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La responsabilidad de una gran victoria: ¿Un nuevo Japón?

Después de más de 50 años de gobierno casi ininterrumpido del Partido Liberal Democrático (LDP), Japón cambió de rumbo en las elecciones generales de agosto de 2009, ganadas por el Partido Democrático del Japón (DPJ) por un margen inesperadamente amplio que sobrepasó, incluso, las predicciones del propio partido. Aunque algunos de los miembros del DPJ comenzaron su carrera política en el LDP, el nuevo gobierno parece tomarse en serio su promesa de crear un Japón nuevo.

El pasado mes de septiembre el Primer Ministro Hatoyama dejó esto claro cuando habló de un “nuevo Japón” en su primer discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: un Japón que se enfrentaría a retos como el cambio climático, el desarme y la no proliferación nucleares, y la construcción de una Comunidad de Asia Oriental.

© Reuters/Ho New

En lo relativo al cambio climático mucha gente asocia aún a Japón con la Conferencia de Tokio, que estableció límites para las emisiones de dióxido de carbono, pero este país no ha tenido mucho éxito en el terreno medioambiental. Actualmente produce un 9,2% más de gases de efecto invernadero que en 1999, y durante décadas ha carecido de normas estrictas y objetivos de protección medioambiental, fiándose de la autorregulación de las empresas.

El nuevo Primer Ministro Hatoyama ha prometido, para 2020, disminuir las emisiones de su país reduciéndolas hasta un 25% respecto a los niveles de 1990. A primeros de diciembre su gobierno anunció un paquete de ayudas de 80.000 millones de dólares que incluía fuertes incentivos a la compra de coches y electrodomésticos menos contaminantes.

Pero el mismo Primer Ministro reconoció en diciembre, en la Conferencia de Copenhague sobre el cambio climático, la dificultad de llevar a cabo unos cambios que afectan a los intereses de la industria (y debe recordarse que también a los del sector público, y en especial del poderoso Ministerio de Economía, Comercio e Industria).

El nuevo gobierno no sólo tendrá que mejorar el nivel de vida de Japón, sino también convertirse en un ejemplo para los países en vías de desarrollo, a los que debe ayudar en su búsqueda del crecimiento económico compartiendo sus conocimientos y tecnología: algo que el Primer Ministro Hatoyama vino a reconocer en Copenhague cuando anunció una ayuda financiera para esos países.

Pero tanto esta promesa como el compromiso de reducción del 25% en las emisiones del Acuerdo de Copenhague tienen como “condición previa la creación de un marco internacional justo y eficaz en el que participen las principales economías mundiales, y en el que se acuerden objetivos ambiciosos”. Aunque parezca bastante estricta, esta premisa deja suficiente espacio de maniobra para realizar enfoques prácticos en caso necesario.

© Reuters/Toshiyuki Aizawa

La historia de Japón sirve de explicación para décadas de apoyo al desarme y la no proliferación nucleares. Este país mantiene una política de no posesión, producción o introducción de armas nucleares. Durante la Cumbre del Consejo de Seguridad de las NU sobre Desarme y No Proliferación Nucleares celebrada en septiembre de 2009, el Primer Ministro Hatoyama declaró que Japón pretendía asumir el liderazgo en la eliminación de armas nucleares. No resulta sorprendente que uno de sus “puntos de actuación” se refiriera a Corea del Norte.

Japón se muestra preocupado, al igual que el resto del mundo, por la nuclearización de Corea del Norte, pero tiene además otra cuestión relacionada con ese país. En 2002 Corea del Norte admitió haber secuestrado a ciudadanos japoneses en las décadas de los 70 y los 80, y Japón declaró que no habría normalización de relaciones entre ambos países mientras no se resolviera este asunto, condicionando al mismo las “Conversaciones de las seis partes”. El nuevo gobierno quizás tenga que desvincular ambas cuestiones, por difícil que resulte, si quiere liderar los esfuerzos para contribuir a eliminar las armas nucleares.

