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La opinion pública occidental tiene que apoyar a Afganistán –y pronto

Marco Vincenzino piensa que la opinión pública de los países miembros de la OTAN está perdiendo su interés en la guerra de Afganistán. Y mantiene que esa pérdida de interés –y apoyo– podría provocar que se perdiese la guerra.

En última instancia el futuro de Afganistán dependerá sobre todo en la capacidad de su gobierno para estar a la altura, o al menos crear la percepción de que lo está, de las elevadas expectativas de sus ciudadanos de a pie. Si no lo consiguiera, la posibilidad de que eso le hiciera perder irremisiblemente toda su legitimidad representaría una de las peores amenazas a largo plazo para la “victoria” final en ese país.

Aunque la comunidad internacional todavía podría mejorar su actuación en la mayoría de los sectores en los que interviene, lo más que se conseguiría con eso es ganar tiempo para Afganistán. Pero la opinión pública afgana necesita garantías de que el compromiso de la comunidad internacional será coherente, fiable y duradero. El recuerdo del abandono sufrido tras la retirada soviética y la subida al poder de los talibanes sigue todavía fresco en la mente de muchos afganos.

¿Hasta qué punto está comprometida la comunidad internacional con Afganistán? Aunque el grado de apoyo varía de un país a otro, la tendencia general no resulta demasiado alentadora para la mayor parte de los afganos.

Por una parte, conseguir que los países de la OTAN aporten financiación y suministros para Afganistán ha resultado un proceso similar a la extracción de una muela. Se han producido debates acalorados en los parlamentos, los medios de comunicación y la opinión pública de la mayoría de los miembros de la Alianza. Aunque la totalidad de los 40 países comprometidos con Afganistán aporta algún tipo de contribución, en conjunto los esfuerzos y recursos resultan todavía insuficientes. Y se precisa un mayor reparto de cargas en todos los frentes; por ejemplo, las tropas estadounidenses, británicas, canadienses y holandesas siguen llevándose la peor parte en los combates en el sur y el este de Afganistán.

La posibilidad de que los parlamentos de los países de la OTAN no renueven sus mandatos de aquí a pocos años constituye una amenaza real a la vista del continuo descenso en el apoyo de la opinión pública de la mayoría de los estados miembros. Y eso tiene mucho que ver con el fracaso de los dirigentes políticos a la hora de implicarse en un debate cara a cara con el público para explicar la magnitud e importancia de la misión. Este fracaso, o quizás sería más correcto decir esta falta de voluntad, se debe principalmente al temor de los políticos a sufrir un castigo en las urnas.

Hay que recordarle a mucha gente que el 11-S se gestó en gran parte en Afganistán, y que la zona sigue constituyendo una amenaza a nivel regional e internacional

En otras palabras, la principal amenaza para la existencia misma de la OTAN reside precisamente en su misión en Afganistán, que desgraciadamente sigue sin recibir la atención que requiere ni el debate crítico que merece dentro de los países miembros. Aunque en los últimos meses algunos de ellos han anunciado ciertos incrementos en sus aportaciones, se necesita una mayor implicación para garantizar el apoyo a largo plazo de la opinión pública y que de este modo la misión internacional en Afganistán sea sostenible y alcance sus objetivos.

En EEUU la situación afgana recibe una atención bastante limitada, pues la campaña presidencial sigue estando dominada por las cuestiones internas. Teniendo en cuenta el nivel de gasto provocado por la guerra de Iraq (los contribuyentes estadounidenses tienen que invertir relativamente poco dinero en Afganistán) y que los afganos son, en general, favorables a la presencia extranjera y están dispuestos a asumir sus responsabilidades en la línea de frente, este conflicto provoca mucha menos polémica que el iraquí.

Para los que no se interesan por la política exterior, Afganistán se ha convertido en la “guerra de ayer”; para los que tienen un cierto interés en ella ha pasado a ser la “otra guerra”, a la que se hacen referencias ocasionales durante la campaña para compararla con la de Iraq, y que sólo llega a los titulares cuando se produce algún atentado suicida o ataque talibán especialmente sangriento.

Los líderes de las dos orillas del Atlántico tienen la responsabilidad de iniciar un debate público más amplio sobre el conflicto de Afganistán, y para eso se requiere una discusión profunda y significativa, que vaya más allá de las citas ingeniosas y la retórica colorista.

En resumen, lo que está en juego afectará a la seguridad nacional, la estabilidad internacional y a las generaciones futuras de EEUU y sus aliados. Parece que haya que recordarle a mucha gente que el 11-S se gestó en gran parte en Afganistán, y que la zona sigue constituyendo una amenaza a nivel regional e internacional.

