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La vinculación entre energía y alimentos – y cómo afrontarla

Los altos precios son la causa original de la crisis alimentaria. Pero ¿a qué se debe que estén tan altos? David G. Victor, de la Universidad de Stanford y del Consejo de Relaciones Exteriores sostiene que no se pueden comprender totalmente las causas si no se analizan los cambios que se han producido en el mercado energético.

© Xavier Subias / Van Parys Media

En tan solo unos pocos años la economía mundial se ha visto inmersa en dos crisis relacionadas con las materias primas, con importantes repercusiones en el campo de la seguridad.

Primero fue el precio del petróleo, que ha alcanzado máximos históricos en una subida que se ha producido principalmente en los últimos dieciocho meses. Y después ha irrumpido en las portadas de la prensa una crisis de materias primas alimentarias que llevaba desarrollándose desde hace tiempo. Casi todos los productos básicos alimenticios han alcanzado precios desconocidos anteriormente. La escasez de alimentos, una rareza que la mayoría de los gobiernos consideraban extinguida con la “revolución verde”, está reapareciendo en un creciente número de países. Y a continuación han venido los disturbios, los enfrentamientos y la inestabilidad.

Para solucionar las causas últimas del problema los gobiernos tendrán que confiar en mayor medida en las fuerzas del mercado e invertir en diversos campos, como el de la energía, para reducir la demanda.

Hasta ahora los gobiernos han hecho muy poco para abordar las causas, y lo más probable es que sus actuaciones políticas tiendan a empeorar las cosas. En el campo de la alimentación algunos gobiernos que se ven sometidos a una enorme presión para actuar y suministrar alimentos a su población están imponiendo políticas de control de los precios e intercambios comercial es que posiblemente provoquen una mayor escasez. En cambio, con la energía el hecho más sorprendente resulta ser lo poco que han hecho los gobiernos –empezando por el de EEUU, el mayor consumidor energético del mundo– para animar a la población a reducir su consumo.

Para planificar actuaciones que hagan frente a estas dos crisis gemelas antes se debe analizar cómo nos hemos visto metidos en este lío. El alto precio del petróleo se debe a que no es una materia prima normal. Se utiliza en grandes cantidades en el transporte por su alta densidad energética, y porque al ser líquido resulta fácil de mover y almacenar. Los sistemas de transporte no tienen apenas margen de maniobra cuando sube el precio de los combustibles porque no existen sustitutos factibles. Así que la demanda ha seguido aumentando a pesar de que los precios del petróleo se disparaban. (Con el paso del tiempo los compradores verán que resulta más rentable ser conservacionistas y harán que la demanda descienda un poco. Por ejemplo, las líneas aéreas y los propietarios de automóviles irán comprando motores más eficientes que harán que se reduzca el consumo de combustible según se vaya extendiendo su uso.)

Resulta difícil establecer exactamente el efecto que tiene los precios del petróleo y los biocombustibles en el coste de los alimentos, aunque probablemente no sea fundamental

En el lado de la oferta, el petróleo resulta ser un producto bastante desfavorable porque la mayoría de sus reservas están controladas por compañías estatales que no reaccionan como las empresas normales: no aumentan automáticamente su producción cuando suben los precios. En ocasiones a estas empresas y a los gobiernos que las poseen les bastan los beneficios extras obtenidos gracias a los elevados precios. Apenas tienen incentivos para conseguir más dinero pues casi no pueden invertir y gastar el que ya tienen. Esa es, en parte, la razón de que Arabia Saudí y Qatar, junto con otros muchos países, hayan anunciado que demorarán o incluso cancelarán sus proyectos de ampliación de infraestructuras.

Otros países, como los que se ven castigados por la “maldición de los recursos”, se enfrentan al hecho paradójico de que su producción se reduce cuanto más dinero se ingresa. ¿Por qué? Porque son los políticos los que se quedan con el dinero, perjudicando así un entorno empresarial que resulta imprescindible para las inversiones a largo plazo. Así ocurre en Rusia y Venezuela, donde la producción está descendiendo a pesar de que los dos países tienen abundantes recursos.

Esa es la razón de que los precios actuales sean tan elevados: el coste adicional del petróleo afecta poco a la demanda, mientras que llega a reducir la oferta de algunos países. Desde el punto de vista global la curva de la demanda y la de la oferta tienen pendientes casi verticales, así que pequeñas variaciones de cualquiera de las dos provocan grandes cambios en los precios. (El dinero privado tiende a amplificar esas tendencias generales, entre otras razones porque el petróleo y los productos alimenticios son ahora buenos objetivos de inversión, y ante los escasos beneficios que aportan otros mercados y la perspectiva de unos precios en alza, el dinero acude en masa provocando nuevas subidas).

