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La hora de una estrategia antiterrorista

En este momento la OTAN aporta una gran contribución a la lucha antiterrorista, así que ¿por qué necesita una estrategia para esta lucha? ¿Supondría en realidad una mejoría apreciable? Seda Gurkan piensa que posiblemente sí.

© Reporters

Un ojo en el cielo: un avión AWACS regresa a la base tras haber proporcionado seguridad y vigilancia antiterrorista durante los juegos olímpicos

Nadie se atrevería a afirmar que la OTAN desconoce la amenaza terrorista. Sus jefes de estado afirmaron en noviembre de 2006 que “el terrorismo… junto a la proliferación de armas de destrucción masiva, constituirán probablemente las principales amenazas contra la Alianza en los próximos 10 ó 15 años.”

La OTAN ha publicado una resolución clara, aunque bastante genérica, sobre el terrorismo, declarando que su función consiste en “proteger a las poblaciones, territorios, infraestructuras y fuerzas de los países Aliados, y luchar conjuntamente contra el terrorismo tanto tiempo como sea necesario y de todas las formas posibles”.

Los ataques contra EEUU del 11 de septiembre de 2001 provocaron que la lucha antiterrorista pasase a encabezar la agenda de la Alianza. Dado que los Aliados han mostrado, tanto de forma individual como colectivamente dentro de la organización, su firme determinación de desempeñar un papel en la lucha contra el terrorismo, la OTAN ha conseguido realizar en muy poco tiempo progresos significativos en la adaptación de todos los aspectos de sus trabajos para poder hacer frente a esta amenaza.

Sin embargo, a la Alianza le falta una estrategia que coordine sus capacidades antiterroristas con unos objetivos suficientemente detallados. La OTAN tiene los instrumentos y las metas a alcanzar, pero le faltan una misión y un propósito; dicho de otro modo, le falta una estrategia para la lucha antiterrorista.

El terrorismo transnacional requiere una respuesta internacional, polifacética y global, así como el uso coordinado de medios políticos, económicos, diplomáticos, legales, sociales y, en caso necesario, militares. Los medios a disposición de la OTAN la convierten, sin ninguna duda, en una de las organizaciones internacionales mejor equipadas para hacer frente a la amenaza que representa el terrorismo transnacional.

¿Qué puede ofrecer la OTAN?

En primer lugar, el principal potencial de la Alianza en la lucha antiterrorista reside en el Artículo 5, que establece que un ataque armado contra uno o más Aliados será considerado como un ataque contra todos ellos. Inmediatamente después de producirse los ataques terroristas contra EEUU del 11 de septiembre de 2001, el Consejo del Atlántico Norte llegó a la conclusión de que este compromiso “sigue siendo igual de válido y esencial hoy en día, en un mundo amenazado por el terrorismo internacional”. El Consejo decidió que si se llegaba a determinar que los ataques terroristas contra Estados Unidos habían sido dirigidos desde el exterior, estos entrarían dentro del ámbito de aplicación del Artículo 5.

En segundo lugar, la Alianza aporta un foro permanente para las consultas políticas, tanto entre los Aliados como con los Socios y otras organizaciones internacionales. Estas consultas permiten presentar un frente unido contra el terrorismo internacional, al poder compartir información e inteligencia, y colaborar cuando sea preciso.

En tercer lugar, la OTAN es capaz de emprender toda una gama de operaciones militares multinacionales de envergadura, incluidas las relativas a la lucha antiterrorista, gracias a su estructura militar integrada, su capacidad de planeamiento operativo y la posibilidad que tiene de recurrir a un amplio conjunto de equipos y capacidades militares de Norteamérica y Europa. La Alianza sigue aprovechando las experiencias y lecciones aprendidas durante sus actuales intervenciones, relacionadas directa o indirectamente con la lucha antiterrorista, como la operación Active Endeavour en el Mediterráneo, las operaciones en Afganistán y la misión de adiestramiento en Iraq.

