La crisis financiera: ¿Un efecto semejante a un ataque terrorista?

Al igual que ocurre con los ataques terroristas, la crisis financiera puede desestabilizar algunos países.

François Melese sostiene que no debemos subestimar los efectos de la crisis financiera sobre la seguridad, y analiza si sus causas se originaron en el sector privado o en el público.

El sexagésimo aniversario de la OTAN se ha visto eclipsado por un dato tremendamente negativo. La producción mundial se ha reducido por primera vez en más de 60 años. Se espera que el comercio internacional caiga en un porcentaje aún mayor. Lo que comenzó como un resfriado financiero de EEUU se ha convertido rápidamente en una epidemia global. Las posibles implicaciones económicas y de seguridad para la OTAN y sus miembros resultan aterradoras.

Ante la Alianza se presentan dos retos fundamentales: primero, una reducción del gasto en defensa; segundo, saber extraer las lecciones correctas de la crisis.

El Director de la Inteligencia Nacional de EEUU declaró recientemente ante el Congreso que la crisis económica había sustituido al terrorismo como el “principal problema de seguridad a corto plazo”

El Director de la Inteligencia Nacional de EEUU declaró recientemente ante el Congreso que la crisis económica había sustituido al terrorismo como el “principal problema de seguridad a corto plazo”. Lo que no mencionó fueron las inquietantes semejanzas entre la crisis y los ataques terroristas.

Para desestabilizar al estado los terroristas suelen causar daños materiales y personales limitados pero que provocan enormes costes sociales y económicos. Al amenazar infraestructuras esenciales, sea financieras o físicas (transporte, energía, comunicaciones, etc), obligan a los gobiernos y poblaciones a adoptar costosas medidas defensivas. Los consumidores asustados evitan los mercados, frenando así el crecimiento económico y fomentando el desempleo y la inestabilidad política.

Se pueden encontrar semejanzas con la quiebra del mercado inmobiliario de EEUU. La alteración financiera posterior se expandió rápidamente desde Wall Street hasta Main Street. Muchos consumidores asustados por la caída del precio de la vivienda y el aumento de la tasa de paro dejaron de gastar. Mientras los mercados financieros, sobrecargados de garantías respaldadas por hipotecas y valores derivados en caída libre, empezaron a fallar. En un intento desesperado para salvar a los bancos y compañías de seguros en apuros el gobierno intervino con rescates masivos, pero el brusco descenso del consumo doméstico combinado con el aumento de la morosidad puso al borde del abismo incluso a las compañías más saneadas, obligando a nuevos rescates.

Reuters

¿Todos los caminos llevan a Wall Street?

La caída del consumo y las inversiones en EEUU, combinada con la exposición de las instituciones financieras mundiales a los activos tóxicos, se propagó rápidamente por los mercados internacionales, afectando al comercio y las finanzas de todos los países.

Muchas naciones en vías de desarrollo han aprovechado los bajos tipos de interés y las inversiones extranjeras para aumentar la deuda pública, y ahora esa misma deuda y el déficit por cuenta corriente les resultan mucho más difíciles de refinanciar. Si los bancos extranjeros cortan el crédito o se niegan a aplazar los préstamos pendientes, se podrían disparar las quiebras y el desempleo.

Algunos países miembros y socios tienen que afrontar una reestructuración de su deuda o, lo que sería aún peor, el desplome de su crédito y su divisa. Dado que eso podría provocar trastornos políticos graves, los prestamistas de último recurso como el FMI, el Banco Mundial y el Banco Central Europeo están interviniendo para evitar el caos.

¿Cómo afecta todo esto a la OTAN?

El primer reto que afronta la Alianza es la inminente reducción del gasto en defensa. Los programas de defensa representan el primer objetivo para los responsables políticos que tratan desesperadamente de gestionar déficits en plena expansión. El segundo consiste en hacer una lectura correcta de la crisis, y evitar el proteccionismo.

Muchos países se enfrentan a serios recortes en los gastos militares para compensar las grandes deudas asumidas para combatir la bancarrota y el desempleo. Muchos miembros y socios de la OTAN verán recortado su gasto en defensa, ya de por sí modesto. Tener unas fuerzas de defensa independientes va a ser para ellos un lujo inasequible, así que la seguridad colectiva cada vez va a resultar más atractiva.

