Análisis
La dimensión nuclear del terrorismo jihadista
Un riesgo pendiente: hasta ahora, los jihadistas no han podido obtener suficiente tecnología y conocimientos técnicos nucleares
(© Science Photo Library / Van Parys Media)
Los terroristas suicidas son bastante malos de por sí, pero un terrorista suicida nuclear podría provocar una catástrofe. Michael Rühle analiza cómo se han conseguido frustrar los intentos de los jihadistas de ingresar en el club nuclear, y lo que debe hacerse para evitar esa amenaza.
Aunque no sea esa la percepción común, lo cierto es que para la sociedad occidental la amenaza de los terroristas jihadistas sigue siendo marginal. El número de víctimas de sus atentados sigue siendo bajo, y los daños económicos que provocan tanto directa como indirectamente a causa del aumento del gasto en seguridad, pueden ser absorbidos con cierta facilidad por las economías nacionales.

El atractivo ideológico del terrorismo jihadista sigue siendo tan débil como siempre, e incluso en la mayor parte del mundo musulmán el islamismo radical sigue resultando enormemente impopular. Este tipo de terrorismo puede provocar el pánico y causar serios trastornos en las sociedades occidentales, pero a pesar de los titulares alarmistas sobre coches bomba en Londres, ataques suicidas en Iraq y duros combates en Afganistán entre fuerzas de la OTAN y los talibanes, lo cierto es que en ningún sitio los jihadistas están próximos a alcanzar ninguna clase de victoria.

Sin embargo, eso podría cambiar de forma significativa si el terrorismo jihadista consiguiera “nuclearizarse”.

Un artefacto nuclear de 10 kilotones que explotara en la Times Square de Nueva York destruiría todos los edificios en un radio de 500 metros y mataría instantáneamente a medio millón de personas. El fuego, los residuos y los efectos a largo plazo de la radiación elevarían la cifra de muertes a más de un millón. El impacto económico y psicológico de un acto como ése superaría en mucho a los del 11-S o las cartas con ántrax, que paralizaron Washington durante semanas. Un “11-S nuclear” dejaría a las sociedades occidentales sumidas en la desmoralización, y daría un impulso a nivel mundial a los jihadistas.

Un artefacto nuclear de 10 kilotones que explotara en la Times Square de Nueva York destruiría todos los edificios en un radio de 500 metros y mataría instantáneamente a medio millón de personas
¿Hasta qué punto resulta realista este tipo de escenario? El que varios grupos terroristas han estado intentando adquirir material y conocimientos técnicos nucleares es un hecho bien documentado, pero ¿resulta verosímil que los terroristas consigan o incluso fabriquen un artefacto nuclear?

Y lo que es igual de importante, ¿cómo se compaginaría un “11-S nuclear” con el Islam, una religión que prohíbe matar inocentes?

Por último, dada la atracción que sienten algunos terroristas por la opción nuclear, ¿por qué no se ha producido todavía un ataque de ese tipo?

La búsqueda de la bomba

El terrorismo nuclear puede adoptar múltiples formas. La opción más simple consistiría en la difusión de material radioactivo en áreas densamente pobladas.

En 1987, en las afueras de la ciudad brasileña de Goiania unos chatarreros penetraron en un hospital radiológico abandonado y robaron un contenedor con cesio altamente radioactivo. En las semanas siguientes varias personas murieron y muchas otras sufrieron serios problemas de salud; hubo además que derribar varios edificios contaminados.

No se trató de un acto terrorista, sino de un accidente. Pero quedó demostrado lo que podría ocurrir si unos terroristas lograran hacerse con material radioactivo. Y teniendo en cuenta la importante cantidad de material de este tipo que ha ido desapareciendo de hospitales, plantas energéticas, y lugares similares, algunos expertos piensan que ciertos grupos terroristas podrían tener en su poder una cantidad suficiente como para plantearse un atentado radioactivo.

Otra opción a considerar sería el ataque contra una central nuclear. Desde que en 1972 los secuestradores de un avión de pasajeros estadounidense amenazaron con estrellar el aparato contra un reactor nuclear de Tennessee, esta hipótesis resulta mucho más plausible. Y el 11-S vino a resaltar el riesgo que supondría.

Otro posible escenario consistiría en el uso de la llamada “bomba sucia” radioactiva, en la que se mezcla material no fisible pero altamente radioactivo con un explosivo convencional, como por ejemplo TNT. La detonación dispersaría el material radioactivo provocando un número relativamente bajo de muertes y la contaminación de zonas muy extensas. Si se hiciera explosionar una bomba como esa en una gran ciudad, los efectos radioactivos a largo plazo convertirían en inhabitables barrios enteros, provocando daños económicos enormes. Por eso se ha calificado a la bomba radiológica de “arma de deterioro masivo“, en vez de destrucción masiva.

Los retos que supone el diseño de un artefacto de este tipo no se consideran inalcanzables. Además, en marzo de 2002 las autoridades estadounidenses arrestaron a un hombre sospechoso de trabajar para Al Qaeda en ese campo. Y en noviembre de 2007 las autoridades eslovacas aprehendieron polvo de uranio lo bastante enriquecido como para ser utilizado en una bomba radiológica.

