|

Despliegue en el desierto: La guerra de Irak mostró el poderío militar sin precedentes de unas fuerzas combinadas adiestradas según los estándares de la OTAN (© Crown
Copyright) |
Tom Donnelly estudia los efectos que ha provocado en la OTAN la campaña de Irak desde el punto de vista norteamericano.
Al final la guerra de Irak ha provocado un gran número de bajas, pero no entre las fuerzas de la coalición ni entre los iraquíes, sino entre las instituciones que durante la guerra fría colaboraron en la estabilidad mundial, entre las que se destaca la alianza que mayor éxito haya tenido en la historia: la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
La actividad diplomática previa y la guerra misma pusieron al descubierto las importantes diferencias entre los puntos de vista de los principales miembros de la Alianza: Alemania, Francia, Reino Unido y Estados Unidos. También revelaron las profundas diferencias existentes entre las potencias europeas y entre los países grandes y pequeños de este continente. Y estas diferencias van a tardar en solucionarse.
La guerra de Irak también permitió contemplar el poderío militar sin precedentes de unas fuerzas combinadas adiestradas según los estándares de la OTAN, cuya actuación durante la operación Libertad Iraquí resultó apabullante. Operaron de forma fluida y continua en los combates y realizaron con facilidad la transición a las operaciones de estabilización posteriores, incluso simultaneándolas con dichos combates. A los contingentes de tropas de menor tamaño aportados por Australia y Polonia se les adjudicaron importantes funciones de apoyo sin que ello provocara los típicos contratiempos que siempre habían aparecido en las operaciones militares combinadas. Si no hubiera sido por los años de adiestramiento dentro de la OTAN las fuerzas de la Coalición no habrían sido capaces de derrotar al ejército iraquí y derribar al régimen de Sadam Husein en menos de un mes.
| |
| La guerra de Irak también permitió contemplar el poderío militar sin precedentes de unas fuerzas combinadas adiestradas según los estándares de la OTAN |
|
| |
Tras esta guerra Washington está empezando a comprender que incluso la única superpotencia mundial necesita ayudas. Resulta inevitable institucionalizar de algún modo la Pax Americana - o como quiera denominarse al orden internacional actual - pues garantizar el orden mundial de forma "unilateral" no constituye una opción realista. Por eso la cuestión para los norteamericanos estriba en la conveniencia de adaptar la OTAN a las nuevas circunstancias estratégicas, y cómo llevar a cabo esa adaptación.
La cuestión a la que se enfrenta la Alianza es la de si sus diferencias actuales pueden llegar a destruir su capacidad para proporcionar la base para futuras operaciones militares en coalición, y existen muchas respuestas posibles. Todavía se está a tiempo de solucionar, o al menos gestionar, las diferencias estrictamente políticas. Incluso puede considerarse que la importancia de la Alianza como "proveedor de fuerzas" puede justificar el ignorar estas diferencias. Pero también puede aplicarse el razonamiento inverso, y considerar que la creciente diferencia en capacidades entre Estados Unidos y el resto de los Aliados puede agudizar estas diferencias políticas.
La respuesta final dependerá en gran medida de los programas y políticas norteamericanos de los próximos años. A la vista de los cambios que vienen Estados Unidos y sus socios más próximos dentro de la Alianza tendrán que dirigir el proceso de reformas que permita a la OTAN adaptarse al mundo de después de la guerra fría y convertirse en un asociado dentro de la Pax Americana, o si no esta organización iniciará su decadencia. Y si Washington permite que esto suceda tendrá que crear alguna otra plataforma institucional que apoye las futuras "coaliciones de voluntarios". Por muy buenos que sean los ejércitos estadounidenses, siguen siendo una fuerza de pequeño tamaño. Una consecuencia de la "diferencia de capacidades" es que la tarea de garantizar el orden internacional actual recae en mayor medida sobre Estados Unidos, con lo que aumenta la probabilidad de que sus ejércitos no estén a la altura de las necesidades.
Cuestiones polémicas
Reparar la grieta surgida entre Estados Unidos y "Europa" - entendiendo como tal a Francia, Alemania y la opinión pública de la región - llevará bastante tiempo. Dos cuestiones nos dividen: cómo tratar los problemas del mundo islámico y en qué circunstancias debe usarse la fuerza.
Muchos europeos - y algunos norteamericanos - no se han adaptado con facilidad a los cambios de política y estrategia de Estados Unidos tras el 11 de septiembre. Desde esa fecha el Presidente George W. Bush ha construido un nuevo sentimiento de misión nacional, que ha ido dando forma a una "Doctrina Bush" oficial. Esta doctrina puede considerarse como una nueva concepción del propósito del poderío norteamericano en el mundo. Tras una década de dudas y cambios la Doctrina Bush representa una elección fundamental en el rumbo de la política estadounidense y no resultará fácil que ninguno de los futuros presidentes trate de replantear esta decisión. Estados Unidos se ha comprometido con su liderazgo a nivel mundial y se ha embarcado en la ambiciosa empresa de reconfigurar el status político en Oriente Medio, una tarea en la que no podrá echarse atrás sin reconocerse derrotado.
