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Elecciones en Afganistán: un posible punto de inflexión

Daoud Sultanzoy nos aporta sus impresiones, como miembro del parlamento afgano, sobre los riesgos que afrontará su país si no se logra conectar con el pueblo en las próximas elecciones

Si se examina la situación de Afganistán, su democracia y su futuro, resulta evidente que en los últimos siete años se han perdido un montón de oportunidades de mejora.

Y se han perdido, sobre todo, porque los dirigentes afganos no han sabido hacer su trabajo en todas y cada una de las tareas que implica el gobierno de un país; pero también porque la comunidad internacional no ha llegado a reconocer la necesidad de un planteamiento más transparente, disciplinado y coherente a la hora de afrontar los problemas de Afganistán.

Ahora la comunidad internacional tiene que volver a concentrarse en la realidad que se presenta ante nosotros: la expectativa de vida más corta del mundo y un triste panorama de pobreza, servicios sanitarios insuficientes y educación sin recursos, además de grandes carencias en otros muchos servicios públicos a pesar de las ayudas y donaciones, todavía insuficientes, que ha recibido el país.

Los jóvenes afganos, que representan el 85% de la población, están preocupados por sus problemas cotidianos, su trabajo y los aspectos más básicos de su existencia

Los afganos saben cuáles son los principales problemas que les aquejan: la corrupción, el despilfarro, la falta de coordinación, la indecisión y las dificultades que se derivan de un liderazgo fallido que ha entorpecido los esfuerzos de ayuda y reconstrucción. Y saben que las causas siguen siendo las mismas, sólo ha cambiado el énfasis a la hora de debatirlas. Y el futuro de Afganistán depende de su gente, que es consciente de que la implicación de la comunidad internacional constituye una cuestión de vida o muerte para su país.

Se ha discutido mucho sobre asuntos como el imperio de la ley, la gobernabilidad, la justicia y las drogas. Pero se han obviado otros aspectos claves a la hora de rescatar el país.

A la población afgana, especialmente a los más jóvenes (que representan un 85% del total), le inquietan otras cosas. Se preguntan qué va a ocurrir mañana con su vida cotidiana, su trabajo y los aspectos más básicos de su existencia. También se preocupan por el futuro político del país, por cómo podría afectar a su propia situación personal.

Y se hacen preguntas bastante básicas, como por ejemplo:

  • ¿Hasta qué punto es fiable una democracia cuya generación del futuro, que constituye la mayoría de la población, se ve sometida indefinidamente al gobierno de los antiguos guardianes de los tiempos oscuros?
  • ¿Qué implicaría la continuidad de esta situación para la democracia y la visión que de ella se tiene en Afganistán y el resto de la región?
  • ¿Quién está aportando una ayuda real y significativa a los verdaderos demócratas, cuando fuerzas de dudosas credenciales o abiertamente antidemocráticas cuentan con numerosos patrocinadores y se dedican a obstaculizar los esfuerzos en pro de la democracia?

Resulta esencial que nos demos cuenta de que las generaciones más jóvenes se encuentran ante una encrucijada. Ellos se limitan a mirar mientras que otros (que no les comprenden) toman todas las decisiones que les afectan, y por eso no se sienten partícipes del proceso político.

Y eso se debe tanto a su falta de integración en los programas sociales y políticos, como a la incapacidad de los gobernantes afganos para galvanizar y liderar al pueblo. Además, no se ocupan de las necesidades inmediatas de sus ciudadanos, provocando así la disociación entre pueblo y gobierno.

¿Y qué puede ocurrir si la democracia no funciona...?

Ahí radica el peligro: la desconexión con el pueblo está alejando a muchas personas y creando oportunidades para sembrar la desconfianza hacia una autoridad que declaró con tanta vehemencia que cumpliría sus promesas. Los ciudadanos se verán empujados hacia el extremismo y la criminalidad, y una vez que se desate esa dinámica cada vez resultará más difícil restaurar el control y el orden.

