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Reseña bibliográfica
Los límites de la diplomacia personal
  Petr Lunak analiza y compara las memorias de Strobe Talbott, Boris Yeltsin y Yevgeniy Primakov.

Una de las muchas cualidades de Strobe Talbott es su sorprendente capacidad de estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. A finales de los 60, cuando era un joven y prometedor experto en la Rusia soviética, le fue otorgada una beca en la Universidad de Oxford para escribir una tesis sobre el poeta Vladimir Mayakovskiy, y allí compartió alojamiento con un joven Bill Clinton, en ese momento un becado de la Rhodes.

Durante su estancia en Oxford le encargaron traducir y preparar para su publicación las memorias del depuesto líder soviético Nikita Kruschev, que por aquel entonces vivía cerca de Moscú como "pensionista especial". Y mientras trabajaba en estas memorias empleó muchísimas horas discutiendo sobre cuestiones soviéticas con Clinton, que ya por entonces empezaba a mostrar su pasión por la política. En 1992, después de casi un cuarto de siglo trabajando como escritor y periodista - en esos años escribió en colaboración "Al más alto nivel" sobre las relaciones EEUU-URSS a finales de la guerra fría, así como otros varios libros - se le ofreció el puesto de embajador general ante los nuevos estados independientes surgidos tras la desintegración de la Unión Soviética cuando su antiguo compañero de cuarto fuera elegido presidente. Durante el segundo mandato de Clinton Talbott fue nombrado Vicesecretario de Estado. En el desempeño de ambos cargos le fue encomendada la tarea de definir la política norteamericana respecto a Rusia.

Las memorias de Talbott, tituladas "La mano rusa: unas memorias sobre la diplomacia presidencial" (Random House, 2002) ofrecen una fascinante visión interior de los entresijos del proceso de toma de decisiones de la Administración Clinton respecto a sus relaciones con Rusia. Desde el principio Talbott insiste en que la definición de la dirección estratégica de esa política fue responsabilidad exclusiva del mismo Clinton, hasta tal punto que da casi la impresión de que Talbott - que fue muy criticado como personificación de la política de "Rusia primero" de esa Administración - está intentando caballerosamente disminuir la importancia de su intervención en decisiones y hechos cruciales.

En las relaciones Washington-Moscú al otro lado se encontraba Boris Yeltsin, cuya carrera simboliza los cambios experimentados por Rusia durante el siglo XX. Yeltsin fue un apparatchik comunista que como responsable del partido en Sverdlovsk (ahora nuevamente Yekaterinburgo) supervisó la destrucción de la casa en la que el último zar fue ejecutado junto a su familia en 1918 durante la Revolución Rusa. Después se convirtió en un defensor entusiasta de la perestroika de Gorbachov para pasar a ser posteriormente uno de sus críticos más acerbos cuando el que sería el último presidente soviético intentó frenar las reformas. Tras el frustrado golpe de estado de agosto de 1991 Yeltsin dio la puntilla a la ya moribunda Unión Soviética y se convirtió en un demócrata sui generis que tenía una concepción más instintiva que reflexiva de lo que de verdad significaba la democracia. Esta trayectoria personal, unida a la convicción que compartía con Clinton de que la Rusia pos comunista tenía que forjar unas relaciones de auténtica cooperación con Occidente constituyeron el escenario que durante ochos compartió con Clinton siendo ambos presidentes de sus respectivos países. Este intenso periodo está detalladamente descrito en las memorias de Yeltsin "Diarios de medianoche" (PublicAffairs, 2002), en las que intervino como "negro" su ex jefe de gabinete Valentin Yumashov.