Todavía muchos europeos se niegan a compartir el sentimiento de misión de Estados Unidos o a llegar a cualquier tipo de consecuencias de la Doctrina Bush a nivel europeo. El ritmo de los acontecimientos - o quizás sería mejor decir el ritmo de los cambios en política internacional - en ocasiones llega a ser excesivamente vertiginoso para los dirigentes y el público europeos. La resolución y claridad que presenta el liderazgo del Presidente Bush pueden parecerles reconfortantes a sus compatriotas en momentos de crisis, pero en cambio para muchos europeos resultan más bien molestos.
Además la facilidad de las victorias conseguidas en Afganistán - el "cementerio de los imperios" - e Irak ha servido de recordatorio del poderío militar norteamericano y de la comparativa debilidad europea. Tal y como escribió el investigador británico Timothy Garton Ash tras la guerra de Afganistán , "Norteamérica tiene demasiado poder para resultar bueno para nadie, ni siquiera para ella misma". Y como observó François Heribourg, probablemente el principal experto francés en cuestiones de seguridad y que generalmente se muestra comprensivo con los puntos de vista norteamericanos, en Irak y en Oriente Medio "los franceses, igual que la mayoría de los europeos, no están dispuestos a firmarle un cheque en blanco a los norteamericanos".
La conexión que ha establecido el Presidente Bush - y que comparten la mayoría de los norteamericanos - entre el terrorismo, las armas de destrucción masiva y los desórdenes políticos en el mundo islámico, no resulta tan evidente para la mayoría de los europeos. En Francia, Alemania y muchos otros países europeos consideran al terrorismo más un crimen que un acto de guerra, y piensan que la estabilidad del mundo islámico debe alcanzarse mediante una diplomacia detallista y el apoyo a los regímenes árabes actuales, aún siendo conscientes de su naturaleza represora. Según ellos, debía de haberse intentado contener al régimen de Sadam Husein, en vez de derribarlo.
Muchos europeos temen que si llegan a tener una participación activa en la implementación de la receta de la Doctrina Bush consistente en impulsar la democracia en Oriente Medio podrían convertirse en objetivos preferentes para los terroristas, su trabajosa red de relaciones con los dirigentes islámicos podría resentirse y sus estrategias e intereses económicos podrían verse en peligro. Pero los europeos están empezando a entender que las políticas cuyo objetivo consiste en mantener la estabilidad apoyando a líderes regionales autoritarios han fracasado completamente. Y desde luego no les ha evitado verse incluidos en la lista de enemigos de Osama ben Laden.
El futuro de la asociación estratégica transatlántica está en el aire. Hablando en términos generales, a pesar de la guerra de Irak los europeos siguen viviendo en su mayoría en un mundo imaginario anterior al 11 de septiembre y la Doctrina Bush. Confían en que las instituciones internacionales y los mecanismos legales puedan mantener un mundo pacífico, próspero y libre - un punto de vista que hasta hace poco compartían también muchos norteamericanos. Y se muestran renuentes al uso de la fuerzas, en especial para obtener objetivos expansionistas como los que pretende Estados Unidos en Oriente Medio.
La misión atlántica
Es cierto que para Reino Unido y otros países, especialmente los pueblos de la "nueva Europa" que han salido tan recientemente de las dictaduras, la nueva misión norteamericana constituye ante todo una misión atlántica. Estos países quieren mantener la implicación estadounidense en Europa, recelan de una Unión Europea dominada por Francia y Alemania, y cada vez se sienten más dispuestos a implicarse en cualquier lugar del mundo junto a Estados Unidos. Ahora que han probado por primera vez el nuevo orden internacional dirigido por Estados Unidos - la Pax Americana - no muestran ningún interés en crear un "contrapeso" europeo.
Desde un punto de vista estrictamente norteamericano incluso una plataforma geopolítica tan dividida como ésta bastaría para convertir a la OTAN en una herramienta eficaz para su estrategia, siempre que la Alianza pueda reformar sus estructuras militares para superar la debilidad militar europea.
Aunque el conjunto de la economía europea está a la altura de la de Estados Unidos, el gasto militar europeo es inferior a la mitad del norteamericano. Y aunque este gasto supone una gran cantidad de dinero - 140 mil millones de euros, aproximadamente - sólo una fracción muy pequeña se invierte en las misiones de proyección de fuerzas que constituyen el principal interés estadounidense. Y tampoco se ha producido ningún esfuerzo coordinado para transformar los ejércitos europeos adaptándolos a estas nuevas misiones ni para sacar provecho de las tecnologías que constituyen el núcleo de la revolución en cuestiones militares. Como dijo Lord Robertson, "el gigante europeo sigue siendo un pigmeo militar".