La OTAN tiene los instrumentos y las metas a alcanzar, pero le faltan una misión y un propósito; dicho de otro modo, le falta una estrategia para la lucha antiterrorista

En cuarto lugar, la Alianza es capaz de ir adaptando permanentemente sus capacidades militares ante las nuevas amenazas y riesgos. Se pueden citar como ejemplos la creación de la Fuerza de Respuesta de la OTAN y la modernización de su estructura de mando. Y también intenta conseguir capacidades específicas mediante sus mecanismos de planificación de la defensa y el desarrollo de nuevas tecnologías. Por ejemplo, uno de los proyectos del programa Ciencia para la Paz busca nuevas formas de detectar pequeñas cantidades de ántrax y materiales radiactivos que podrían utilizarse para fabricar “bombas sucias”.

Por último, los Aliados y sus Socios trabajan conjuntamente buscando el mejor modo de hacer frente a las consecuencias provocadas por ataques terroristas que utilizasen armas de destrucción masiva. También se concentran en cómo proteger a la población civil, las infraestructuras y las fuerzas de la OTAN desplegadas sobre el terreno, frente a los posibles efectos de ataques terroristas que podrían emplear agentes químicos, biológicos y radiológicos.

Así que en este momento la OTAN está aportando una importante contribución a la lucha antiterrorista, que se ha visto potenciada por el impulso y la dirección política recibida en las Cumbres de Praga (2002), Estambul (2004), Riga (2006) y Bucarest (2008). Sin embargo, a pesar de que han transcurrido ya siete años desde los sucesos del 11 de septiembre, que pusieron a la lucha antiterrorista en las primeras posiciones de la agenda de la Alianza, la organización sigue adoleciendo de una visión clara de futuro que le guíe en la planificación a largo plazo, que se basaría en sus capacidades y recursos relacionados con la lucha antiterrorista, y vendría definida por sus valores fundamentales y las prioridades de seguridad de sus poblaciones. Sin esta visión a largo plazo la OTAN corre el riesgo de ver cómo su contribución a esta lucha resulta menos fuerte y eficaz de lo que sería posible –y deseable.

¿Qué aportaría una nueva estrategia a la lucha de la OTAN contra el terrorismo?

© Reporters

Un trabajo sucio: un simulacro de respuesta ante la explosión de una bomba sucia, realizado en Roma

En sus Conceptos Estratégicos de 1991 y 1999 la Alianza identificó al terrorismo como uno de los riesgos que afectaban a la seguridad de sus miembros.

Más adelante, en 2002, los Aliados aprobaron un Concepto de defensa antiterrorista que establece cuatro categorías de posible actuación militar por parte de la OTAN:

  • medidas defensivas antiterroristas;
  • gestión de las consecuencias del terrorismo;
  • actuaciones ofensivas antiterroristas;
  • y cooperación militar con fuerzas no militares.

El Concepto establece que la Alianza debe estar lista para desplegar sus fuerzas para disuadir, desarticular, prevenir y defenderse frente a ataques terroristas, allá donde resulte necesario, sin ningún tipo de limitación geográfica. También prevé que las fuerzas de la OTAN estén dispuestas a ayudar a las autoridades nacionales, a petición de estas últimas, a hacer frente a las consecuencias de los ataques terroristas.

El Concepto Militar de la OTAN fue redactado a raíz de los ataques del 11 de septiembre, pero la amenaza terrorista ha evolucionado considerablemente desde entonces en todo lo relativo a las tácticas, medios y organizaciones de las redes terroristas. Aunque la OTAN siga manteniendo la “lucha antiterrorista” entre sus prioridades y siga adaptando de forma progresiva sus medios y capacidades, los Aliados no han actualizado el Concepto Militar, ni han considerado necesario aprobar una “Estrategia de la OTAN para la lucha antiterrorista” a nivel político, basada en el desarrollo de los acontecimientos.

El proceso de adaptación permanente de la OTAN, para combatir la amenaza que representa el terrorismo hasta su eliminación final, se vería favorecido por una clara visión a largo plazo de contra qué y contra quién estamos combatiendo, y qué estrategia pretendemos seguir realmente.

Esa estrategia serviría como mínimo para cuatro propósitos principales:

  • definir la naturaleza de las amenazas terroristas más probables contra la Alianza y sus miembros a medio y largo plazo;
  • determinar las actuaciones a realizar para eliminar o al menos reducir esos riesgos;
  • evaluar la eficacia de los medios actualmente a su disposición para afrontar esos riesgos y, en caso necesario, guiar a la Alianza en el desarrollo de nuevas capacidades adicionales a medio y largo plazo;
  • y, por último, clarificar el papel de la OTAN respecto a otras organizaciones internacionales que se enfrentan al terrorismo
  • .

