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La OTAN a los sesenta: el futuro

El mismo hecho de llegar a cumplir los sesenta años ha sido todo un reto. Pero aún quedan otros ante nosotros.

Mientras celebra su sexagésimo aniversario, la OTAN se ve más solicitada que nunca.

La Alianza mantiene la paz en Kosovo, está implicada en tareas de estabilización y operaciones de combate en Afganistán, lleva a cabo una misión naval antiterrorista en el Mediterráneo, colabora en la reforma de la defensa de Bosnia-Herzegovina, entrena a las fuerzas de seguridad iraquíes y presta ayuda a la Unión Africana.

La OTAN se halla en el centro de una amplia y creciente red de asociaciones con países de todo el mundo, además de desarrollar una colaboración cada vez más estrecha con diversas instituciones civiles. Y su proceso de ampliación sigue siendo un buen incentivo para que los países candidatos pongan orden en su propia casa.

En resumen, la OTAN a sus sesenta años se ha convertido en una parte tan indispensable del entorno de seguridad internacional que resulta difícil imaginar que hubiera podido ser de otra manera. Y sin embargo, así pudo ocurrir. La duración inicial del Tratado de Washington de 1949 quedó establecida en veinte años, asumiendo que en ese plazo se habría completado la reconstrucción de Europa Occidental y el pacto de defensa transatlántico quedaría ya obsoleto.

Muy pocos de los que asistieron a la creación de la OTAN se hubieran atrevido a esperar que la organización no sólo sobreviviría a las condiciones de la guerra fría que condujeron a su nacimiento, sino que además prosperaría en un entorno de seguridad totalmente diferente.

La razón por la que la Alianza pasó de ser un proyecto temporal a uno permanente no es difícil de imaginar: porque la lógica de la cooperación de seguridad transatlántica es intemporal. Europa y Norteamérica necesitan abordar juntos los retos de seguridad, y esta necesidad sigue siendo hoy tan acuciante como hace sesenta años.

De ahí la necesidad de un marco institucional transatlántico que permita las consultas políticas, las decisiones conjuntas y la acción común. Y la OTAN es la única que puede aportar ese marco.

Al iniciar su séptima década de existencia la OTAN tiene que superar una serie de retos más difíciles y complejos que cualquiera de los que tuvo que afrontar anteriormente

Cuando los jefes de estado y de gobierno de la OTAN se reúnan en la Cumbre de su sexagésimo aniversario en Estrasburgo (Francia) y Kehl (Alemania) los días 3 y 4 de abril, estoy seguro de que resaltarán los logros históricos de la Alianza. De hecho, el mismo lugar en el que se celebra la Cumbre da fe del éxito de la OTAN a la hora de facilitar la reconciliación europea durante la posguerra.

Pero aunque los logros pasados puedan inspirar confianza para el futuro, eso no significa que eviten la necesidad de una nueva forma de pensar y nuevas políticas. Al iniciar su séptima década de existencia la OTAN tiene que superar una serie de retos más difíciles y complejos que cualquiera de los que tuvo que afrontar anteriormente. Así que esta Cumbre no debe limitarse a celebraciones y felicitaciones, pues representa una oportunidad clave para dar un gran paso adelante en la evolución de la Alianza.

Tres retos destacan por encima del resto.

El primero es Afganistán. Para conseguir culminar con éxito nuestro compromiso con ese país nuestros objetivos deben corresponderse con los medios que estamos dispuestos a desplegar. Espero sinceramente que todos los Aliados puedan aumentar su contribución. Hemos conseguido unos resultados excelentes en el adiestramiento y equipamiento del Ejército Nacional Afgano, y ahora tenemos que seguir avanzando a partir de esos progresos. La capacidad de la policía afgana para proporcionar seguridad y estabilidad resulta esencial para nuestras metas.

Hay otras muchas cosas que podemos hacer en el terreno civil, tanto nosotros como el conjunto de la comunidad internacional, para ayudar a los afganos a crear instituciones que luchen contra el crimen y la corrupción y se enfrenten al problema de las drogas. Lo que debemos evitar a toda costa es que cada país adopte un punto de vista limitado de su papel particular en una determinada área funcional o geográfica. Resulta esencial que todos mantengamos la visión del cuadro general, y prosigamos nuestra implicación en Afganistán como una empresa común transatlántica.