El Artículo 3 del Tratado del Atlántico Norte (Washington 1949) establece que “las partes… mantendrán y desarrollarán sus capacidades individuales y colectivas para resistir un ataque armado”. La crisis económica actual probablemente fomente las capacidades “colectivas” frente a las “individuales”.

La parte buena es que la OTAN se halla en el corazón de una amplia y creciente red de asociaciones que cuenta actualmente con 28 miembros. Mediante la coordinación estratégica de sus aportaciones colectivas, la organización puede actuar como multiplicador de fuerzas, ofreciendo a cada uno de sus miembros un paquete de defensa completo a cambio de sus aportaciones.

La Sección 8 del Concepto Estratégico de la Alianza (Consejo del Atlántico Norte, Washington, 1999) establece que “el compromiso común y la cooperación mutua… garantizan que ningún Aliado individual se vea obligado a confiar… tan sólo en su esfuerzo nacional para ocuparse de sus retos de seguridad. La alianza le permite alcanzar sus objetivos esenciales de seguridad nacional mediante el esfuerzo colectivo”.

Un riesgo importante de la posible caída del gasto en defensa es que EEUU podría tener que asumir un mayor porcentaje de la financiación justo cuando ve reducido su propio presupuesto militar. Con un sistema bancario y financiero debilitado y un dólar cuestionado como divisa mundial, el mayor deudor del mundo podría encontrarse imposibilitado de seguir subvencionando la seguridad global.

En cualquier caso, los ahorros que se obtengan de los esfuerzos conjuntos en seguridad provendrán de la búsqueda de eficiencia mediante los recursos colectivos. Uno de los principales métodos consiste en el fomento de la integración de la industria de la defensa de los diferentes países –incluyendo ambas orillas del Atlántico– para así repartir la carga fiscal del desarrollo y producción de nuevos sistemas, y de otras actividades relacionadas con la defensa.

La competencia entre equipos industriales de diferentes países puede facilitar el acceso a las nuevas tecnologías y promover productos innovadores que ofrezcan mejores réditos de las inversiones en defensa. La competencia fomenta la innovación e incentiva la eficacia para reducir costes y plazos. Otro beneficio añadido de una mayor integración industrial transatlántica sería una mayor cohesión política y militar dentro de la Alianza, lo que podría reforzar la organización y favorecer su eficacia aumentado la interoperatividad y permitiendo mejorar el rendimiento de sus inversiones.

El segundo gran desafío que amenaza a la Alianza consiste en el riesgo de que los países hagan una lectura equivocada de la crisis

El segundo gran desafío que amenaza a la Alianza consiste en el riesgo de que los países hagan una lectura equivocada de la crisis. ¿Estamos asistiendo a la crisis definitiva del capitalismo, o existe una explicación más prosaica?

El célebre economista John Taylor de la Universidad de Stranford defiende en su último libro la segunda opción. Aporta evidencias empíricas bastante convincentes de que “las acciones e intervenciones gubernamentales provocaron, prolongaron y empeoraron la crisis financiera”.

Resulta tentador echar la culpa de los problemas económicos a Wall Street, los banqueros codiciosos y los fallos del mercado. Algunos han llegado a la conclusión de que el capitalismo ha fracasado y que los gobiernos deberían proteger sus industrias y reconsiderar su dependencia respecto a los mercados mundiales para el crecimiento y prosperidad futuros. Se trata de una lectura errónea: el capitalismo no es el culpable.

En mi opinión la causa principal de la crisis actual estriba en las bienintencionadas políticas monetarias e inmobiliarias del gobierno de EEUU. Está claro que los agentes hipotecarios rapaces, los agentes financieros codiciosos, las agencias de calificación incompetentes, los inversores demasiado optimistas, los propietarios cortos de miras y los creadores financieros de complejos sistemas de derivados aportaron su granito de arena a la crisis financiera. Pero resultaría erróneo culparles por hacer aquello que las políticas gubernamentales pretendían fomentar.

En EEUU las principales políticas destinadas a aumentar el porcentaje de ciudadanos propietarios de su vivienda se diseñaron de forma que evitaran presuntas discriminaciones, protegieran a las minorías y redujeran las diferencias en los ingresos. Pero, tal y como el mundo ha acabado descubriendo, estas políticas bienintencionadas tuvieron desastrosas consecuencias no deseadas.