Resulta más difícil explicar por qué han subido tanto los precios de los alimentos. Muchos expertos han señalado los elevados precios de los productos energéticos como la causa principal, pues algunos cultivos alimentarios se han visto desviados hacia la producción de biocombustibles, como el azúcar y el maíz para la fabricación de etanol (que se mezcla con la gasolina) y la soja para el biodiesel. El efecto sobre los precios de los alimentos se debería tanto al hecho de que se dedican los cereales a la producción de biocombustibles como a que además se van creando incentivos para ir abandonando el cultivo de alimentos a favor de cultivos especializados más rentables, como los de los productos energéticos.

David G. Victor

Aunque se trate de una teoría popular porque le echa toda la culpa a un único malvado –el mercado energético– resulta difícil establecer exactamente el efecto que tienen los precios del petróleo y los biocombustibles en el coste de los alimentos, aunque probablemente no sea fundamental. Aunque los detalles varían para cada tipo de cultivo, los estudios más serios sugieren que el porcentaje de subida de precios alimentarios debida a las inversiones en biocombustibles quizás esté entre el 10 y el 30 por ciento.

El efecto que tiene en los precios de los alimentos no es de todos modos la razón principal para replantearse la inversión en biocombustibles. Algunos de los más populares, como el etanol convencional obtenido del maíz, y el biodiesel procedente de la colza, resultan ser un método muy costoso de reducir nuestra dependencia del petróleo, además de que no contribuyen a reducir el calentamiento global y tienen un fuerte impacto ambiental.

La vinculación entre las crisis energética y alimentaria no se debe a los biocombustibles, sino al hecho de que las demandas de combustibles y alimentos aumenten en paralelo, especialmente a causa del crecimiento de las grandes economías asiáticas, China e India. La oferta también se ve limitada y frenada por fuerzas paralelas. Los mismos factores extraordinarios que han frenado la oferta están ahora provocando que unos mercados tan tensionados como los de los alimentos y combustibles se hallen sumidos en la confusión. Por ejemplo, las sequías en Australia han reducido seriamente la producción de ciertos tipos de cosechas, y la falta de ingenieros cualificados y maquinaria de perforación ha dificultado que los productores de petróleo reaccionasen ante la demanda creciente con la planificación y puesta en marcha de nuevas instalaciones petrolíferas.

En teoría las dos crisis gemelas (alimentaria y energética) ofrecen una buena oportunidad para las reformas …. pero en la práctica ningún gobierno ha aprovechado esta oportunidad para emprender reformas en profundidad

Algunos de esos factores “extraordinarios” pueden llegar a convertirse en habituales. En las próximas décadas el cambio climático puede afectar seriamente a la producción alimentaria con sacudidas cada vez mayores (al menos hasta que se consiga que la producción agrícola y ganadera aumente su productividad), y la presión a la que está sometido el mercado de diseño y fabricación de equipos pesados parece que se va a mantener en un futuro previsible.

© AP / Reporters

En teoría las dos crisis gemelas (alimentaria y energética) ofrecen una buena oportunidad para las reformas. Los elevados precios de los productos alimenticios suponen un aumento de los ingresos de los campesinos y ganaderos, que a menudo constituyen la principal fuerza de oposición a los cambios que necesita la política agrícola. Pero en la práctica ningún gobierno ha aprovechado esta oportunidad para emprender reformas en profundidad.

Por ejemplo, Estados Unidos está confirmando su política agrícola de subvenciones a los campesinos, a pesar de que en la última generación probablemente este sea el momento en que menos necesidad tienen de este moderno maná. Tampoco en Europa y Japón se han producido cambios apreciables en los programas de subsidios que tanto distorsionan la producción agrícola.

En ocasiones los gobiernos llegan a actuar de tal modo que incluso empeoran la situación de los agricultores. Por ejemplo, India ha prohibido las exportaciones de arroz, lo que provocará que bajen los precios que se pagan a los cultivadores y por lo tanto que haya menos incentivos para incrementar la producción. La única forma de garantizar realmente la seguridad alimentaria consiste en permitir que los productores y consumidores interaccionen dentro de un mercado mundial que ofrezca el mayor número posible de fuentes de suministro.

