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El triunfo de los principios, la paciencia y la perseverancia

(© OTAN)
Jaap de Hoop Scheffer sitúa los logros de la OTAN en Bosnia-Herzegovina en su perspectiva histórica.

Lo único que hace falta para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada.
Edmund Burke

El próximo 2 de diciembre la OTAN pondrá fin a la misión de su Fuerza de Estabilización (SFOR) en Bosnia-Herzegovina. De este modo concluirá con éxito la primera operación de mantenimiento de la paz de la Alianza, iniciada a finales de 1995. Será reemplazada por una misión de la UE que contará con el apoyo de la Alianza. Así se cierra un importante capítulo en la historia de los Balcanes y de la propia OTAN.

Hace tan sólo pocos años los estallidos de violencia en los Balcanes acaparaban la portada de los periódicos y noticiarios de televisión. Por muy fácil que pueda resultar olvidar ahora hasta qué punto llegó a deteriorarse la situación, se trata de algo que no podemos permitirnos. Fue una época terrible tanto para la población de esa región como para toda la comunidad euroatlántica.

La violenta desintegración de la antigua Yugoslavia amenazó con provocar la pérdida de muchos de los beneficios conseguidos gracias al final pacífico de la guerra fría: más de 200.000 personas murieron y varios cientos de miles fueron expulsadas de sus hogares, la estabilidad de los países vecinos corrió un serio peligro y cuanto más tiempo dudaba la comunidad internacional en emprender acciones decisivas mayores tensiones surgían entre los diferentes países europeos.

Pero se produjo también otra grave amenaza que representaba un peligro para nuestros valores, nuestra ética y nuestra propia autoconciencia. Volver la espalda a los Balcanes hubiera significado traicionar todos esos valores. Si los países más ricos y poderosos no hubieran sido capaces de actuar, su inacción se habría traducido en un fracaso histórico y en una enorme vergüenza. Por eso cada vez fue resultando más evidente que el no hacer nada no constituía una alternativa válida ni para la comunidad internacional ni para la OTAN.

Cuando se estaba discutiendo la posibilidad de una intervención de la OTAN muchos analistas mostraron sus dudas respecto a las posibilidades de éxito. Los más escépticos afirmaban que la Alianza se estaba lanzando a una "ciénaga balcánica" sin salida, que intentaría en vano desactivar "un barril de pólvora" pues la inestabilidad constituía una característica endémica de la región. Y sugerían que una intervención militar no podría resolver nunca el "embrollo balcánico" que según ellos se debía a siglos de "odio étnico".

Existe un proverbio según el cual quienes aseguran que algo "no se puede hacer" al menos deben evitar molestar a los que están haciéndolo. La Alianza intervino en los Balcanes apoyando primero e imponiendo después un embargo de armas y una zona de exclusión aérea. Y cuando estas medidas no produjeron los resultados deseados la OTAN dio un paso adelante. En el verano de 1995 consiguió mediante un uso juicioso de su potencial aéreo que las partes en conflicto acudieran a la mesa de negociaciones. Y así se alcanzaron los Acuerdos de Paz de Dayton que dieron vida a un país nuevo.

Pero la historia demuestra que el fin de una guerra no implica necesariamente el comienzo de la paz. Bosnia-Herzegovina necesitaba una seguridad duradera para volver a ponerse en pie (además de la ayuda de otros actores de la escena internacional, como la Unión Europea y las Naciones Unidas) y poder reconstruir su economía, su gobierno, su sistema judicial, su fuerza de policía y todos los restantes elementos de cualquier país normal y capaz de sostenerse por sí mismo.

La OTAN también proporcionó la base para esta reconstrucción. Los Aliados enviaron 60.000 efectivos para mantener la paz, transmitiendo un mensaje claro de que no tolerarían más luchas internas. Esta Fuerza de Implementación representó una coalición sin precedentes en la historia; al reunir a las principales naciones atlánticas en una estrategia común la Alianza consiguió romper la fatídica tendencia de las grandes potencias a apoyar en los Balcanes a los Estados tradicionalmente afines. Si a principios del siglo XX una crisis balcánica provocó una Guerra Mundial, a finales de ese mismo siglo todas las grandes potencias se encontraban en el mismo bando: el bando de la paz. La OTAN, al garantizar un entorno seguro para que otras instituciones pudieran venir y realizar su trabajo, puso los cimientos para el retorno de Bosnia-Herzegovina al seno de Europa.

Los progresos obtenidos en los últimos años resultan asombrosos. La población puede moverse libremente por todo el país y los diferentes grupos étnicos se han dado cuenta de que deben trabajar juntos. La capital, Sarajevo, ha vuelto a convertirse en una ciudad normal. Las diferencias políticas se resuelven de forma pacífica. Y el país ha dejado claro que pretende incorporarse al programa de la Asociación para la Paz de la OTAN y llegar a ser algún día miembro de pleno derecho de la Unión Europea y la OTAN. Se trata de un éxito enorme, obtenido gracias al convencimiento de que la indiferencia nunca puede ser una opción y que la única estrategia razonable es el compromiso.