Hasta ahora el principal logro del gobierno al respecto ha sido una resolución sobre desarme nuclear copatrocinada por otros 87 países y aprobada por las Naciones Unidas a principios de diciembre por una abrumadora mayoría de 171 votos afirmativos frente a tan sólo dos noes y ocho abstenciones.

El paso siguiente consistirá en aprovechar el centenario de la anexión japonesa de la Península de Corea para profundizar sus relaciones con Corea del Sur. Estas conversaciones no van a resultar fáciles, pero se precisan esfuerzos conjuntos para avanzar en la cuestión de la nuclearización de Corea del Norte, y la influencia de Corea del Sur resulta esencial.

También parece positiva la intención del nuevo gobierno de sacar a la luz los denominados acuerdos secretos que permitieron la escala en Japón de barcos y aviones estadounidenses con armamento nuclear, un paso lógico para un país comprometido con una política que no permite este tipo de actuaciones.

© Reuters/Yuriko Nakao

Un aspecto que no ha modificado el nuevo gobierno es el concepto de Comunidad de Asia Oriental como elemento central de la diplomacia asiática del país. El Primer Ministro Hatoyama ve esta Comunidad como una ampliación de la cooperación ya existente, y aparentemente pretende poner un énfasis aún mayor en Asia. Japón intentará liderar la integración de los países asiáticos en un mercado común. El objetivo consiste en reforzar la cooperación en áreas como la energía, el medioambiente y la cultura, y en especial en los campos financiero, comercial y económico.

Ya han surgido varias organizaciones y acuerdos regionales, vinculados por la superposición de sus agendas y el principio de “los negocios antes que la política”. Pero conseguir crear una Comunidad de Asia Oriental implica resolver antes varios interrogantes. ¿Qué aportaría esa Comunidad que no ofrezcan los acuerdos y organizaciones ya existentes? ¿A partir de qué organización o acuerdo se desarrollaría, en vista de que China tiene una idea diferente de la composición de ese mercado? Actualmente China promueve la “ASEAN+3” (ASEAN más China, Corea del Sur y Japón), mientras que Japón defiende un acuerdo más reciente, la Cumbre de Asia Oriental, que abarca a la “ASEAN+3” y además India, Nueva Zelanda y Australia. Y, lo que también es importante, ¿se consideraría a Estados Unidos como un posible futuro miembro?

El entusiasmo del Primer Ministro Hatoyama por la Comunidad de Asia Oriental parece deberse a su intención de marcar el liderazgo japonés en Asia y distanciarse de una política exterior muy centrada en EEUU. Las repetidas referencias del nuevo gobierno a Asia y a la Comunidad de Asia Oriental indican una voluntad de ampliar sus opciones de política exterior potenciando relaciones ajenas a su estrecha vinculación con EEUU. Pero Hatoyama sabe que la Comunidad de Asia Oriental es un objetivo a largo plazo que fuera de Japón despierta poco entusiasmo, sobre todo si se percibe como instrumento para una futura arquitectura de seguridad regional.

Aunque el tema aún no está maduro para las decisiones, el debate sobre la futura naturaleza de la alianza entre EEUU y Japón está en plena efervescencia. Toda la región de Asia-Pacífico reconoce el efecto estabilizador del Tratado de Seguridad Mutua EEUU-Japón. Pero la conmemoración del quincuagésimo aniversario del Tratado a mediados de enero se produjo en un momento de tensiones entre el nuevo gobierno japonés y EEUU, desatadas a raíz de la promesa del DPJ a la población de Okinawa de plantear de nuevo el reajuste de las fuerzas estadounidenses en Japón.

Sin pasar por alto esas fricciones, parece prematuro asumir una falta de compromiso con la alianza. Pero tampoco debe subestimarse la determinación del nuevo gobierno de evolucionar hacia una política exterior más centrada en Asia. Para ese nuevo gobierno no se trata de elegir entre Asia y Estados Unidos, sino de ampliar su margen de maniobra.

