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El reto de las elecciones afganas: ¿Se verán influidas por la polarización y las divisiones étnicas?

Las lealtades étnicas pueden constituir un factor determinante en las elecciones afganas.

Las elecciones afganas ¿se verán afectadas por las distintas etnias que dividen al país? En vista de la fuerza de los partidos tribales, el Dr. Mayoddin Mehdi evalúa la probabilidad de que sean realmente unas elecciones afganas.

En la mayoría de los países se celebran elecciones para encontrar soluciones definitivas a los retos que afrontan los políticos y estadistas. Lo principal es que todo el mundo acepta que las elecciones representan la sentencia definitiva.

Pero en nuestro país, Afganistán, hay un buen número de grupos que se niegan a admitir este hecho. Incluso algunos de ellos consideran que las elecciones constituyen una práctica no islámica, y se niegan a reconocer sus resultados aunque sean limpias y transparentes. Desgraciadamente, entre esos grupos se hallan los que están considerados como los actores principales del conflicto afgano.

Este es el primer reto para las elecciones afganas. Para esos grupos son las armas, y no las elecciones, los argumentos que resuelven las disputas. Algunos reciben apoyo del exterior, y utilizan el islam y la sharia como una máscara que oculta sus objetivos raciales y políticos. Interpretan y manipulan a su modo la fe islámica, común a todas las tribus del país.

Puede afirmarse sin ninguna exageración que en cada una de las elecciones anteriores se votó siguiendo criterios tribales

Sin embargo, otras personas que no consideran que las elecciones sean opuestas a los principios islámicos, se muestran escépticas. Así que participan en el proceso pero votan a los candidatos de su mismo grupo étnico. Puede afirmarse sin ninguna exageración que en cada una de las elecciones anteriores se votó siguiendo criterios tribales.

No pretendo decir que los resultados sean un fiel reflejo del perfil étnico del país, sino que esa gente reconoce las elecciones, pero las percibe sólo como una confirmación de la superioridad de su tribu respecto a las demás. Ese fue el punto de vista de los comentaristas próximos al presidente Karzai que tras el anuncio de los resultados electorales ofrecieron una interpretación étnica del voto depositado en las urnas. Según ellos, estos resultados mostraban una superioridad cuantitativa de una determinada tribu cuyo líder sería el mismo presidente.

ISAF/NATO

Las elecciones pueden servir para unir o dividir a los afganos.

Siguiendo el mismo razonamiento, algunos grupos consideraron que los votos que obtengan son su llave de entrada en el gobierno, como atestiguan las recientes declaraciones del Ministro de Justicia, Sarwar Danish, que explicó que su partido (cuyo líder es Karim Khalili) apoyaba al presidente Karzai porque se había acordado que se les concedería el 20 por ciento de los puestos gubernamentales.

Así que se podría argumentar el carácter oficial de esa visión étnica del sistema político en general, y de las elecciones en particular. Se puede detectar esa misma percepción del papel que debe desempeñar un gobierno en el concepto de “composición del liderazgo del estado” y en el fundamento ideológico de ciertos partidos políticos autorizados por el Ministerio de Justicia.

El presidente representa a su tribu, al igual que cada uno de sus vicepresidentes representa a la suya. Dicho de otro modo, con el sistema electoral afgano una persona perteneciente a una minoría étnica nunca podrá alcanzar el puesto de presidente o vicepresidente del país. Cuando el actual Ministro de Asuntos Exteriores de Afganistán se enteró de la victoria de un negro como Barrack Hussein Obama en las elecciones presidenciales estadounidenses, escribió en el periódico ‘8 Sobh’: “¿Llegará el día en el que pueda también ver en mi país a un hazara, tayiko, o uzbeko, convertido en presidente?”

La visión étnica del sistema político y electoral se ha institucionalizado también de otra forma. Hay más de un centenar de partidos políticos registrados.

Desde el punto de vista cuantitativo los minoritarios son precisamente los que manifiestan tener ámbito nacional, es decir, que representan a “la totalidad de Afganistán”. Por el contrario, los partidos que pertenecen a unas tribus o credos determinados son los más fuertes. La capacidad de mover o movilizar a la población está en manos de los que usan armas como la etnia y la religión. Son partidos que acaparan los altos cargos del gobierno Karzai, mientras el presidente asegura odiar la “lucha partidista”. El siempre se apoya en la creencia generalizada de que la población no guarda un buen recuerdo de la pasada actuación de los partidos políticos, y por eso la Ley Electoral afgana no les otorga ningún derecho.

En este punto nos tenemos que enfrentar a la cuestión: ¿las elecciones tendrán un carácter tribal porque los principales partidos son tribales?

Así que el sistema político afgano se enfrenta a otra paradoja: la demanda de democratización por un lado, y la oposición a los partidos “nacionales” o de “la totalidad de Afganistán” por otro. El estado afgano (o al menos su gobierno, judicatura y parlamento) nunca se han mostrado proclives a reconocer que para lograr la reconstrucción nacional y detener el tribalismo, la mejor forma, la más moderna y de mayor eficacia demostrada, consiste en tener partidos políticos de ámbito nacional. Se trata de un método que han experimentado con éxito países con una gran diversidad étnica y religiosa, como la India.