La estrategia de la OTAN para la lucha antiterrorista debería definir claramente la naturaleza de la amenaza terrorista actual a la que deben enfrentarse tanto la organización como sus miembros. Debería establecerse un consenso político al más alto nivel sobre cuál es el tipo más probable de amenaza terrorista que pueden sufrir sus países miembros en los próximos 10 ó 15 años. Y eso implica responder a preguntas bastante difíciles, como:

  • ¿Cuáles son las causas últimas del terrorismo?
  • La principal amenaza terrorista, ¿proviene de la ideología extremista islámica antioccidental y antilaica que se encarna en un terrorismo interno, o del separatismo militante?
  • ¿Qué clase de medios y métodos asimétricos utilizarán probablemente los terroristas en el futuro?
  • ¿Hasta qué punto son probables los ataques realizados con equipos radiológicos, armas de destrucción masiva o terroristas suicidas, y cuáles son sus posibles consecuencias?

No se puede combatir la amenaza que representa el terrorismo hasta su eliminación final sin una clara visión a largo plazo de contra qué y contra quién estamos combatiendo, y qué estrategia pretendemos seguir

¿Qué diferencia habría?

Basándose en la evaluación de riesgos esta estrategia proporcionaría la oportunidad de definir un programa para afrontar y eliminar ese tipo de riesgos, que debería centrarse en los diferentes tipos de actuaciones –tanto políticas como económicas, diplomáticas y militares– que la Alianza tendría que estar preparada para realizar a fin de disuadir, defender, desarticular y proteger frente a ataques terroristas o la posibilidad de dichos ataques.

Al definir las actuaciones a realizar se lograría además aumentar la visibilidad de las actividades antiterroristas de la OTAN y se les dotaría de una mayor coherencia. Por ejemplo, resulta fácil relacionar el objetivo de la Alianza de derrotar a Al Qaeda en Afganistán con la seguridad de los ciudadanos de sus países miembros; y facilitaría la tarea de mantener el apoyo de la opinión pública a la implicación permanente de la Alianza en ese país.

Además, una estrategia de este tipo le daría a la Alianza una visión global de las capacidades necesarias para afrontar los riesgos y le ayudaría a asignar prioridades a la hora de desarrollar nuevas capacidades para alcanzar sus metas dentro de los límites que marca la escasez de recursos. Dependiendo del modo en el que evolucione la amenaza terrorista podría resultar necesario desarrollar, por ejemplo, más medios civiles, dar prioridad a los programas científicos y tecnológicos de la Alianza, acelerar la implementación de la ciber-defensa de la organización, o potenciar el valor añadido de la función de la OTAN en la seguridad energética, en campos como la protección de infraestructuras energéticas esenciales.

Por muy atractiva que resulte una estrategia, de vez en cuando hay que examinar sus resultados

Por último, una mayor claridad en todo lo relativo al papel a desempeñar por la OTAN en la lucha contra el terrorismo, sus medios disponibles y sus limitaciones, puede ayudar a clarificar también su contribución respecto a las restantes organizaciones internacionales. Existe un acuerdo general dentro de la Alianza en el sentido de que la organización es solamente una parte de la solución, y los polifacéticos retos de seguridad actuales solamente pueden afrontarse mediante planteamientos globales, compartiendo las cargas y responsabilidades y coordinando los esfuerzos de la comunidad internacional. Por el contrario, una función ambigua y una carencia de visión global sólo pueden provocar confusión sobre “quién está haciendo qué” y complicar el reparto de tareas dentro de la comunidad internacional.

¿Y ahora qué?

En un futuro previsible el terrorismo seguirá siendo el principal problema de seguridad para la comunidad transatlántica. Así que ahora es el momento de plantear una estrategia realista para hacer frente a las cambiantes amenazas terroristas mediante una asignación clara de los recursos escasos y una definición de las áreas de actuación.

Tal y como nos recuerda Winston Churchill, “por muy atractiva que resulte una estrategia, de vez en cuando hay que examinar sus resultados”. El primer paso consiste en definir la estrategia para combatir el terrorismo, pero el compromiso firme de todos los Aliados en su implementación constituirá el factor decisivo para la consecución del resultado final: el éxito de la OTAN en la lucha antiterrorista.

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