La lección todavía parece aplicable, pues aunque se termine la SFOR la OTAN seguirá estando presente en Bosnia-Herzegovina. Tras el despliegue de la Unión Europea la Alianza seguirá comprometida con este país y con su futuro a largo plazo, y por eso mantendrá un cuartel general miliar en Sarajevo. La UE será responsable de la seguridad cotidiana mientras que la OTAN se centrará en la reforma de la defensa de Bosnia-Herzegovina y en preparar al país para su ingreso en la Asociación para la Paz e incluso, más adelante, en la Alianza. El cuartel general, que estará dirigido por un general de brigada estadounidense y contará con unos 150 efectivos, trabajará también en cuestiones relacionadas con la lucha antiterrorista, la captura de sospechosos de crímenes de guerra y la recogida de información. En resumen, el compromiso sigue constituyendo la base de nuestra estrategia.

Es importante recordar que Bosnia-Herzegovina avanzó mucho, en los últimos tiempos, en la reforma de su sistema de defensa. Cuando se produjo el final de las hostilidades, en 1995, el estamento militar y de seguridad del país estaba compuesto por tres ejércitos enemigos, un absurdo que había que corregir. Gracias a la estrecha cooperación mantenida por la OTAN y las restantes organizaciones internacionales con las autoridades nacionales, las estructuras de defensa bosnias han sufrido reformas amplias y radicales y se ha creado un único Ministerio de Defensa a nivel de todo el Estado. De nuevo vemos que la estrategia de compromiso mantenido ha dado sus frutos.

Al enfrentarse directamente a un gran reto la Alianza pudo realizar avances que por aquel entonces pocos creían posibles
Aunque cambie en los próximos meses y años la forma en la que la Alianza se vaya implicando en Bosnia-Herzegovina, la Organización seguirá trabajando conjuntamente con las autoridades nacionales para mantener el ritmo de las reformas. Y además de llevar a cabo su programa de reforma, Bosnia-Herzegovina debe demostrar que coopera al máximo de sus posibilidades con el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia con sede en La Haya como requisito previo para su ingreso en la Asociación para la Paz. El día en que Bosnia-Herzegovina se haya incorporado junto a Serbia y Montenegro a este programa de asociación de la OTAN, todos los países balcánicos estarán integrados dentro de una relación de seguridad estructurada con la Alianza, lo que supondrá un enorme beneficio para la seguridad euroatlántica global. Por eso todos queremos acelerar la llegada de ese momento.

El éxito de la misión de la OTAN en Bosnia-Herzegovina constituye un testimonio de lo inteligente que resulta aplicar una visión a largo plazo cuando se trata de cuestiones relativas al mantenimiento de la paz y la reconstrucción. Con paciencia y perseverancia podremos conseguir el éxito. Y son justamente esas dos virtudes - paciencia y perseverancia - lo que necesitamos para rematar el trabajo todavía inacabado en otras partes de los Balcanes, y en especial en Kosovo. Resulta obvio que esta provincia representa un reto decisivo, como nos recordaron dramáticamente los disturbios de marzo pasado. Por eso debemos ser prudentes al establecer comparaciones con la actuación de la OTAN en Bosnia-Herzegovina, aunque de ella podamos extraer varias lecciones generales que también pueden resultar aplicables a Kosovo.

Una de las más importantes es que nunca debemos auto imponernos plazos agobiantes sin que exista una verdadera necesidad. Es necesario continuar y quedarse todo el tiempo que haga falta para crear una paz sostenible. Por supuesto que hay que tener mucho cuidado con evitar una cultura de dependencia internacional, pues al final solamente se conseguirán verdaderos progresos si las mismas sociedades destrozadas por la guerra son las "propietarias" del proceso de reconstrucción y reconciliación. Pero solamente puede ejercitarse esa "propiedad" si los diferentes grupos políticos y facciones étnicas se enfrentan a una comunidad internacional que no les deja salirse de los límites admisibles. Por eso toda la comunidad internacional, incluyendo la OTAN, debe dejar claro que si están esperando la desaparición de la presencia extranjera para cambiar entonces las pautas de comportamiento mantenidas hasta ahora, están escogiendo un camino equivocado.

Otra lección a tener en cuenta es que la OTAN debe ser algo más que un simple proveedor de servicios militares. La Alianza debe desempeñar un papel político y de seguridad ajustado a su importancia militar y que se fundamente en un diálogo político más profundo y sostenido entre los Aliados. La Iniciativa para Europa Suroriental de la OTAN y el modo en el que la Organización ha facilitado la cooperación regional en cuestiones de seguridad demuestran que este papel político más amplio es posible y puede conseguir resultados tangibles.

La necesidad de la cooperación transatlántica es la lección más importante. La intervención de la OTAN en Bosnia-Herzegovina se vio precedida por un gran debate transatlántico sobre el rumbo adecuado. Al final Europa y Norteamérica decidieron actuar de forma conjunta, y al enfrentarse cara a cara a un gran reto la Alianza pudo realizar avances que por aquel entonces pocos creían posibles. La unidad transatlántica constituyó la clave del éxito. Ahora que la OTAN está emprendiendo misiones más ambiciosas - y peligrosas - en otras partes del mundo, no debemos no olvidar esta lección fundamental.


Jaap de Hoop Scheffer es el Secretario General de la OTAN.
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