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Al otro extremo de la línea

Vaughan Smith se retiró del ejército británico con el grado de capitán hace veinte años para convertirse en periodista independiente. Tres meses después estaba filmando a un grupo de muyahidín que luchaban en las afueras de Kandahar. Ahora cuenta a la Revista de la OTAN lo que se ha ido encontrando a ambos lados de la línea de los medios de comunicación.

Como periodista siempre he odiado la guerra, que he llegado a conocer en profundidad, pero sigo sintiendo simpatía por los soldados que combaten en ella.

Mi abuelo no hablaba nunca de la Segunda Guerra Mundial. Y he notado que tampoco a los soldados británicos les gusta mucho contar sus experiencias bélicas en Afganistán.

El ejército que yo dejé era una fuerza de tiempos de paz que tendía a considerar que los medios de comunicación eran bastante irresponsables y que se movían por intereses económicos o políticos. La prensa era una especie de amenaza para las fuerzas armadas.

En 1991 yo era un periodista independiente, así que solicité una acreditación para cubrir la guerra del Golfo que no me fue concedida. Como independiente no tenía la menor oportunidad de conseguirlo, y la industria de los medios de comunicación no ofrecía apenas oportunidades para un principiante.

Pero yo estaba decidido a cubrir el conflicto, así que me hice pasar por oficial del ejército británico y pasé dos meses filmándolo de incógnito. El resultado fue que conseguí el único material grabado en esa guerra obtenido sin ningún tipo de control.

Los periodistas acreditados se encontraron con que los ejércitos occidentales les limitaban estrictamente el acceso a la información, lo que provocó que consiguieran muy poco de lo que andaban buscando. Para sus directores todo el proceso se había convertido en un auténtico desastre periodístico.

Pero yo estaba decidido a cubrir el conflicto, así que me hice pasar por oficial del ejército británico y pasé dos meses filmándolo de incógnito.

En aquella época yo usaba con una pequeña cámara de vídeo doméstica y dirigía una pequeña agencia de noticias independiente, que dependía de este tipo de tecnología para conseguir el material.

Fuimos el primer grupo que utilizó estas cámaras para grabar noticias, pero teníamos que vender nuestro material a las emisoras, así que teníamos que adaptarnos a sus normas periodísticas.

Mi último viaje a Afganistán, en septiembre de 2007, tenía como objetivo filmar a mi antiguo regimiento, los Granaderos de la Guardia, que estaba adiestrando a las unidades del Ejército Nacional Afgano que operaban en Helmand, en el sur de Afganistán.

Yo utilizaba toda una gama de instrumentos novedosos, y algunos de ellos revolucionaron mi capacidad para conseguir llegar a mi audiencia. Por ejemplo las cámaras portátiles que tanto se han perfeccionado, o los teléfonos móviles vía satélite con los que podía transmitir mis vídeos a través de Internet para ofrecérselos en directo a los espectadores.

Yo me autodenominaba autor de vídeo-blogs o periodista de la red, y me fui relacionando con otros autores de bitácoras, periodistas y una creciente colección de comentaristas externos, que en su gran mayoría no tenían por qué adherirse a la misma ética profesional.

Mi principal motivación para ir allí fue la preocupación por la tendencia de la opinión pública británica de considerar la guerra en Afganistán como algo que no le concernía.

La gente no había estado nunca a favor de la invasión de Iraq, y los políticos británicos nunca llegaron a admitir que se habían equivocado con esa campaña. Y la consecuencia parecía ser que la opinión pública tampoco se siente responsable de la intervención militar de su país en Afganistán.

La relación del ejército británico con la prensa ha cambiado mucho desde la primera guerra del Golfo. Existe un documento denominado el “Libro Verde” en el que se establecen la política respecto a los medios de comunicación y las normas que deben aceptar los periodistas “insertados” en las unidades antes de su incorporación a las mismas.

