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¿Los nuevos campos de la muerte?

© Reuters/Stringer Afghanistan

Gretchen Peters ha cubierto como periodista la información sobre Pakistán y Afganistán durante más de diez años. En este artículo sostiene que la mejor forma de luchar contra los talibanes y Al Qaeda consiste en privarles del dinero de la droga.

Según un reciente informe elaborado para el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de EEUU, los organismos de inteligencia norteamericanos siguen creyendo que los talibanes, Al Qaeda y otros grupos terroristas que operan a lo largo de la zona AfPak (frontera entre Afganistán y Pakistán) se financian principalmente mediante las donaciones procedentes de sus simpatizantes de la zona del Golfo.

Sin embargo, si se analizan en detalle sus actividades diarias se obtiene una imagen diferente. Cuando protegen el comercio de opio y participan en secuestros, asaltos a bancos, robos de armas, extorsiones y tráfico de personas, los grupos takfiri de ambos lados de la frontera están comportándose más como mafiosos que como muyahidines.

Resulta difícil hacer afirmaciones válidas para toda la insurgencia que actúa en la zona AfPak dado el gran número de grupos rebeldes que operan a ambos lados de la Línea Durrand, cada uno a su manera. Los informes siguen mencionando a líderes extremistas que solicitan –y reciben– donativos en metálico de simpatizantes de la comunidad.

Pero los grupos rebeldes de la zona AfPak parecen dedicar cada vez más tiempo y energías a las técnicas típicamente criminales de financiación, y su implicación en este tipo de actividades está alterando tanto su estrategia bélica como la misma naturaleza de la insurgencia.

Cada vez existen más pruebas de que algunos jefes talibanes afganos controlan los envíos de drogas desde su territorio, lo que demuestra que el movimiento está ampliando su esfera de influencia criminal

La metamorfosis de los insurgentes de la AfPak no es ni novedosa ni excepcional: a lo largo de la historia tanto los insurgentes como los grupos terroristas han recurrido repetidamente a la delincuencia para apoyar sus actividades. Y con el tiempo los beneficios del crimen van corrompiendo la fidelidad a la ideología original. Las FARC, el IRA y Hezbollah han seguido una evolución similar, y quizás el caso más conocido sea el de la mafia siciliana, que al igual que los talibanes nació para proteger una comunidad étnica de los excesos de los gobernantes locales.

© Reuters/Stringer Afghanistan

Desde 2001 los talibanes del sur y suroeste de Afganistán han protegido y gravado el multimillonario negocio del opio, y se han ido implicando cada vez más en su tráfico.

Al principio, los jefes talibanes se limitaban a poner impuestos a los cargamentos de drogas que atravesaban las zonas que controlaban, para pasar después a ofrecer protección a los envíos de opio y refinerías de heroína. Ahora resulta habitual el que jefes talibanes dirijan sus propias refinerías, que cada vez son más numerosas en el territorio bajo control de la insurgencia.

Y cada vez existen más pruebas de que algunos jefes talibanes afganos controlan los envíos de drogas desde su territorio, lo que demuestra que el movimiento está ampliando su esfera de influencia criminal.

Aunque los jefes talibanes hayan extendido su participación a todos los aspectos del tráfico de narcóticos, no sería exacto afirmar que controlan ese mercado. Los cárteles de la droga, en su mayoría basados en Pakistán y que dependen de sus vínculos con elementos rebeldes y gubernamentales, siguen siendo los responsables últimos y los que se llevan la mayor parte de los beneficios.

Los servicios de inteligencia occidentales deben plantearse la cuestión de qué es lo que pretenden hacer los líderes talibanes con los enormes beneficios que obtienen del tráfico de drogas y sus restantes actividades delictivas

Aunque resulte evidente que cada vez hay más jefes talibanes que persiguen sobre todo el dinero, sería un error pensar que la totalidad del movimiento ha abandonado su objetivo de expulsar a las fuerzas occidentales de Afganistán. Lo cierto es que sigue existiendo un núcleo de auténticos creyentes al mando de los talibanes, y no existen pruebas de que esos dirigentes vivan lujosamente gracias a los beneficios obtenidos de la protección y participación en el tráfico de narcóticos.

Los servicios de inteligencia occidentales deben plantearse la cuestión de qué es lo que pretenden hacer los líderes talibanes con los enormes beneficios que obtienen del tráfico de drogas y sus restantes actividades delictivas, que según mis cálculos podrían ascender a unos quinientos millones de dólares anuales.

Todo este dinero no procede exclusivamente de los narcóticos. Desde 2001 los grupos insurgentes y los taqfiri de ambos lados de la Línea Durrand han aumentado su implicación en una amplia gama de actividades criminales. El secuestro se ha convertido en una industria en pleno desarrollo en la que los grupos insurgentes colaboran con bandas criminales para capturar a empresarios adinerados y pedir rescate a sus familias.