Con razón o sin ella, Clinton consideraba - y yo coincido con él - que Yeltsin era el único político ruso capaz de mantener a su país en ruta hacia la democracia y hacia unas relaciones más estrechas y profundas con Occidente. Clinton estaba convencido de que la permanencia de Yeltsin en el cargo representaba una oportunidad que había que aprovechar. Pero en muchas ocasiones la Rusia de Yeltsin más que una ventana de oportunidad fue un espejo en el que Washington veía reflejado tan solo aquello que quería ver. Por ejemplo hay que mencionar el extraño entorno que rodeaba al presidente ruso en el que se podían encontrarse personajes dudosos como Boris Berezovsky o el general Aleksandr Korzhakov. Personajes como éstos, que se habían hecho ricos con las privatizaciones llevadas a cabo en Rusia, utilizaron sus relaciones personales con Yeltsin para ejercer una gran influencia sobre la evolución política del país. Parece que Clinton nunca llegó a plantearse hasta qué punto el presidente ruso era personalmente responsable de esta situación, ni de si este contexto beneficiaba realmente a la transición democrática rusa.

Aunque Estados Unidos no podía aplicar sus estándares internos a un país que estaba dando sus primeros pasos hacia una sociedad pluralista, también es cierto que la Administración Clinton prefirió correr un tupido velo sobre hechos que estaban ocurriendo en Rusia y que seguramente no hubieran sido tratados con tanta indulgencia si se hubieran producido en cualquier otra democracia incipiente. Dos ejemplos sobresalen del resto: primero en 1993, cuando Clinton - parece que en contra de las recomendaciones de Talbott - manifestó su apoyo incondicional a Yeltsin cuando éste utilizó la fuerza para disolver el antidemocrático parlamento que regía el país, al parecer sin plantearse hasta qué punto se puede defender la democracia utilizando este tipo de métodos. Algo parecido ocurrió al comienzo dela guerra de Chechenia cuando un mal informado Clinton aprobó implícitamente la mal aconsejada y peor diseñada campaña chechena de Yeltsin al comparar su conducta con la de Abraham Lincoln durante la Guerra de Secesión norteamericana.

Tal y como Talbott muestra la política norteamericana respecto a Rusia consistió en una operación de permanente gestión de crisis provocadas no solamente por acontecimientos externos que afectaban a Rusia y a Estados Unidos sino también por las demasiado frecuentes indisposiciones que sufría Yeltsin. De todas maneras debe considerarse que esta gestión de crisis resultó un éxito en su conjunto, y Talbott apunta con justicia las numerosas victorias obtenidas. Por ejemplo, cuando se evitó que Rusia vendiera componentes para misiles a la India, un hecho que hubiera perturbado gravemente el delicado equilibrio estratégico entre India y Pakistán. O cuando se alcanzaron acuerdos para la retirada de los misiles provenientes de la era soviética desplegados en Ucrania, a cambio de garantías rusas para la seguridad Ucraniana, y para que Rusia cumpliera sus compromisos anteriores de retirada de sus tropas de los países bálticos - preparando así el camino para el ingreso de éstos en la Alianza. O también el modo en el que Estados Unidos consiguió institucionalizar las relaciones OTAN-Rusia en vísperas de la primera ronda de ampliación de la OTAN y garantizar la intervención Rusia en la finalización del conflicto de Kosovo y la participación de tropas rusas para el mantenimiento de la paz en esa provincia.

La voluntad rusa de implicarse en un diálogo constructivo constituyó siempre un requisito previo para la resolución de todos estos problemas, y Yeltsin resultó ser fundamental para el mantenimiento del diálogo. Además Rusia siguió adoptando una actitud constructiva incluso después de que el presidente ruso decidiera en enero de 1996 reemplazar en el cargo de Ministro de Asuntos Exteriores a Andrea Kozyrev - un convencido partidario de Occidente - por Yevgeniy Primakov, cuya carrera se había desarrollado dentro de los servicios secretos. Aunque el mismo Yeltsin describía a Primakov diciendo que tenía "demasiado rojo en su paleta", lo cierto es que éste demostró ser un pragmático en la mayoría de los casos, como Ministro de Asuntos Exteriores hasta 1998 y como Primer Ministro desde mayo de 1999. Y a pesar de sus frecuentes deslices diplomáticos - como cuando calificó al Secretario General de la OTAN, Javier Solana, de "lacayo de Estados Unidos" - Primakov se mostró tan dispuesto a aceptar compromisos como lo estuvo su predecesor. En ese sentido el cese de Kozyrev no representó un cambio en la visión política mundial de Yeltsin, sino una maniobra política que pretendía apaciguar las fuertes críticas contra su política exterior. Como viene a señalar implícitamente Talbott, en realidad resultó muchas veces más fácil tratar con Primakov, que tenía algo que ofrecer, que con Kozyrev, que contaba con un margen de maniobra muy limitado y una posición a menudo muy inestable.

