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La Revista de la OTAN se publica en español unas dos semanas después que en inglés a causa de la traducción.
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Alimentos y seguridad
La galería fotográfica de este mes analiza los problemas que ha producido la crisis alimentaria, las zonas que se han visto afectadas, el papel desempeñado por el agua y los combustibles, y las posibles cuestiones de seguridad futuras relacionadas con los alimentos.
Un importante experto internacional en el tema de la alimentación expone cómo pueden reaccionar las organizaciones internacionales frente a la crisis alimentaria, tanto a corto como a largo plazo, y describe los retos y oportunidades que se presentan.
¿Qué relación existe entre el precio de los alimentos y el agravamiento de los conflictos y la inestabilidad política? La Revista de la OTAN proporciona una guía rápida para obtener algunas respuestas.
¿Cómo afecta la crisis alimentaria a las operaciones de la OTAN? A través de una exposición previa que nos pone en antecedentes y una entrevista con la UNAMA, obtendremos una visión cercana de la trágica situación en Afganistán.
David Victor, del Consejo de Relaciones Exteriores, explica por qué se producen las crisis energéticas, la relación que tienen con las cuestiones alimentarias, y cómo deben actuar los gobiernos.
Los profesores Alpas y Ciracoglu, que participan en un estudio piloto del programa SPS de la OTAN, debaten sobre la alimentación como problema de seguridad, lo que están haciendo los proyectos de la Alianza al respecto, y sus predicciones para el futuro.

En Occidente la mayoría de la gente contempla la reciente crisis alimentaria como un problema preocupante pero lejano. No parece que vaya a cruzar nuestras cómodas fronteras, excepto por algún gesto de extrañeza cuando vemos el coste de la cesta de la compra semanal. Pero esta complacencia es un error por tres motivos:

En primer lugar, los miembros de las generaciones más ancianas todavía recordarán la época en que la escasez de alimentos representó un problema para Occidente. Durante la gran depresión de los años treinta surgieron en la mayoría de las grandes ciudades norteamericanas, desde Nueva York a Seattle, poblados chabolistas apodados hoovervillas (por el entonces presidente, Herbert Hoover), habitados por pobres sin dinero ni apenas comida. El siguiente presidente, que tuvo que enfrentarse a ese problema, era consciente de que la escasez de comida suponía un peligro para la seguridad. “La gente hambrienta y sin trabajo representa la materia prima de la que surgen las dictaduras”, declaró Franklin D. Roosevelt.

En segundo lugar, aunque hoy en día no existan hoovervillas en Occidente sí que se está produciendo un rápido incremento del número de pobres urbanos. Se trata de la gente más afectada por la subida de los precios de los alimentos, y por lo que se ha denominado el “hambre oculta”. Pueden contemplar la comida en los escaparates, con unos precios que están fuera de su alcance. Y toda esa gente, que puede llegar a incluir a decenas o incluso centenares de millones de personas, acabará reaccionando más bien antes que después.

En tercer y último lugar, existe una amenaza más indirecta. Fijémonos en Afganistán, uno de los países más pobres del mundo, que ya necesitó ayuda alimentaria adicional hace seis meses y en el que existe una insurgencia muy bien situada para aprovechar el descontento que provoque la escasez de comida. Diversas fuentes ubicadas en Afganistán han advertido sobre la posibilidad de que los jóvenes desafectos se vuelvan hacia opciones más radicales. Y eso perjudicaría doblemente a Occidente: a nuestros soldados a corto plazo, y a nuestra propia seguridad a medio y largo plazo.

La alimentación no es solamente una cuestión humanitaria que merece nuestra simpatía, sino también un problema de seguridad que requiere nuestras actuaciones.

Paul King