Y el cuadro general abarca mucho más que Afganistán: incluye toda la región, y en especial Pakistán, donde tenemos que profundizar nuestra implicación. Además, debemos conseguir que nuestras instituciones civiles y militares cooperen de una forma más estrecha y eficaz. Dicho de otro modo, tenemos que instrumentalizar un planteamiento realmente global, y no sólo en el caso de Afganistán sino también ante otros retos urgentes y transnacionales. La Declaración Conjunta OTAN-UN que firmamos el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon, y yo el pasado mes de septiembre debería de ayudarnos a avanzar en esa dirección.

El segundo gran reto reside en nuestras relaciones con Rusia. El conflicto de Georgia del pasado mes de agosto ha tenido muchas interpretaciones diferentes y provocado algunas dudas muy serias sobre el compromiso ruso respecto a unas relaciones positivas no sólo con sus vecinos, sino también con nuestra Alianza.

Está claro que no vamos a consentir que Rusia torpedee la ampliación de la OTAN, pues se trata de un proceso esencial para nuestro objetivo de consolidar Europa como un espacio de seguridad democrático y sin divisiones, y por lo tanto no puede ser negociable. Pero nuestras relaciones con Rusia son demasiado valiosas como para atascarse por diferencias sobre la ampliación, la defensa contra misiles o Kosovo.

Necesitamos una agenda en positivo, que se corresponda con la enorme importancia que tienen tanto Rusia como la OTAN para la seguridad europea y mundial. Afganistán representa un área clave en la que tenemos intereses comunes evidentes, y una gran oportunidad de conjugar dichos intereses trabajando juntos. Pero existen otras áreas, como la lucha contra el terrorismo y la piratería, o las actividades contra la proliferación de las armas de destrucción masiva. Dicho de otro modo, ha llegado ya la hora de dar un nuevo impulso a nuestras relaciones, y nuestra próxima cumbre de la OTAN representará una oportunidad excelente para que los Aliados subrayen su compromiso a este respecto.

El tercer reto consiste en enfrentarse a las nuevas amenazas. Hemos visto en los últimos tiempos que los ciberataques o la interrupción de suministro energético pueden devastar un país sin que se dispare un solo tiro. También hemos sido testigos del retorno de la piratería como reto de seguridad importante, además de las primeras implicaciones de seguridad del cambio climático, especialmente en el Polo Norte. Al mismo tiempo, el programa nuclear iraní resalta el reto apremiante que representa la proliferación de armas de destrucción masiva.

Tenemos que definir mejor el papel de la OTAN a la hora de enfrentarse a esos retos. Quizás la Alianza no tenga todas las respuestas, pero eso no puede servir de excusa para no actuar. Debemos hacer el mejor uso posible de la Alianza como foro para el diálogo político transatlántico, y como instrumento para transformar las decisiones políticas en acciones concretas. A fin de cuentas, las amenazas no esperan hasta que nos sintamos preparados para enfrentarnos a ellas.

Hará falta un nuevo Concepto Estratégico para reconciliar el propósito central aliancístico de la defensa colectiva con los numerosos requisitos de las operaciones fuera del área

La Cumbre de Estrasburgo-Kehl representa una oportunidad para demostrar que los Aliados pueden reunir la voluntad política, imaginación y solidaridad necesarias para afrontar los diversos retos. Pero la Cumbre debe conseguir aún más cosas. Con una nueva administración norteamericana y la perspectiva de que Francia asuma su papel completo en la estructura militar integrada de la Alianza, la Cumbre constituye el momento perfecto para iniciar una actualización de su Concepto Estratégico.

Ese nuevo Concepto Estratégico basado en la “Declaración sobre la seguridad de la Alianza” que se va acordar en la Cumbre habrá de reconciliar el propósito central aliancístico de la defensa colectiva con los numerosos requisitos de las operaciones fuera del área. Tendrá que resaltar el papel de la OTAN como comunidad sin parangón de valores e intereses comunes, y evitar la tentación de impulsar agendas regionales o nacionales a costa de nuestros propósitos y objetivos comunes. También deberá dejar clara la fuerte voluntad de la Alianza de comprometerse contando como socios con las Naciones Unidas, la UE y otros actores internacionales en un planteamiento global de los retos de seguridad de nuestro tiempo.

Esos retos son esencialmente diferentes de los que motivaron la creación de la OTAN hace sesenta años; pero mientras exista una relación transatlántica sólida, y mientras esta relación se base en cimientos institucionales tan robustos como la Alianza, seremos capaces de influir en los acontecimientos en vez de simplemente sufrirlos. La Cumbre del sexagésimo aniversario de la Alianza constituye una oportunidad perfecta para reafirmar esa lógica intemporal.

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