IDIOMA
La Revista de la OTAN se publica en español unas dos semanas después que en inglés a causa de la traducción.
ACERCA DE LA REVISTA DE LA OTAN
POLÍTICA SOBRE COLABORACIONES
INFORMACIÓN SOBRE COPYRIGHT
EQUIPO EDITORIAL
 RSS
ENVIAR ESTE ARTÍCULO A UN AMIGO
SUBSCRÍBASE A LA REVISTA DE LA OTAN
  

Historias del pasado, lecciones para el futuro

Petr Lunak comenta el último libro de Lawrence Kaplan, en el que se analiza cómo y por qué el Pacto de Varsovia y la OTAN siguieron destinos tan diferentes.

¿Por qué la OTAN no acompañó al Pacto de Varsovia hasta el cementerio de la historia tras el final de la guerra fría?

Cualquier respuesta tiene que empezar desmontando el viejo mito de que tanto la OTAN como su adversario oriental venían a ser la imagen reflejada del otro.

En 1955 el líder soviético Nikita Khrushchev impuso a la Europa Oriental el Pacto de Varsovia como una supuesta reacción a la incorporación de Alemania Occidental a la OTAN. Pero la información que aportan los archivos recientemente publicados demuestra que el verdadero objetivo de la creación del Pacto de Varsovia era la OTAN. Moscú pensaba que podría intercambiar la OTAN –que ya entonces era una organización de seguridad plenamente operativa– por el Pacto de Varsovia, que no fue más que un cascarón vacío hasta finales de los años sesenta.

Cuando los países de Europa Oriental abandonaron por fin el sistema instaurado por Lenin y el bloque creado por Stalin, gozaron también de su primera oportunidad de deshacerse de la alianza fundada por Khrushchev. Muchos agoreros predijeron el mismo destino para una OTAN privada de su enemigo. El que la Alianza desapareciera sin que nadie derramase una lágrima hubiera sido el resultado lógico si su existencia se hubiese debido a una imposición estadounidense sobre los europeos occidentales, obligados a aceptarla ante la amenaza política y militar que representaba el bloque soviético. Pero la OTAN nunca había sido eso.

Tal y como explica Lawrence Kaplan en su último libro “NATO 1948: The Birth of the Transatlantic Alliance”, la idea de una alianza vinculante con cualquier país europeo constituía una especie de anatema para Estados Unidos desde principios del siglo XIX. La actitud norteamericana frente a Europa Occidental, tal y como se reflejaba en el Plan Marshall, venía a ser que antes que nada Europa Occidental tenía que demostrar que podía hablar con una sola voz y actuar al unísono. Norteamérica podía colaborar –pero sin que fuera imprescindible participar– con los planes europeos encaminados a conseguir que Europa se sostuviera por sí sola. Contra este telón de fondo, la iniciativa de establecer un acuerdo de seguridad transatlántica tenía que surgir antes que nada de la propia Europa.

“Joseph Stalin consiguió justo lo contrario de lo que esperaba –un antiguo Secretario General de la OTAN, el belga Paul-Henri Spaak, ironizó en cierta ocasión respecto a que la Alianza debería de erigir una estatua a Stalin.”

Tal y como demuestra ampliamente Kaplan, hay que otorgarle al entonces Secretario de Estado para Asuntos Exteriores del Reino Unido, Ernest Bevin, el mérito de haber llegado a entender perfectamente las sensibilidades y limitaciones estadounidenses. Tras la fracasada reunión de ministros de asuntos exteriores con los soviéticos en Berlín, en diciembre de 1947, Bevin utilizó sus habilidades para conseguir que a Estados Unidos le resultara no solamente factible, sino también inevitable, implicarse en los mecanismos de seguridad europeos. Con una cierta ambigüedad, y puede incluso que con algo de falta de seguridad sobre el rumbo definitivo a adoptar, Bevin comenzó a referirse a lo deseable que sería una “unión espiritual occidental” construida alrededor de Francia y Reino Unido –una unión que mantendría vínculos de seguridad con Estados Unidos y Canadá.

Las perspectivas no eran buenas: a pesar de ciertas excepciones, como John Foster Dulles, el Senado con mayoría republicana se inclinaba hacia posturas aislacionistas. El Secretario de Estado, George C. Marshall, no se mostraba muy entusiasmado. Y a pesar de que en el Departamento de Estado un cierto número de funcionarios de los niveles intermedios parecían sentirse atraídos por la idea de una alianza transatlántica, sus dos gurús intelectuales, Charles Bohlen y George Kennan, se mostraban contrarios a ella. Ambos mantenían que las aspiraciones británicas implicarían militarizar innecesariamente la guerra fría, cuando el reto que afrontaba Occidente era más político que militar. El Ministro de Asuntos Exteriores de Francia y antiguo héroe de la Resistencia, Georges Bidault, apoyaba los esfuerzos de Bevin, pero tenía que enfrentarse a su vez a las acusaciones provenientes de la izquierda comunista y la derecha gaullista de estar centrándose en la amenaza soviética en vez de en el interés primordial de Francia: asegurarse de que Alemania no volviese a representar jamás una amenaza.

Al final los acontecimientos posteriores que se produjeron en Europa Oriental y la habilidad y audacia política del Presidente Truman conseguirían que Estados Unidos diera el paso definitivo.