Todo esto ha llevado a muchos expertos a la conclusión de que para los que están empeñados en desencadenar una “jihad nuclear”, la “bomba sucia” podría ser la opción más accesible.

Y ¿qué pasa con la “verdadera” bomba nuclear?

Los artículos de la prensa sensacionalista sobre la posibilidad de fabricar un artefacto nuclear a partir de la información disponible en Internet carecen de credibilidad. Hasta ahora, siempre se ha creído que sólo los actores estatales tenían capacidad suficiente para construir un artefacto nuclear. La compleja infraestructura técnica necesaria no se encuentra accesible para los actores no estatales, por mucho dinero que tengan. Así que aunque Al Qaeda puede haber reclutado a unos cuantos físicos nucleares experimentados, resulta muy dudoso que fueran capaces de fabricar una bomba de fisión.

En la línea de fuego: la combinación de armas convencionales con componentes radioactivos podría resultar letal (© Attal / Reporters)
Incluso si los terroristas llegaran a conseguir una bomba plenamente operativa, tendrían que resolver el problema de cómo manejarla y controlarla de forma segura. Además, parece ser que varios intentos de Al Qaeda para hacerse con material nuclear en el mercado negro fracasaron porque sus escasos conocimientos técnicos les convierten en víctimas fáciles de los estafadores.

Pero los terroristas podrían superar todas estas dificultades si lograran adquirir un arma nuclear capaz de funcionar a un régimen de su misma ideología.

A muchos observadores este escenario puede parecerles extremadamente improbable, pero no hay que descartarlo totalmente. Corea del Norte, al borde de la ruina, ha venido a insinuar que podría considerar la venta de misiles con capacidad nuclear como una fuente legítima de ingresos.

Y los informes de 2004 sobre la red comercial de contrabando nuclear que dirigía el empresario metalúrgico pakistaní A. Q. Khan revelaban la existencia de un mercado secreto que carecía de cualquier tipo de inhibiciones políticas o ideológicas. Se sospecha que Khan suministró a sus clientes (Libia, Corea del Norte, Irán y otros) diseños y componentes, más que sistemas de armamento totalmente operativos; pero sus posibles sucesores podrían superarle.

Por último, el debate sobre una posible “talibanización” de Pakistán en el caso de que los radicales islámicos se apoderaran del estado y de su arsenal nuclear, nos obliga a enfrentarnos a la terrible posibilidad de una potencia nuclear jihadista.

Derribar las barreras que se oponen a la violencia

Los grupos terroristas como Al Qaeda dicen actuar en nombre del Islam. Dado que en esa religión no existe una autoridad única que establezca los principios doctrinales, surgen numerosas interpretaciones –a veces completamente opuestas– expuestas por teólogos y clérigos.

Pero también es cierto que casi todo el mundo coincide en que, de forma similar a la doctrina de la “guerra justa” de los cristianos, el Islam no permite ataques indiscriminados contra civiles. Así que muchas de las referencias religiosas de Osama ben Laden, como su declaración de 1998 de que conseguir armas químicas y nucleares era un “deber religioso” para los musulmanes, pueden calificarse de interpretaciones realizadas exclusivamente en provecho propio, para justificar sus objetivos particulares.

Pero sería un error despreciar estas declaraciones considerando que son pura propaganda que busca amparo en la religión. Durante muchos años varios clérigos radicales han estado reinterpretando ciertos preceptos religiosos con el propósito evidente de eliminar las barreras morales y legales contra la violencia indiscriminada que contienen.

Ya se dio un paso importante en este tipo de reinterpretaciones cuando el 1980 se produjo el ataque suicida contra el cuartel de los marines estadounidense en el Líbano y el auge de terroristas suicidas palestinos. Aunque el Islam no aprueba el suicidio, de modo que se opone implícitamente a los terroristas suicidas, muchos clérigos comenzaron a argumentar que los terroristas suicidas eran realmente “mártires” y habían actuado según los deseos divinos. Según esta interpretación matar musulmanes inocentes podría ser incluso tolerable, pues de este modo ellos mismos se convertían en mártires.

Esta tendencia a justificar a los terroristas suicidas cambiando los calificativos que se les aplican se ha llegado a extender mucho más allá del conflicto entre israelíes y palestinos. Si matar israelíes inocentes resulta admisible porque Israel está ocupando Palestina, los estadounidenses, cuyos soldados están desplegados en varios países musulmanes, pueden verse sujetos a represalias similares. Osama ben Laden utilizó esa misma lógica para justificar sus ataques contra Estados Unidos el 11-S. Además, como los norteamericanos elegían colectivamente a sus dirigentes, se podía considerar que todo el pueblo estadounidense era responsable de los pecados de sus gobernantes.

Desde el 11-S los clérigos radicales han llevado esta lógica aún más allá. En 2003 un teólogo radical saudita defendía en su “Tratado sobre la legitimidad de utilizar armas de destrucción masiva contra los no creyentes” que si EEUU había matado alrededor de diez millones de musulmanes, estaba permitido matar el mismo número de norteamericanos, incluso utilizando armas de destrucción masiva.