Esas políticas obligaron a las instituciones financieras a relajar las normas de concesión de hipotecas, así que se ofrecieron hipotecas subprime a personas con bajos ingresos y poco crédito, financiando además el 100% del valor de su vivienda. Un informe gubernamental de 2002 acogía con entusiasmo esa “innovación hipotecaria”. Muy pronto estas arriesgadas “innovaciones” estaban al alcance de todo el mundo.

Reuters

El crecimiento de las hipotecas subprime provocó una burbuja insostenible.

Dos Corporaciones de Patrocinio Gubernamental (GSE), Fannie Mae y Freddie Mac, desempeñaron un papel crucial en la concesión de garantías gubernamentales a las hipotecas subprime. En la década de los noventa el Departamento de Vivienda y Desarrollo (HUD) del gobierno estadounidense les ordenó aumentar drásticamente la financiación hipotecaria para los más pobres. Para incrementar el volumen de préstamos el Congreso les animó a ampliar y comprar garantías respaldadas por hipotecas, incluyendo las de riesgo. La expansión de Fannie Mae y Freddie Mac financió el crecimiento espectacular los préstamos hipotecarios subprime y de interés variable. Cuando estalló la crisis financiera esas dos compañías poseían o garantizaban aproximadamente la mitad de las hipotecas residenciales de EEUU.

Al ir aumentando el volumen hipotecario también subió la demanda de vivienda, contribuyendo así a la burbuja iniciada en la década de los noventa. De 2000 a 2003 esa misma burbuja se vio alimentada por la política monetaria expansionista de la Reserva Federal, que desembocó en tipos de interés a corto del plazo de hasta un 1%.

El precio de la vivienda detuvo su subida en 2006, en parte por el aumento de los tipos de interés. Según la ley estadounidense, el propietario de una vivienda que carezca de patrimonio y que vea que el precio de su casa es inferior al valor de su hipoteca puede liberarse de sus obligaciones financieras. La consiguiente caída en picado del precio de la vivienda y la pérdida de valor de las garantías hipotecarias convulsionó el sistema financiero mundial y provocó la actual crisis económica. En 2008 tanto Fannie Mae como Freddie Mac quebraron y fueron nacionalizadas.

La Sección 25 del Concepto Estratégico de la Alianza (Consejo del Atlántico Norte, Washington, 23 y 24 de abril de 1999) establece que “la Alianza está comprometida con un enfoque global respecto a la seguridad, que reconoce la importancia de los factores… económicos… además de la indispensable dimensión de la defensa”. Dado que los movimientos populistas anti mercado pueden debilitar el clima económico de un país y socavar su crecimiento y seguridad futuros, le corresponde a la OTAN transmitir el mensaje de que las políticas gubernamentales tuvieron como mínimo tanta importancia como los fallos del mercado en la gestación de la crisis. La falta de regulación y supervisión de los mercados desempeñó un cierto papel, pero fue aún más importante la falta de regulación y supervisión de las políticas gubernamentales. La globalización no tuvo la culpa.

La prosperidad obtenida a partir del comercio, los intercambios financieros y las inversiones extranjeras directas ha representado una base sólida para el crecimiento futuro de la mayoría de los miembros y socios de la OTAN, de los tigres asiáticos y, más recientemente, de India, China, Brasil y otras economías de crecimiento rápido. Existe el riesgo de que las políticas populistas frenen el crecimiento futuro si se hace una lectura equivocada de la crisis actual.

Las políticas económica y de seguridad nacional se refuerzan mutuamente. Desde la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de nuestros principales socios han sido al mismo tiempo nuestros aliados más próximos. Las amenazas de seguridad tienden a remitir cuando el comercio internacional se expande. La globalización comercial y financiera ha creado una riqueza sin precedentes y la oportunidad de salir de la pobreza para cientos de millones de personas de todo el mundo.

Existe una abrumadora evidencia de que el comercio tiende a reducir los conflictos. De hecho, el experto en política de la Universidad de Columbia Erik Gatzke descubrió que cuando se incorpora la medida de la libertad económica (incluyendo el libre comercio) y de la democracia en un estudio estadístico, “la libertad económica es unas 50 veces más efectiva que la democracia a la hora de evitar conflictos violentos”. No suele ser bueno para el negocio el disparar contra tus clientes y proveedores. Tal y como señaló en su día Montesquieu, “la paz es una consecuencia natural del comercio”.

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