En su libro de memorias Vospominanyja: Gody v bol'shoi politike ("Recuerdos: años en la gran política", Sovershenno Sekretno, 1999), Primakov dedica buena parte de sus hojas a la cuestión de la ampliación de la OTAN y los esfuerzos de Moscú para mitigar su supuestamente negativo impacto. Define esta política como "dormir junto a un puercoespín", una frase que él atribuye a Warren Christopher, pero que según Talbott fue acuñada inicialmente por Primakov. Éste había ya decidido a principios de 1996 que la mejor política para Rusia consistía en "seguir manifestando su oposición a la ampliación pero manteniendo al mismo tiempo conversaciones para minimizar sus consecuencias negativas".

A pesar de esto Primakov se embarcó en una política que resultaba tan poco realista como hubiera sido intentar detener la ampliación de la Alianza. Rusia pretendía acordar un tratado legalmente vinculante en el que se estipulara un proceso de toma conjunta de decisiones entre la OTAN y Rusia en todas las cuestiones relativas a la seguridad europea, incluyendo expresamente el uso de la fuerza, y la prohibición de estacionar armamento nuclear en el territorio de los nuevos miembros. Todo esto resultaba inaceptable para los países miembros de la Alianza puesto que limitaría su libertad de acción y convertiría a los nuevos miembros en una especie de socios de segunda, pero la Alianza quería llegar a un acuerdo con Moscú a medio camino entre las mutuas posiciones. La OTAN declaró de forma unilateral que no existían "ni motivos, ni necesidades, ni planes" para un despliegue de armas nucleares o de fuerzas de combate multilaterales en el territorio de los nuevos miembros. Además en 1997 se acordó el Acta Fundacional OTAN-Rusia, que establecía la agenda de actividades de cooperación, y se creó un nuevo organismo consultivo denominado Consejo Conjunto Permanente (PJC).

De las memorias de Primakov se deduce que él nunca estuvo muy contento con estos acuerdos y que desde el punto de vista ruso el Acta Fundacional y el PJC solamente eran un instrumento para "evitar que las púas del puercoespín provocaran demasiado dolor a Rusia" y no una herramienta para el desarrollo de las relaciones OTAN-Rusia. Incluso Primakov manifiesta que la única consecuencia positiva que trajo la existencia del PJC fue el temor de la OTAN a que Rusia se retirara de ese foro, lo que evitó que la Alianza aumentara la escalada bélica en Kosovo lanzando una ofensiva terrestre.

En cualquier caso Rusia suspendió de forma unilateral su participación en el PJC durante los primeros días de la campaña aérea de la Alianza, cuando el Embajador ruso ante el PJC fue reclamado de vuelta a Moscú y Rusia desató toda su retórica anti OTAN. El mismo Primakov se enteró de que la OTAN había lanzado su campaña aérea cuando estaba viajando hacia Washington para reunirse con el Vicepresidente Al Gore, y su reacción - que probablemente contó con la aprobación de Yeltsin - consistió en ordenar que el avión se diera la vuelta. El resultado fue que Rusia no llegó a tener una verdadera influencia sobre los acontecimientos hasta que el enviado especial de Yeltsin - y rival de Primakov - Viktor Chernomyrdin intervino como enlace diplomático con Belgrado. Y la polémica decisión de la OTAN de descartar el uso de tropas terrestres durante la campaña se debió más a la necesidad de mantener la cohesión interna de la Alianza que a ninguna otra consideración sobre la sensibilidad rusa.

Talbott muestra convincentemente cómo "las relaciones entre gobiernos a menudo fracasaron o tuvieron éxito en función de las relaciones entre las personas". Probablemente sea cierto, pero tampoco debe exagerarse la influencia de esas relaciones. Por ejemplo, de las memorias de Yeltsin se desprende que el Presidente ruso se sentía más cercano a estadistas de su misma generación como el Canciller alemán Helmut Kohl y el Presidente francés Jacques Chirac que a Bill Clinton. En ese sentido resulta curiosa la anécdota que narra de cómo la hija del Presidente Chirac, Claude, aconsejó a su propia hija sobre como ayudar a su padre a mantener el control de los acontecimientos.