Esta fatwa (análisis de un teólogo o clérigo islámico sobre la interpretación de la ley islámica) resulta ser un cheque en blanco religioso para el asesinato masivo. Con este telón de fondo las declaraciones de algunos islamistas, entre los que se incluyen algunos físicos de gran fervor religioso, asegurando que las armas nucleares pakistaníes “pertenecen a todos los musulmanes” adquieren un nuevo y preocupante significado.

La razón de la abstinencia nuclear terrorista

Si Al Qaeda y otros grupos terroristas siguen esforzándose en conseguir material nuclear, y si la justificación religiosa del terrorismo nuclear se ha ido haciendo cada vez más explícita en ciertas ramas del fundamentalismo islámico, ¿por qué no se ha producido todavía ningún ataque de estas características? Existen varias explicaciones posibles.

La más sencilla sería achacárselo a las enormes dificultades técnicas para organizar un atentado de este tipo. Según eso, Al Qaeda no ha sabido resolver los retos tecnológicos que presenta un plan tan complejo, y hasta ahora parece que ningún estado le ha suministrado la infraestructura necesaria para “nuclearizarse”, sin mencionar siquiera la entrega de artefactos operativos.

Otra posibilidad sería que la gran cantidad de víctimas que provocaría un ataque de este tipo perjudicaría la difusión de la causa de los terroristas. Según esta visión, un atentado terrorista de tanta magnitud les privaría del apoyo de gran parte de las bases de Al Qaeda, que aceptan en principio los métodos terroristas pero no admitirían la terrible destrucción de un “11-S nuclear”.

Parece ser que varios intentos de Al Qaeda para hacerse con material nuclear en el mercado negro fracasaron porque sus escasos conocimientos técnicos les convierten en víctimas fáciles de los estafadores
Una tercera explicación consistiría en que los intentos de Al Qaeda se han visto desbaratados por las actuaciones antiterroristas. Lo cierto es que desde el 11-S se han desarticulado varios planes que pretendían utilizar armas de destrucción masiva.

Además, la intervención internacional en Afganistán ha privado a Al Qaeda de su principal base y le ha obligado a dispersarse, lo que hace mucho más difícil la planificación de un ataque nuclear. Las diversas medidas adoptadas por los gobiernos tanto a nivel nacional como colectivo, como la cooperación en inteligencia, la mejora de la seguridad en el transporte, el descubrimiento de redes de contrabando nuclear, el reforzamiento de la seguridad de las armas nucleares provenientes de la antigua Unión Soviética y las actuaciones contra las redes de financiación de los terroristas, han socavado enormemente la capacidad de los terroristas para lanzar un ataque nuclear.

Y la disuasión podría ser otro de los motivos. Aunque se ha dicho muchas veces que la disuasión no funciona con los terroristas suicidas, los estados que patrocinan el terrorismo probablemente sean sensibles ante la posibilidad de una represalia. Dado que las células terroristas necesitan un territorio para entrenarse y que les sirva de base de operaciones, una amenaza contra cualquier país dispuesto a servir como “anfitrión” podría tener una influencia restrictiva sobre el tipo de actividades que está dispuesto a permitir que realicen sus “huéspedes”.

Esta conexión entre actores estatales y no estatales constituye la motivación primigenia de las declaraciones de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos sobre el papel de sus fuerzas nucleares para la disuasión del terrorismo patrocinado por otros países. Combinadas con una mejor “técnica forense nuclear”, entendida como la capacidad técnica para seguir el rastro de un ataque nuclear hasta su origen, estas declaraciones pueden servir como disuasión eficaz frente los estados que proporcionan refugio a los terroristas.

Lo que hace falta ahora…

Los esfuerzos que están realizando los terroristas jihadistas para conseguir hacerse con armas de destrucción masiva, incluyendo las nucleares y radiológicas, siguen representando uno de los principales retos para la seguridad de Occidente. Aunque el uso de una bomba nuclear por los terroristas parece improbable por los importantes obstáculos técnicos que presenta, y la cooperación internacional en la lucha antiterrorista y en actuaciones contra la proliferación han provocado que sea muy difícil realizar atentados terroristas nucleares, lo cierto es que Occidente debe estar preparado ante la eventualidad de un atentado con una “bomba sucia” radiológica. Y, sobre todo, sería necesario un incremento de las inversiones en capacidades nacionales e internacionales para la detección del tráfico de materiales de riesgo y para enfrentarse a las consecuencias de un ataque de este tipo.

También resulta preocupante la tendencia de los clérigos musulmanes más radicales a exponer interpretaciones del Islam que justifican el uso de armas de destrucción masiva contra civiles. Pero Occidente no puede liderar los esfuerzos encaminados a detener esta fatídica tendencia negando a los jihadistas su justificación religiosa, pues hablar y actuar contra este embrutecimiento del Islam representa ante todo un reto para los mismos musulmanes.
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