En el campo energético los precios elevados suponen un poderoso incentivo para las tesis conservacionistas, pero la política de muchos gobiernos está obstaculizando la actuación de las fuerzas del mercado. Muchos de los países más ricos en petróleo están estableciendo precios para el crudo que están muy por debajo de la media mundial, tal y como ocurre con Irán y la mayor parte de los países del Golfo Pérsico. (Eso mismo, combinado con un aumento del nivel de vida, explica por qué los países con mayor producción petrolífera se encuentran en el grupo de las naciones con un mayor crecimiento de la demanda energética interior). China impone ciertas regulaciones sobre los precios petrolíferos y ejerce un fuerte control sobre los de la electricidad, lo que constituye una de las causas de los fallos de suministro eléctrico que se produjeron a principios de este año. Los productores de energía eléctrica tienen que hacer frente a un aumento de los precios del carbón, pero no pueden trasladar el aumento de coste a los consumidores; ante esta disyuntiva se ven obligados a reducir sus reservas de carbón, lo que les hace ser más vulnerables a los problemas de suministro, como ocurrió cuando las tormentas de nieve causaron estragos en el sistema ferroviario chino.

Para solucionar estos problemas hay que dirigirse a sus causas últimas, y la dura realidad en lo relativo a los alimentos y la energía es que es muy poco lo que los gobiernos occidentales pueden hacer, en parte a causa de la globalización.

La dura realidad en lo relativo a los alimentos y la energía es que es muy poco lo que los gobiernos occidentales pueden hacer, en parte a causa de la globalización

En el campo de los alimentos sus políticas afectan tanto a la oferta como a la demanda, pero en el entorno de un mercado globalizado ningún gobierno puede tener un efecto decisivo actuando en solitario. Pueden tener una cierta influencia sobre la demanda de alimentos, pero lo que de verdad puede tener efecto a nivel mundial es el aumento de la oferta mediante el incremento de la producción y rendimiento agrícolas.

En cambio, con el petróleo está claro que los gobiernos apenas tienen influencia sobre la oferta, mientras que como grandes consumidores pueden influir en gran medida sobre la demanda. Pero modificar la demanda implica cambiar la forma en la que la economía nacional utiliza la energía, y eso depende de la innovación y la aplicación de nuevas tecnologías.

Una herramienta esencial para aumentar la oferta de alimentos y moderar la demanda energética consiste en el cambio tecnológico. Pero una política energética inteligente constituye para los gobiernos una de las áreas más difíciles para aplicar sus esfuerzos.

La tecnología requiere invertir con paciencia y a largo plazo; sus resultados son inciertos y las mejores inversiones son las que se realizan en actividades que cuenten con gestores inteligentes conscientes de las realidades del mercado, y en este terreno a los burócratas gubernamentales les resulta especialmente difícil alcanzar el éxito. Los políticos que se ven inmersos en crisis como la actual de precios elevados de alimentos y combustibles prefieren recurrir a soluciones simbólicas e inmediatas con resultados seguros. Por eso están a favor de medidas como el control de los precios, las concesiones a grupos con influencia política (por ejemplo, los productores de biocombustibles) y las restricciones a la libertad de comercio.

Resulta preocupante que las inversiones que se realizan en tecnología van muy por detrás de las auténticas necesidades para solucionar los problemas fundamentales. Incluso algunos gobiernos occidentales intentan reducir las inversiones públicas en los institutos internacionales de investigación agropecuaria que iniciaron la “revolución verde” y que están ahora mejor situados para volver a tener éxito en las próximas décadas si reciben los recursos que necesitan. La investigación en las nuevas formas de energía parece que está ya remontando la larga etapa de declive que ha sufrido desde primeros de la década de los 80, aunque todavía le falta mucho para alcanzar los niveles adecuados.

Las inversiones del sector privado resultan alentadoras en unos pocos campos como los nuevos biocombustibles y baterías eléctricas que permitirán con el tiempo reemplazar al petróleo como fuente de energía para el transporte.

Pero en aquellos campos en los que las inversiones gubernamentales son más necesarias, como en las plantas de carbón modernas con bajas emisiones que resultan imprescindibles para evitar las emisiones de dióxido de carbono, el principal causante del calentamiento global, lo verdaderamente invertido resulta ser mínimo. A nivel mundial las inversiones gubernamentales apenas apoyan a un pequeño número de centrales de carbón no contaminantes, mientras que harían falta varias docenas en los próximos años para poder probar un conjunto lo más amplio posible de tecnologías.

Las crisis actuales de la alimentación y los combustibles están provocadas en última instancia por los humanos. Son la consecuencia de una demanda creciente y una oferta limitada, y su solución depende del ingenio humano. Y para eso hará falta una mejor organización de los gobiernos, en especial en lo referente a las nuevas tecnologías.

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