En este punto nos tenemos que enfrentar a la cuestión: ¿las elecciones tendrán un carácter tribal porque los principales partidos son tribales?

Hay que recordar que las bases del régimen actual se establecieron en la conferencia de Bonn, y que en ella Abdul Sattar Seerat a pesar de obtener la mayoría en la votación de las diferentes facciones (el Eje de Roma) no pudo convertirse en presidente de la administración provisional porque no pertenecía a la etnia mayoritaria. El puesto lo ocupó Hamid Karzai, que sólo había obtenido tres votos frente a los trece de Seerat. La comunidad internacional respaldó esta actuación tan poco democrática basándose en el supuesto de que los problemas que entonces sufría Afganistán se debían a que el grupo étnico mayoritario había sido desposeído del poder. De este modo se contribuyó a reforzar a los partidos de base o ideología tribal.

ISAF/NATO

En la mayoría de los países las elecciones constituyen una herramienta para resolver problemas. ¿Ocurrirá lo mismo en Afganistán?

Otra de las paradojas de la política de la comunidad internacional es que por un lado proclama que se ha terminado el reinado de los señores de la guerra, que tendrán que responder por sus violaciones de los derechos humanos, y por otro favorece su permanencia y prosperidad. Sabe que todavía mantienen su influencia en el ámbito tribal gracias a su enorme poder financiero, lo que quiere decir que “tienen los votos”. En los últimos ocho años no se ha prestado la menor atención al fomento de una oposición moderada, no tribal, no sectaria, y con vocación nacional, como alternativa al gobierno actual. Lo cierto es que a pesar de su oposición a los señores de la guerra y líderes de milicias, la comunidad internacional siempre ha negociado con ellos.

Si aceptamos que los retos principales a los que se enfrentan el gobierno afgano y la comunidad internacional son la guerra y la inseguridad, ¿serán las próximas elecciones la mejor forma de superar estos retos?

Para hallar una respuesta adecuada a esta pregunta tenemos que retroceder un poco e identificar las causas originarias de la guerra, la inseguridad y la crisis afgana en general.

Hasta 1978 el gobierno se sustentaba en las tres fuentes tradicionales de legitimidad: tribalismo, herencia y el apoyo de los clérigos. El golpe del 27 de abril de ese año le privó de la herencia y el soporte religioso, mientras que la victoria de los muyahidín en 1992 restableció el principio del apoyo de la religión pero puso fin al vínculo tribal.

Los enfrentamientos que siguieron –las luchas de facciones y la guerra civil– tuvieron su origen en estos cambios. Ni en la Conferencia de Bonn ni durante la actuación de las tropas internacionales en Afganistán se intentó nunca buscar las causas últimas y solucionar al menos esta faceta del problema.

Las fuerzas internacionales derribaron a los talibanes, pero no consiguieron su aniquilación, ni la de sus aliados, y eso por dos razones: la presencia en el nuevo gobierno afgano de elementos influyentes que no deseaban su desaparición, y la actitud de Pakistán (cuyo poderoso ejército fue el principal arquitecto y partidario de los talibanes), que tampoco quería perder un arma tan eficaz como esa.

Las próximas elecciones afganas no pueden poner fin a esta situación. Creo que los talibanes seguirán disfrutando del apoyo paquistaní hasta que la comunidad internacional ofrezca garantías de que Afganistán renuncia a cualquier reclamación sobre su territorio, a cambio de su consentimiento para su aniquilación. Por eso la sociedad afgana se muestra preocupada por la posibilidad de que si un candidato no pastún ganase los comicios, se produciría una vuelta a la situación de guerra civil de los noventa.

Las elecciones afganas pueden servir de instrumento para la resolución de la crisis sólo si se relanza el proceso de “reconstrucción estatal”

A partir de todo esto se llega a dos conclusiones:

En primer lugar, las elecciones afganas pueden servir de instrumento para la resolución de la crisis sólo si se relanza el proceso de “reconstrucción estatal”. La comunidad internacional tiene que demostrar con hechos que no pretende apoyar procesos tribales, sino que está a favor de la formación de una oposición política de ámbito estatal.

En segundo lugar, el que la comunidad internacional no haya tenido en cuenta las disputas fronterizas entre Afganistán y Pakistán ha supuesto un olvido de un elemento fundamental de la crisis. Algunos analistas creen que se deberían garantizar las fronteras actuales con Pakistán de forma que este país renuncie a la posibilidad de usar los talibanes para desestabilizar Afganistán. El tiempo es un factor esencial porque algunos expertos han descrito la nueva estrategia afgana de la Administración Obama como un plan para retirarse del país, lo que provoca el temor de un posible retorno de los talibanes.

Todo parece indicar que si Hamid Karzai sigue en el poder tras las elecciones con el apoyo de EEUU, la crisis actual no sólo se prolongará sino que puede deteriorarse aún más. En este momento Karzai se aprovecha como candidato los medios y el poder de los que disfruta como jefe de estado. Sería un error por parte de la comunidad internacional el considerar que estas elecciones son realmente transparentes, y sentirse satisfecha con sus resultados.

Las elecciones afganas pueden convertirse en un proceso democrático y en un instrumento que garantice la seguridad y la justicia, pero sólo si Occidente reconoce que estas dos conclusiones son las principales causas de la crisis, y las mayores barreras para la restauración de la estabilidad y la seguridad.

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