Los líderes políticos tienen la obligación de clarificar la duración y magnitud aproximadas de la operación, y se debe resaltar que la lucha en Afganistán, como en otras partes del mundo, exigirá al menos el compromiso y los recursos de toda una generación. La falta de apoyo en el frente doméstico estadounidense y europeo desanimaría tremendamente al pueblo afgano, que necesita que le convenzan con palabras y, sobre todo, con hechos de que va a haber un apoyo sostenible a largo plazo.

La idea es ganar tiempo a corto plazo para conseguir el objetivo a largo plazo: que los afganos vayan volviéndose más autosuficientes y asumiendo el control en todos los terrenos, y en especial en el campo de la seguridad. Después de tres décadas de guerra puede parecer una tarea abrumadora, pero la victoria no tiene nada de inalcanzable.

Información... y resultados

Para mantener el apoyo de la opinión pública los dirigentes políticos deben proporcionar informes de progreso de forma periódica, en vez de esporádicamente como ocurre ahora, sobre todo en lo relacionado con cuestiones no militares. A la gente le gusta ver que el dinero de sus impuestos está siendo bien empleado.

En EEUU esta tarea resulta aún más problemática a causa de las dificultades intrínsecas del sistema, y en especial la poca experiencia técnica en campos no militares dentro de su gobierno. También influye la corta duración que suelen tener los destinos de los expertos en misiones específicas en el extranjero, pues aunque se encuentre a un técnico cualificado para una tarea, a menudo su nombramiento dura tan sólo un año, lo que entorpece mucho el desarrollo de programas que gozan de buena financiación en sectores como la agricultura, la educación, la sanidad y el ordenamiento jurídico. Esta falta de competencia y continuidad ha obstaculizado seriamente la capacidad para informar sobre avances o dificultades en el desarrollo de los programas.

En el frente interno estadounidense ha ido apareciendo una creciente desconexión entre la opinión pública y los miembros de las fuerzas armadas, especialmente el ejército y los marines. Muchos militares tienen la sensación de que la mayoría de los ciudadanos se muestran completamente ajenos a sus problemas: los combates, los largos periodos de servicio y el efecto que tienen sobre su vida familiar.

Tras las elevadas expectativas que levantaron los planificadores de la guerra de Iraq, resulta comprensible que muchos norteamericanos se muestren desconfiados ante las intervenciones en ultramar.

Y aquí es donde un liderazgo político responsable puede desempeñar un papel esencial.

En primer lugar, puede explicar las graves consecuencias que tendría un fracaso en Afganistán, contribuyendo así a devolverle credibilidad a la misión.

En segundo lugar, puede reafirmar tanto el apoyo de la opinión pública doméstica a las fuerzas armadas como del pueblo afgano a los planes a largo plazo de EEUU y la OTAN.

Un fracaso en Afganistán perjudicaría seriamente la relación transatlántica y la estabilidad internacional, dado que la OTAN constituye una piedra angular de la seguridad mundial

Además, los líderes políticos deben subrayar que con un Pakistán bastante volátil al este y un Irán cada vez más seguro de sí mismo al oeste, EEUU y la OTAN no pueden permitirse una derrota en Afganistán.

Para EEUU un fracaso en Afganistán supondría dañar aún más su prestigio y credibilidad como superpotencia, y le dejaría más expuesto a unas amenazas internacionales cada vez peores.

Para la OTAN un fracaso en Afganistán podría significar el final de la alianza militar que más éxito ha obtenido en toda la historia tras su primer despliegue más allá de las inmediaciones de su territorio. Y también perjudicaría seriamente la relación transatlántica y la estabilidad internacional, dado que la OTAN constituye una piedra angular de la seguridad mundial.

Para el pueblo afgano un fracaso representaría otra oportunidad trágicamente perdida. Quedaría registrado en los libros de historia el hecho de que su resistencia y compromiso tras 30 años de conflicto no se vieron correspondidos por la comunidad internacional, que prometió mucho y dio poco.

En última instancia, un fracaso en Afganistán implicaría una derrota colectiva para todos, con unas consecuencias inquietantemente impredecibles e irracionales.

Esto evidencia la necesidad fundamental de una mayor eficiencia, una implicación a todos los niveles y un compromiso a largo plazo con Afganistán por parte de la comunidad internacional, y en especial por parte de EEUU y sus Aliados de la OTAN.

Aunque los debates sobre la ampliación de la OTAN son sin duda importantes, la estabilidad de Afganistán constituye un objetivo fundamental para la Alianza, que debería servir de elemento de cohesión entre sus miembros.

No hace falta recordarle a nadie el 11-S, pero ¿habrá que recordarles a algunos que se gestó en Afganistán?

Marco Vincenzino

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