecho, pero su sistema legislativo está prácticamente paralizado y los cambios son muy lentos.

Los narcotraficantes han creado algo que muchos analistas creían imposible: una crisis en la que México y EEUU pueden superar sus diferencias y hallar un terreno común para trabajar conjuntamente.

Lo más extraño en la guerra de la droga mexicana es que se trata de una amenaza tan grave como los dos países se lo permitan. Pero así ha venido ocurriendo con los narcos desde que eran simples delincuentes rurales.

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