Una voluntad colectiva para una defensa colectiva

Los europeos occidentales mostraron su voluntad de defenderse de forma conjunta mediante la firma del Tratado de Bruselas sobre defensa colectiva, en marzo de 1948, en parte como respuesta ante la toma del poder por los comunistas en Checoslovaquia y el suicidio del Ministro de Asuntos Exteriores de ese país, Jan Masaryk. Truman respondió manifestando su apoyo a estos esfuerzos europeos.

En realidad, Londres había concebido el Pacto de Varsovia tan sólo como un medio para posibilitar la participación estadounidense en los mecanismos de seguridad europeos. A los británicos les preocupaban las posibles consecuencias que podrían afectarles si se veían atrapados en una estructura puramente europea, que no contara con Estados Unidos.

Por suerte para ellos, y también para otros países, se aprobó una resolución del Senado redactada por el Departamento de Estado y patrocinada por el Presidente del Comité de Asuntos Exteriores, Arthur Vandenberg, que incluía una frase apoyando la posible asociación de Estados Unidos en mecanismos colectivos de defensa. Para aquel entonces, la totalidad del Departamento de Estado apoyaba la idea de una alianza transatlántica.

Todo esto ocurría mientras las soviéticos intentaban chantajear a Occidente durante la siguiente ronda de negociaciones sobre el futuro de Alemania, iniciando el bloqueo de todas las vías de suministro de Berlín Occidental –excepto por aire. Actualmente sabemos que la decisión de Stalin de no impedir el acceso aéreo se tomó en contra de las recomendaciones de sus militares. El líder soviético creía que Occidente no sería capaz de mantener Berlín exclusivamente a través del puente aéreo, así que prefirió no arriesgarse a provocar un conflicto militar.

“La creación de la OTAN supuso un cambio en la claridad del compromiso estadounidense con la defensa de Europa”

Pero lo que consiguió fue justo lo contrario de lo que esperaba: Berlín sobrevivió y, además, al militarizar la guerra fría aportó otro argumento a favor de la creación de una alianza de seguridad transatlántica. El segundo Secretario General de la OTAN, el belga Paul-Henri Spaak, ironizó en cierta ocasión respecto a que la Alianza debería de erigir una estatua a Joseph Stalin. Todavía hoy cabe preguntarse qué habría ocurrido si Stalin no hubiera intentado forzar la jugada en Europa Oriental y Berlín. ¿La OTAN hubiera evolucionado en la forma que conocemos? Desgraciadamente, en el libro de Kaplan apenas se analizan los errores de cálculo y de conducta del bloque soviético que contribuyeron a crear esa alianza.

Tuvo que pasar un año después de la resolución Vandenberg para que se pusiera el punto final al texto del Tratado de Washington. Kaplan demuestra que el impulso inicial para la fundación de una alianza transatlántica oficial provino de los europeos, pero que hay que atribuir a los norteamericanos el mérito de la creación de una estructura funcional. Fueron ellos los que insistieron en que la futura alianza debía incluir como miembros de pleno derecho además de a los cinco firmantes del Tratado de Bruselas (Francia, Reino Unido y los países del Benelux) a otras naciones como Noruega, Islandia, Portugal y Dinamarca. Al mismo tiempo, las rebajas de última hora que sufrió el crucial Artículo V para que su texto resultase aceptable para el Senado norteamericano constituyen un ejemplo de las dificultades que surgían en EEUU a la hora de elaborar un compromiso vinculante cara a cara con el Viejo Continente.

La creación de la OTAN no afectó de forma inmediata al equilibrio militar entre el bloque occidental y el oriental, que todavía disfrutaba de una considerable ventaja militar sobre el terreno. Lo que cambió fue la claridad del compromiso norteamericano con la defensa europea. Los soviéticos aprobaron el ataque norcoreano contra su vecino del sur porque estaban convencidos de que Estados Unidos no intervendría en un conflicto en la península de Corea. Pero la idea de que Norteamérica pudiera permanecer pasiva en Europa ahora que existía una alianza oficial firmada en abril de 1949 resultaba inimaginable.

Así que volviendo a la pregunta inicial, ¿por qué, a diferencia de lo que hicieron los países del Pacto de Varsovia, los Aliados de la OTAN mantuvieron su alianza? Y la respuesta es: porque no la veían como una herramienta de dominación extranjera, sino como una alianza que durante cuarenta años había satisfecho sus necesidades, y que ha seguido haciéndolo desde entonces.

Pero sería bastante frívolo afirmar que un magnífico pasado garantiza un futuro glorioso. Para que la OTAN siga siendo relevante, los Aliados tienen que poner término a los conflictos balcánicos, ayudar en la lucha antiterrorista y asumir el control de la ISAF en Afganistán, entre otras cosas. Deben estar dispuestos a seguir invirtiendo en sus capacidades militares para operaciones de un alto grado de exigencia.

No resulta una tarea fácil. Pero tampoco lo fue la creación de la Alianza a finales de la década de los cuarenta.

Lawrence S. Kaplan: "NATO 1948: The Birth of the Transatlantic Alliance", publicado por Rowman and Littlefield, Nueva York, 2007.

El último libro de Lawrence Kaplan aporta una interesante visión de cómo y por qué se creó la OTAN

Compartir:    DiggIt   MySpace   Facebook   Delicious   Permalink