No se trata sólo de que estas cuestiones representen las principales preocupaciones de los más jóvenes, sino que deben abordarse de inmediato tanto por nuestros aliados como por nuestro gobierno.

Durante el próximo curso político afgano se debería prestar mucha más atención a todos estos asuntos. Se trata de una época política importante que puede aportar una mayor concienciación sobre la situación del país, y sobre el hecho de que su población necesita muchas más cosas que las que siempre mencionan la comunidad internacional y el gobierno afgano.

Encontrar las respuestas adecuadas para esas necesidades podría suponer un impulso esencial y un catalizador que permita que la gente pueda formar parte del proceso, en vez de seguir contemplándolo pasivamente.

No se puede forjar una nación si el pueblo no se siente dueño de sus destinos.

El pueblo no puede sentirse dueño de sus destinos si no siente que forma parte del proceso.

El proceso no tendrá éxito si carece de un liderazgo adecuado.

Ningún liderazgo puede dirigir si no tiene credibilidad.

No se debe subestimar la importancia de estas elecciones para el futuro de Afganistán

Teniendo en mente todos estos hechos, habremos de plantearnos:

  • Si existe el riesgo de que los no demócratas puedan secuestrar la nueva democracia afgana.
  • La necesidad de darles a los afganos un sentimiento de propiedad respecto a su democracia.
  • La necesidad de que el proceso democrático rinda cuentas ante los afganos.
  • La importancia de las próximas elecciones.
  • La necesidad de demostrar que puede realizarse una transferencia pacífica de poderes entre los líderes del país.

El quid de la cuestión consiste en la celebración de unas elecciones libres y justas. Para demostrar nuestra seriedad como grupo de países que prometió ayudar a Afganistán, debemos dotarnos de todos los elementos necesarios para cumplir nuestros compromisos.

Unas elecciones justas permitirían que el pueblo afgano pueda, por primera vez en su historia moderna, reemplazar pacíficamente en la dirección del país a un presidente por otro elegido democráticamente, lo que le daría a la gente ese sentimiento tan necesario de propiedad del proceso. Se trata de un factor de importancia inconmensurable a la hora de promover la democracia y la reconstrucción nacional.

También incrementarán la flexibilidad y paciencia de un pueblo que lleva mucho tiempo frustrado y agotado. Un liderazgo local del proceso permitirá que los nuevos dirigentes y sus socios internacionales aprendan de los errores del pasado y emprendan con fuerza renovada el proceso de reconstrucción y reforma.

Y volverán a inyectar interés y estímulo a los electorados de todos los países implicados en la ayuda a Afganistán; les demostrarán que los esfuerzos de los últimos seis o siete años no han sido en vano, y que el proceso está dando sus frutos.

He visto que el gobierno afgano ha empezado ya a intentar amañar las elecciones mediante diversas tácticas bajo las mismas narices de la comunidad internacional. Si se tolera ese abuso de poder, la gente interpretará que los aliados de Afganistán lo aprueban, lo que haría fracasar cualquier posibilidad futura de que el pueblo afgano se alinease con la comunidad internacional.

Y el que la comunidad internacional apoyase una administración que amaña las elecciones supondría un duro golpe tanto para la democracia como para su propia reputación.

Los deseos de los afganos no son diferentes de los que tienen los ciudadanos de otros países. La gente quiere un cambio significativo y duradero.

Si no somos capaces de reconocer estas aspiraciones tan necesarias, surgirá un país en el que la mayoría de la población se alineará con los enemigos de la democracia. La desilusión provocará que se extienda el extremismo y la criminalidad, y podemos acaba encontrándonos con una nación que ya no confiará en ningún sistema de gobierno.

Las consecuencias de un fracaso y una pérdida de credibilidad de la comunidad internacional no sólo afectarían a Afganistán, sino que se extenderían por la región, por todo el mundo islámico y por el resto del planeta.

Votar por un futuro mejor: las próximas elecciones constituyen una importante encrucijada para Afganistán

Contar en democracia: unas elecciones libres y justas serán la mejor publicidad para la nueva democracia afgana

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