La combinación de muchas pequeñas debilidades se convierte en una enorme diferencia de capacidades entre las fuerzas estadounidenses y las de cualquier otro país de la OTAN. Este problema se originó por la misma estructura de la Alianza, su respuesta ante la guerra fría y la amenaza de una invasión soviética contra Europa Occidental. Simplificando podemos decir que para Estados Unidos, y en menor grado para Reino Unido, la OTAN significaba una misión de proyección de fuerzas, mientras que para la Europa continental en general, y para Alemania en particular, era una cuestión de defensa territorial. Para Estados Unidos el requisito consistía en defender la frontera oriental alemana, a 3.500 millas de distancia de Washington, desplegar "10 divisiones en 10 días" y defender las líneas marítimas de comunicaciones en el Atlántico Norte, sin por ello dejar de ser capaz de enfrentarse a otras intentonas soviéticas en diferentes partes del mundo. En cambio para Alemania Occidental el requisito militar consistía en defender Alemania Occidental.
Este problema estructural inherente se agudizó a finales de los 70 y principios de los 80, cuando la administración Reagan empezó a desarrollar sus planes para implementar una verdadera defensa convencional de la OTAN que la hiciera depender menos de la disuasión nuclear. El proyecto de Reagan no preveía combatir en una guerra estrictamente defensiva, sino mantener también la capacidad de lanzar un poderío naval directamente contra la Unión Soviética y desarrollar fuerzas aéreas y terrestres capaces de contraatacar en profundidad dentro del territorio del Pacto de Varsovia. Con ello no solamente se llegó a crear una "diferencia en capacidades estratégicas" entre Estados Unidos y los otros miembros de la OTAN, sino también una "diferencia en capacidades tácticas y operativas". La historia militar de la última década - desde la primera guerra del Golfo hasta la Operación Libertad Iraquí, pasando por las intervenciones en los Balcanes y Afganistán - es también la historia de lo grande que ha llegado a ser esa diferencia de capacidades.
Las diferencias de visión geopolítica y la creciente diferencia de capacidades militares entre las fuerzas de la OTAN han creado una grieta en el mismo corazón de lo que durante cinco décadas de guerra fría constituyó el pilar de la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos. Lord Robertson, aún admitiendo ser "un optimista profesional y un abogado defensor de la OTAN" sostuvo el pasado febrero que la guerra de Irak no significaba para la Alianza una crisis de las de "vencer o morir", recordando los debates sobre "Suez, Vietnam, el despliegue de los INF o el principio de la crisis de Bosnia". Pero ahora estamos hablando de una cuestión esencialmente diferente: la función que puede desempeñar la OTAN dentro de la que el Presidente Bush ha definido como la nueva prioridad estratégica para Norteamérica: la derrota del islamismo radical.
El futuro que se nos presenta
Últimamente algunos analistas se han referido despectivamente a la Alianza como una "tertulia". Pero en una época de incertidumbre y desacuerdos geopolíticos resulta más necesaria que nunca una tertulia transatlántica. Si se quiere que Francia y Alemania acepten la visión del mundo contenida en la Doctrina Bush, que la Unión Europea tenga una función en los asuntos de seguridad internacional, que los recién liberados países de Europa Central y Oriental se integren de forma permanente en Occidente, y que la comunidad atlántica se base en un conjunto de principios y no en un área geográfica concreta, entonces existen muy buenas razones para seguir hablando.
En segundo lugar la OTAN tiene que continuar reformando sus procesos burocráticos. Las mismas estructuras que tan bien funcionaron en el pasado constituyen ahora una rémora para los cambios, y alcanzar consensos dentro de una coalición cada vez más amplia está resultando muy difícil.
En tercer lugar, el propósito rector de esta reforma debe ser garantizar que la Alianza mantenga su función de "proveedor de fuerzas". Al igual que la primera misión de la estructura de los ejércitos estadounidenses es la de proporcionar a sus mandos fuerzas entrenadas y listas para actuar, y el Mando Conjunto de Fuerzas de Estados Unidos tiene la responsabilidad de asegurar que sus soldados, marineros, aviadores e infantes de marina estén preparados para llevar a cabo operaciones conjuntas interejércitos, la OTAN será la principal herramienta para que los norteamericanos aprendan la técnica de desarrollar operaciones combinadas o en coalición, tanto de guerra como de estabilización.