© Reuters/Yuriko Nakao

Se suele prestar poca atención a los problemas internos del país fuera de sus fronteras, pero, como dice el refrán, toda política es política local. El programa electoral del DPJ reconocía este hecho, y tras la victoria electoral los retos internos encabezan su agenda.

Entre ellos se cuenta el de encontrar un sistema que permita a los burócratas dirigir la política. El DPJ ya tomó acciones correctoras mostrando su voluntad de cambio. Otros retos incluyen una población cada vez más envejecida, una tasa de nacimientos en declive, un sistema de salud cada vez más costoso, un sistema de pensiones vacilante y unas entidades locales que necesitan billones de yenes del gobierno para sus proyectos de infraestructuras.

La tradición de gasto público gigantesco ha provocado una de las mayores deudas nacionales entre los países desarrollados. Queda por ver si el nuevo gobierno puede compatibilizar la prevista gran caída de la recaudación fiscal con un paquete de estímulo económico igualmente grande. Internamente la pregunta es cuánto tiempo le concederá el electorado al nuevo gobierno para resolver estos problemas, con unas elecciones a la cámara alta en julio de 2010. Para entonces será difícil no cargar con la responsabilidad de la situación, aunque ésta se haya ido gestando durante más de 50 años. Además, hay indicios de que los escándalos por la financiación del DPJ están erosionando su apoyo electoral.

Con todos estos problemas internos, ¿cuánto tiempo, esfuerzo y recursos se pueden dedicar a los retos internacionales, de los que los ya mencionados sólo representan una parte?

Eso dependerá de hasta qué punto se puede infundir nuevo vigor a la economía japonesa. Ésta constituye su base fundamental para poder ejercer influencia, y en lo que respecta a Asia implica dar mayor protagonismo a China y a su creciente poderío. Lo principal no es ganar una carrera contra China, sino beneficiarse mutuamente de la complementariedad.

La economía japonesa tiene una enorme dependencia de la demanda externa, así que el DPJ ha introducido una economía estratégica que no sólo resalta la necesidad de estimular el crecimiento económico sino que también reconoce el potencial de la futura cooperación regional. Los vecinos asiáticos de Japón tienen grandes mercados, y el que sus economías difieran mucho puede animarles a intentar sacar beneficios mutuos de sus respectivos puntos fuertes y a potenciar la cooperación.

La agenda política del Primer Ministro Hatoyama afectará a las cuestiones de seguridad a corto y largo plazo. Se trata de algo importante en un país que define básicamente su papel en la seguridad internacional mediante un gran presupuesto de Ayuda Oficial al Desarrollo (ODA) para la gobernabilidad, reconstrucción, formación de capacidades y ayuda humanitaria.

Esta ODA ha obtenido ya resultados significativos en Afganistán. Desde el derrocamiento de los talibanes, Japón ha desempeñado un importante papel en la reconstrucción del país. Su último paquete de ayudas, anunciado en noviembre, comprende 5.000 millones de dólares en cinco años para la reconstrucción nacional y la seguridad y sustento de la población.

Se pondrá especial énfasis en la Policía Nacional y la reinserción de antiguos combatientes a los que se les dará formación profesional. También habrá subvenciones para la agricultura, desarrollo rural, educación, salud y demás necesidades básicas. El paquete de ayudas también incluye a Pakistán, lo que demuestra el objetivo de Japón de fomentar la estabilidad de Afganistán mediante un enfoque regional.

Así que el resurgimiento económico japonés resulta indispensable y no sólo por razones internas. El mundo en general, y sus vecinos en particular, han visto que el gobierno marcaba la pauta con un nuevo rumbo. Así que vigilarán estrechamente los progresos del “nuevo Japón”.

Como ha señalado el Primer Ministro Hatoyama, la abrumadora victoria del DPJ supone una gran responsabilidad. La voluntad de cambio del nuevo gobierno es omnipresente, pero el pueblo japonés y la comunidad esperan pruebas concretas de ese cambio, y ello implica mejoras.

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