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Afganos y alianzas, profesionales y aficionados

Patrick Stephenson revisa Crimson Snow, un libro de Jules Stewart que presenta las lecciones que ofreció el "primer desastre británico en Afganistán", hace casi 200 años.

Hay un viejo axioma militar que dice: "Los aficionados hablan de estrategia, los profesionales hablan de logística". Se trata de una pulla no demasiado sutil contras los mandos civiles que, según los militares, tienden a concentrarse en la estrategia a costa de la logística.

Pero las sociedades democráticas tienen que trabajar necesariamente con líderes civiles que dirigen los ejércitos nacionales, así que la tensiones entre civiles y militares son ya una vieja estampa que se repite con frecuencia. Podemos encontrar un eco distante de este dilema en el instructivo libro de Jules Stewart, Crimson Snow, una nueva y dura versión de la Primera Guerra Afgana y la destrucción del ejército británico del Indo.

La causa original del desastre fue el temor de que una ampliación de la influencia rusa en Asia Central amenazara el Raj británico. Era un temor que no dejaba de estar justificado, pues los ejércitos zaristas habían llegado a las fronteras de Afganistán y proporcionaban asistencia militar al Sah de Persia, que mantenía ambiciones territoriales sobre la región.

En noviembre de 1838 un ejército persa con asesores rusos invadió Afganistán y sitió Herat. Se creía que si tomaban la ciudad el país entero caería en manos de los rusos, y el siguiente paso sería la aparición de un enorme ejército ruso en las orillas del Indo. El líder afgano Dost Muhammed, partidario nominal de los británicos, se vio atrapado entre los diferentes bandos, y su apoyo empezó a fluctuar.

El entonces Gobernador General de la India, el Conde de Auckland, se aprovechó de estas vacilaciones y del asedio de Herat para justificar el destronamiento de Dost Muhammed, al que reemplazó por el depuesto Amir Shah Shuja, un hombre más flexible. Así convertía a Afganistán en un estado títere de los británicos.

Si no existen enemigos, hay que inventarlos; si existen, hay que exagerar al máximo su peligrosidad.

El uno de octubre de 1838 Auckland explicó sus razones a favor de la guerra en el Manifiesto de Simla, un documento lleno de tergiversaciones y mentiras directas, diseñado para recabar apoyo en favor de la guerra. Se aseguraba que Dost Muhammed había aceptado aliarse con los rusos, cosa que nunca había hecho.

Es conveniente resaltar la afirmación de Auckland de que el asedio persa a Herat equivalía a la conquista rusa de Afganistán, y que por eso era necesaria una invasión británica. Este análisis convertía un problema distante y manejable en una amenaza inminente y existencial. Este tipo de razonamientos manipulados convirtieron el deseo declarado de defender Afganistán en la determinación de conquistarlo.

Los detractores del Manifiesto de Simla –muchos de ellos militares– fueron bastante numerosos. Sir Henry Marion Durand, un soldado de mal genio pero gran capacidad que a menudo discutía con sus superiores, escribió que “el temor exagerado al poder y las intrigas de Rusia… hicieron atribuir a Herat una importancia ficticia y totalmente desproporcionada… considerando su posición respecto a Kandahar y el Indo”.

Lord Salisbury señaló el problema fundamental: “Uno tiene que creer con absoluta seguridad que los rusos no existen, o creer que estarán en Kandahar el año próximo. La opinión pública no admite ninguna opción intermedia.”

Con esta declaración, Salisbury reconocía que las guerras democráticas exigen enemigos absolutos e implacables. Si no existen, hay que inventarlos; si existen, hay que exagerar al máximo su peligrosidad.

La poca calidad del trabajo de inteligencia, aceptado como el evangelio por los partidarios de la guerra que se hacían eco unos de otros, jugó también un papel determinante. Los “políticos” a menudo tenían una comprensión defectuosa de las alianzas tribales en las que se basaba la vida política afgana. Además, la geografía de la región estaba en contra de los británicos, en especial sus terrenos montañosos en los que las largas columnas de tropas se verían expuestas al fuego de francotiradores.

También se creía que el pueblo afgano aceptaría entusiasmado la restauración en el trono de Shah Shuja. La realidad fue mucho más dudosa. Tras tomar Kandahar, el enviado especial Sir William MacNaughten aseguró a Auckland que los afganos habían “recibido a los oficiales británicos como liberadores”. Aunque esto podía parecer cierto, subestimaba peligrosamente el resentimiento afgano hacia la fuerza ocupante.

Casi parecería que los partidarios de la guerra la concebían como un gigantesco juego de Risk

Profundizando más, había pocas pruebas, por no decir ninguna, de que Dost Muhammed llegara nunca a considerar una alianza con los rusos. Viendo las dificultades que tuvieron que afrontar los británicos, el que un gigantesco ejército ruso marchase simplemente a través de Afganistán hacia la India resultaba bastante difícil de creer.

Casi parecería que los partidarios de la guerra la concebían como un gigantesco juego de Risk: se mueven las piezas, y cuando los territorios se vuelven del color de un jugador se convierten en su propiedad. Se trata de una visión tremendamente idealizada, desconectada de conceptos básicos como líneas de suministro y actitud de los nativos. Es el punto de vista de un aficionado.

Se añadió además la mentira cuando el Ejército del Indo todavía se preparaba para avanzar hacia Afganistán y los persas levantaron el sitio de Herat y volvieron a casa. La justificación declarada de la guerra había desaparecido, pero los británicos avanzaron igualmente. Se habían movilizado demasiados hombres y demasiado dinero como para que ahora reinara la paz. La guerra se había convertido en su propia justificación.

Con todo esto, es sorprendente que los británicos conquistaran Kabul con relativa facilidad. El problema no residiría en la guerra, sino en la paz subsiguiente.

Un alzamiento de los nativos y una dirección incompetente harían que Kabul resultase pronto insostenible para los restos del ejército de ocupación del Indo. La consiguiente retirada desde Kabul a Jalalabad supuso la completa aniquilación del ejército, una fuerza de 5.000 soldados europeos e indios.

El Sr. Stewart va ejerciendo con competencia los papeles de estratega, táctico, historiador y agente funerario, equilibrando detalles sobre los combates con documentados debates políticos de la época. Se trata de comentarios políticos de primera clase, de los que se autocalifican con delicadeza como simple historia, mientras que esconden entre su prosa un elemento de reproche para desventuras más modernas.

El libro de Stewart nos recuerda ya demasiado tarde los peligros que pueden presentarse cuando los aficionados civiles no escuchan a sus generales, o cuando los generales no se atreven a ofender a sus superiores civiles. Parece como si estuviéramos decididos a no aprender ciertas lecciones.

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