En cuarto lugar, la OTAN debe convertirse en un agente dentro del proceso de reforma de la defensa europea, una función estrechamente ligada a su papel como proveedor de fuerzas. Este proceso de transformación militar pretende evitar que la diferencia de capacidades entre las fuerzas de Estados Unidos (y Reino Unido) y las de Alemania y Francia - por muy modernizadas que estén - se convierta en un abismo infranqueable. Las novedades en el campo de la informática están creando nuevos conceptos en las operaciones militares y la necesidad de nuevas formas de organización. El hecho es que en lo relativo a capacidades de combate para Estados Unidos resulta más fácil actuar unilateralmente en misiones críticas, como pudo verse en la Operación Tormenta del Desierto, los Balcanes y Afganistán.
En quinto lugar, la OTAN debe reorganizarse con un desplazamiento estratégico hacia el sur y el este para implicarse en las cuestiones de seguridad de Oriente Medio. Sus fuerzas deben cambiar la localización de sus bases geográficas, su adiestramiento debe modificar sus métodos y lugares, sus maniobras deben incorporar a nuevos socios y deberían desplazar su centro de mando de Bruselas o bien potenciando su Mando Meridional en Nápoles o bien trasladándolo a otro lugar, como por ejemplo Estambul. Se trataría de un gesto simbólico pero de gran importancia para la Alianza.
Estas propuestas no pretenden ser exhaustivas ni cubrir todas las áreas posibles, y a pesar de ser ambiciosas no se salen del margen de posibilidades de la Alianza. Ya hemos tenido ocasión de contemplar una asombrosa transformación desde el final de la guerra fría. Los que han partido de una limitada visión de la OTAN como simple coalición anti soviética se han visto desconcertados en numerosas ocasiones. Muchos analistas advirtieron del peligro que suponía para las relaciones con Rusia la incorporación a la OTAN de la Alemania reunificada y de antiguos miembros del Pacto de Varsovia. Hoy vemos cómo las ex repúblicas soviéticas son invitadas a ingresar en la Alianza, el Consejo OTAN-Rusia ha incorporado a Moscú al mismo corazón de los centros occidentales de toma de decisiones y las relaciones con Rusia sin duda demostrarán ser una aportación adicional para la implicación europea en el proceso de estabilización del mundo islámico en el que este país tiene legítimos intereses de seguridad.
Algunos europeos piensan que solamente es posible una OTAN "pequeña" - no en tamaño, sino en aspiraciones. Su visión es la de una organización dedicada en exclusiva a proporcionar seguridad interior a Europa. Pero eso significa una progresiva decadencia militar en cuanto se hayan superado los Balcanes y otros escenarios menores. Ninguno de sus miembros tendrá motivos para desarrollar fuerzas modernas si solamente van llevar a cabo este tipo de misiones.
En el extremo contrario se posicionan otros analistas que sostienen que la única forma de mantener viva la Alianza consiste en embarcarse sin ningún tipo de reservas en todas las nuevas misiones, sea en Oriente Medio o en cualquier otra parte. "La OTAN debe salir de su área o la sacarán del terreno de juego" es la frase más repetida, aceptando así que la única posibilidad para la Alianza pasa por aceptar plenamente como una actuación de las "previstas en el Artículo V" el proyecto norteamericano de intervención en la política del mundo islámico. Pero a la vista de las profundas divisiones existentes entre los Aliados en cuestiones geopolíticas el tomar ese rumbo acabaría provocando una mayor confrontación sobre la política a seguir, lo que reduciría aún más la capacidad de actuación conjunta de Estados Unidos y los socios europeos dispuestos a ello, ante una situación de crisis.
La utilidad de la OTAN como fuerza de combate se irá viendo reducida al irse ampliando. Las coaliciones numerosas son también más lentas en la toma de decisiones en tiempos de guerra, así que a pesar de sus esfuerzos para remodelar sus procesos de toma de decisiones y convertirse en una coalición más ágil y capaz de afrontar los retos de seguridad actuales, el futuro de la Alianza pasa por ser un proveedor de fuerzas. Esto supone un cambio fundamental en la visión que tienen de ella tanto Estados Unidos como sus otros miembros. La "comunidad atlántica" que se articula dentro de la Alianza no puede definirse mediante límites geográficos sino por su voluntad de organizar, adiestrar y equipar fuerzas capaces de operar conjuntamente con las de Estados Unidos y su disposición a unirse a una "coalición de voluntarios" institucionalizada.
Tom Donnelly se ocupa de los estudios sobre seguridad nacional y defensa como miembro permanente del Instituto de Empresa Americano de Washington.
Este artículo ha sido extraído de un informe pendiente de publicar encargado por el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano y la Fundación Marshall Alemana de los Estados Unidos.
Si desea más información sobre el Instituto de Empresa Americano puede consultar la dirección www.aei.org, sobre el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano puede consultar la dirección www.newamericancentury.org, y sobre la Fundación Marshall Alemana de los Estados Unidos puede consultar la dirección www.gmfus.org
|