Las condiciones del Libro Verde permiten que el “comandante operativo competente” prohíba a los periodistas “insertados” dar informaciones que puedan resultar de utilidad militar para el enemigo, o sobre prisioneros de guerra o, lo que resulta más polémico, sobre las bajas.

Tratar con los corresponsales sobre el terreno se ha ido convirtiendo el algo cada vez más complejo, entre otras cosas por el aumento de tamaño de la prensa internacional en los últimos veinte años.

En la primera guerra del Golfo fueron menos de 500 los periodistas que solicitaron acreditación, mientras que en 1998 fueron más de 2.500 los que querían cubrir la actuación de la OTAN en Kosovo.

La gran cantidad de peticiones para el número limitado de plazas “insertadas” disponibles en las fuerzas británicas desplegadas en Helmand ha permitido que el Ministerio de Defensa elija a los periodistas que prefiere.

Mientras estuve en Afganistán el año pasado me acompañó siempre un “supervisor” militar británico. Conozco perfectamente a muchos oficiales de enlace del ejército británico, pues pertenezco a un club londinense para la prensa internacional, el Club Frontline (Primera línea), que se ha convertido en un foro de encuentro e intercambio entre periodistas y militares.

En la primera guerra del Golfo fueron menos de 500 los periodistas que solicitaron acreditación, mientras que en 1998 fueron más de 2.500 los que querían cubrir la actuación de la OTAN en Kosovo.

Existe cierto malestar entre algunos oficiales de enlace militares que acompañan a los periodistas como supervisores. No sólo por tratarse de un trabajo muy exigente sino también porque en este caso no se cumple el dicho de que donde hay confianza da asco.

Muchos de ellos empiezan a cuestionarse a quién están sirviendo: a la carrera de los ministros del gobierno, al bienestar de sus compañeros militares, al progreso de las operaciones o al interés general de la población. Y un fracaso en la “gestión de la información” puede perjudicar seriamente la carrera de un oficial de enlace.

A pesar de ello los periodistas “insertados” en Afganistán tienen en la actualidad un acceso a la actividad operativa que pocos de ellos habían disfrutado anteriormente. Desde los tiempos de la guerra de Vietnam los periodistas nunca habían podido estar tan cerca de la zona de acción.

El acceso, cuando se consigue, resulta excepcional, como pueden contemplar en la muestra de mi trabajo que se ofrece en esta misma página.

En este caso no sufrí ninguna limitación por parte de mi supervisor, lo que quizás sí hubiera ocurrido si hubiese filmado a algún soldado británico herido de gravedad. Algunos oficiales británicos argumentarían que eso no beneficiaría ni al soldado herido ni a sus familiares. Pero estoy convencido de que el verdadero motivo de estas restricciones es el mantenimiento de la moral de nuestra opinión pública.

Y creo que eso es peligroso. Un público desinteresado no se siente involucrado en los conflictos, y he comprobado que las personas mal informadas tienen comportamientos imprevisibles cuando tienen que enfrentarse a la cruda realidad. Una verdad que se ha mantenido oculta puede hacerse oír todavía con más fuerza cuando al fin logra abrirse paso. Y mostrar una guerra sin sufrimiento es simplemente una descripción inexacta de la realidad.

Los ejércitos deben enfrentarse a retos enormes cuando tienen que tratar con un entorno mediático cada vez más complejo. Por ahora el ejército británico parece disfrutar del apoyo mayoritario de la opinión pública de su país.

Pero se prevé una guerra larga en Afganistán. Algunos observadores piensan que hubiera sido más positivo haber comprado amigos en la región en vez de intentar matar a nuestros enemigos. La opinión pública puede volverse en cualquier momento contra esta guerra.

A largo plazo quizás un esfuerzo concertado para fomentar la confianza resultaría más rentable que la actual gestión de la información.

¿Trabajar juntos? Los militares y los medios de comunicación intentan encontrar vías para que ambos puedan hacer su trabajo simultáneamente.

En la línea de frente: el modo en el que se cubren las misiones puede tener un gran efecto en la opinión pública.

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