En el pasado se recurrió a menudo a la decapitación de secuestrados ante las cámaras para propagar mensajes políticos, como ocurrió con Daniel Pearl, periodista del Wall Street Journal. Más recientemente el secuestro de David Rohde, corresponsal del New York Times, constituyó un claro ejemplo de que ahora la motivación principal es económica. Los insurgentes que retenían al Sr. Rohde pidieron inicialmente 28 millones de dólares por su liberación según las fuentes de las FATA (Áreas Tribales Administradas Federalmente) en Pakistán.

© Reuters/Goran Tomasevic

En otros teatros de operaciones los insurgentes se dedican al contrabando de maderas preciosas, tráfico de personas y venta de esmeraldas en el mercado negro. En algunos casos los insurgentes han recurrido a los atracos a bancos, como ocurrió con los seguidores del difunto líder talibán paquistaní Baitullah Mehsud que asaltaron recientemente una oficina de cambio de moneda en la ciudad portuaria meridional de Karachi y después se llevaron el dinero a las FATA.

La forma de interactuar de los diversos grupos es similar a la usada por las familias de la mafia. Unas veces colaboran y otras se pelean entre sí, como ocurrió con la reciente lucha por el poder en Waziristan del Sur tras el asesinato de Mr Mehsud.

A menudo cuando los insurgentes y los grupos taqfiri combaten entre sí o se producen enfrentamientos entre diferentes facciones, la causa última es el dinero. Para acabar con este problema se celebran periódicamente reuniones de alto nivel entre los grupos para decidir quién tiene derecho a explotar cada territorio.

Normalmente cuando colaboran varios grupos es para obtener un beneficio económico. Algunos informes señalan que la presión de los talibanes paquistaníes en la parte noroccidental del país ha estado parcialmente financiada por otras facciones de la insurgencia. Recientemente uno de mis investigadores entrevistó a dos de sus miembros de bajo nivel en Bajaur, que le dijeron que habían llegado combatientes afganos y uzbekos con maletines llenos de dinero, al parecer para financiar las operaciones de Swat y Buner.

Cada vez hay más indicios de que combatientes en Afganistán mantienen relaciones con bandas criminales occidentales

Hay informes similares sobre la provincia de Kunduz, al norte de Afganistán, donde se ha registrado un gran incremento de la actividad talibán en los últimos meses. Las autoridades locales informaron a uno de mis investigadores de que combatientes uzbekos habían estado asesorando a los talibanes afganos que invadieron la provincia.

Fuentes oficiales de EEUU encargadas del seguimiento de la organización HIG (Hezb-e-Islami Gulbuddin) en el este de Afganistán han encontrado pruebas de que combatientes extranjeros que operan en esa zona canalizan fondos hacia los insurgentes de Chechenia y Asia Central. Y lo que quizás sea más preocupante es que cada vez hay más indicios de que combatientes en Afganistán mantienen relaciones con bandas criminales occidentales

El informe para el Senado estadounidense también señala que los responsables de la inteligencia norteamericana siguen creyendo que Al Qaeda no participa –ni obtiene ningún beneficio– en el tráfico de drogas y las restantes actividades criminales en Afganistán. En mi opinión, se trata de un error.

Durante la investigación que realicé para mi libro Seeds of Terror encontré pruebas de que los dirigentes de Al Qaeda y los luchadores extranjeros vinculados a ellos, en especial el Movimiento Islámico de Uzbekistán, realizaban funciones de coordinación. Apenas llegué a encontrar evidencias de la implicación de Al Qaeda en la parte operativa del narcotráfico, en actividades como coordinar envíos de droga o dirigir laboratorios de heroína. Pero resulta obvio que sus niveles superiores han establecido relaciones y facilitado contactos que permiten que grandes cantidades de droga crucen las diferentes fronteras nacionales, provinciales y tribales.

Los servicios de inteligencia deberían centrar sus esfuerzos en la localización y desarticulación de la financiación de los grupos insurgentes, extremistas y terroristas

En vez de discutir si los grupos terroristas se benefician o no de las actividades criminales o de intentar averiguar qué porcentaje de su financiación proviene de delitos, los servicios de inteligencia deberían centrar sus esfuerzos en la localización y desarticulación de la financiación de los grupos insurgentes, extremistas y terroristas (además de los agentes estatales corruptos, por supuesto). La limitación de la financiación que recibe el enemigo y las mejoras en la gobernabilidad del país son los dos pilares esenciales de cualquier campaña contra una insurgencia, y Afganistán y Pakistán no van a constituir una excepción.

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