Algo parecido ocurrió con Kosovo, que Yeltsin califica como asunto de "importancia mundial", pues a pesar de los frecuentes contactos que mantuvo con Clinton siguió manteniendo su opinión de que la intervención de la OTAN no se debió al deseo de Occidente de evitar una repetición de la tragedia de Bosnia, sino a los deseos de EEUU de imponer su predominio sobre una Europa que iba ganando independencia. Además Yeltsin parece haber desempeñado un papel bastante más importante que el que Talbott da a entender en la decisión de ordenar el 11 de junio el desplazamiento de tropas rusas a través de Serbia desde Bosnia-Herzegovina hasta el aeropuerto de Prístina para así adelantarse a las fuerzas de la OTAN que estaban entrando en Kosovo. Según la versión de Talbott, él estaba volando entre Moscú y Bruselas cuando se enteró del movimiento de los rusos y ordenó que el avión volviera a Moscú para pedir una clarificación a los Ministros de Asuntos Exteriores Igor Ivanov y al de Defensa mariscal Igor Sergejev. Al llegar a Moscú fue testigo de una absurda comedia en la que los dos ministros aseguraban - y probablemente fuese cierto - que no tenían conocimiento alguno del avance de sus tropas sobre Prístina, a pesar de que en ese mismo momento la CNN estaba retransmitiendo imágenes de su despliegue. Resulta muy interesante la idea de Talbott de que el incidente se debiera a un "virtual motín" de un grupo de generales rusos encabezados por los generales Leonid Ivashov y Anatoliy Kvashnin, cuyos gritos pudieron oírse en exterior de las salas donde se reunían el 11 de junio. En cambio Yeltsin en sus memorias asume toda la responsabilidad de los hechos, según una decisión que aparentemente había tomado el 4 de junio: "Estuve dudando durante bastante tiempo. Me parecía demasiado peligroso enviar a nuestros hombres en avanzada. Además ¿qué sentido tenía mostrar arrojo y enseñar los puños cuando la lucha había acabado ya? Sin embargo, decidí que Rusia debía hacer un último gesto, aunque no tuviera verdadera importancia militar... Así que di la orden: ADELANTE".

Aunque es posible que Yeltsin haya intentado ocultar su incapacidad para controlar a los generales más reacios, también existe la posibilidad de que en uno de sus momentos más impulsivos hubiera aprobado este movimiento sin haber consultado previamente con los principales miembros de su gobierno. El hecho de que Yeltsin premiara a esos dos generales en una época en la que la lealtad personal resultaba imprescindible para el progreso en el escalafón parece indicar que los conservadores partidarios de la línea dura dentro del ejército habían conseguido convencerle en vez de estar conspirando en su contra.

No resulta habitual que varios libros que se ocupan de un periodo particular de la historia y que han sido escritos por sus protagonistas aparezcan tan poco tiempo después de producidos los hechos. Esto convierte la lectura paralela de los tres libros en un ejercicio fascinante. Las tres memorias pretenden demostrar la importancia que tienen las buenas relaciones personales en la resolución de los problemas mundiales, pero al mismo tiempo muestran los límites de dichas relaciones. Está claro que la diplomacia personal tiene sus ventajas y que todos debemos estar agradecidos a la simpatía que los dirigentes más recientes, así como los actuales, de Rusia y Occidente parecen haberse tenido mutuamente. Pero al mismo tiempo está claro que en unas situaciones que a menudo resultan extremadamente complejas el tomar decisiones basándose en lo que los dirigentes pueden leer en los ojos de sus homólogos no puede servir de alternativa a las políticas que se basan en los análisis de los expertos y en evaluaciones objetivas de las opciones posibles.

Petr Lunak es el coordinador de programa de nivel senior en la Sección de Relaciones Externas de la División de Diplomacia Pública de la OTAN, teniendo responsabilidad especial sobre Rusia y Ucrania.
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