Sumario
 


Introducción

Examen de la Ampliación

Predicciones sobre Praga
Vaclav Havel relata sus aspiraciones para la próxima Cumbre de la OTAN en Praga, la primera que se celebrará detrás del antiguo Telón de Acero.

 

No cuándo sino cómo
James M. Goldgeier compara la primera y la segunda rondas de ampliación de la OTAN, y analiza las opciones que afronta la Alianza a la vista de la Cumbre de Praga.

 

El silencio del oso
Dmitri Trenin analiza por qué no se ha producido una ruidosa oposición de Rusia ante las perspectivas de una nueva ronda de ampliación de la OTAN.

 

Siguiendo sus pasos
Andrzej Karkoszka analiza la influencia de la incorporación de los más recientes Aliados sobre la decisión de extender nuevas invitaciones para la integración en la cumbre de Praga.



Debate

¿Podrá la OTAN seguir siendo una alianza militar y políticamente eficaz si sigue creciendo?
Ronald D. Asmus versus Charles Grant


Análisis

La modernización de los ejércitos
Sebestyén L. v. Gorka analiza tres libros que tratan la reforma militar desde el final de la Guerra Fría.


Entrevista

Chingiz Aitmatov: diplomático y escritor


Reportajes

La construcción de la autopista virtual de la seda

La reconversión de las antiguas bases militares en Europa Suroriental

Opinión

Respuesta ante la crisis
Stanley R. Sloan analiza la crisis de confianza y capacidades a la que se enfrenta la OTAN tras el 11 de septiembre..




Temas militares

Planificando el futuro
Frank Boland analiza cómo el Plan de Acción para la Adhesión ayuda a los países candidatos a prepararse para el ingreso en la OTAN.




Mapas

Datos estadísticos de los países candidatos







Introducción

Esta es la primera edición de la Revista de la OTAN exclusivamente en formato electrónico. Titulada Analizando la ampliación, trata del debate sobre la ampliación en el periodo previo a la Cumbre de Praga. En los cuatro primeros artículos de este número, el Presidente checo Vaclav Havel describe sus aspiraciones para esta cumbre, la primera que va a tener lugar tras el antiguo Telón de Acero. James M. Goldgeier, Director del Instituto de Estudios Europeos, Rusos y Euroasiáticos de la Universidad George Washington, de Washington D.C., compara la primera y la segunda rondas de ampliación de la OTAN y analiza las alternativas a las que se enfrenta hoy la Alianza. Dmitri Trenin, Subdirector del Centro Carnegie de Moscú, profundiza en la ausencia de una ruidosa oposición rusa a esta ampliación. Y Andrzej Karkoszka, del Centro para el Control Democrático de las Fuerzas Armadas de Ginebra, examina la influencia que puede tener la experiencia de los aliados más recientes sobre la decisión de cursar próximas invitaciones para el ingreso en la OTAN.

En la sección de debate, Ronald D. Asmus, del Consejo sobre Relaciones Internacionales de Washington D.C., y Charles Grant, del Centro para la Reforma Europea con sede en Londres, debaten si la OTAN podrá seguir siendo una alianza política y militarmente eficaz si continúa creciendo. En los reportajes se examinan los programas que patrocina la OTAN para reconvertir antiguas bases militares para usos civiles, y para llevar Internet hasta Asia Central y el Cáucaso. Stanley Sloan, Director de la Iniciativa para Comunidad Atlántica, analiza las cuestiones a las que se enfrenta la OTAN a raíz del 11 de septiembre. Y Sebestyén L. v. Gorka, director ejecutivo del Centro para la Democracia y la Integración Euroatlántica de Budapest, reseña tres libros que tratan sobre la reforma militar tras el fin de la Guerra Fría. Y Frank Boland, de la División de Planes de Defensa y Operaciones de la OTAN, analiza el modo en que el Plan de Acción para la Adhesión ayuda a los países candidatos a prepararse para el ingreso en la Alianza. Completa el presente número un mapa interactivo, que ilustra la situación geográfica y los principales datos estadísticos de los países que aspiran a la integración en la Alianza.

Christopher Bennett





Predicciones sobre Praga

Vaclav Havel relata sus aspiraciones en la próxima Cumbre de la OTAN en Praga, la primera que se celebrará detrás del antiguo Telón de Acero.

El ingreso en la OTAN de la República Checa, Hungría y Polonia, y la extensión de esta oportunidad a otros países, ha sido la mayor y más visible prueba de la transformación de la Alianza desde el final de la Guerra Fría. En tres años, mientras los países miembros de la Alianza se preparan para la próxima Cumbre de Praga, su ampliación estará de nuevo en la agenda, al igual que el futuro mismo de la Alianza.

En relativamente poco tiempo, dos hitos históricos habrán cambiado de una forma absoluta y definitiva la visión de la misión de la OTAN, tanto dentro como fuera de la misma. Estos dos hitos fueron la intervención de la Alianza en Kosovo en 1999, y los ataques terroristas contra los EEUU el 11 de septiembre, que provocaron, entre otros efectos, que por primera vez en la historia de la Alianza se invocara el Artículo 5 del Tratado de Washington sobre defensa colectiva.

Estos dos acontecimientos - síntomas de los procesos históricos iniciados por el final de la Guerra Fría y la evolución de nuestra civilización hacia lo que ahora denominamos globalización - nos han hecho ver la magnitud de los retos de seguridad que afrontamos a comienzos del siglo XXI. Entre estas nuevas amenazas podemos contar los conflictos regionales, difíciles de prever y con el riesgo potencial de desembocar en confrontaciones a gran escala; los ataques con armas muy sofisticadas, sin aviso previo, que pueden proceder de varias direcciones; y un amplio abanico de peligros que provienen del difuso terreno donde conviven el crimen organizado, el terrorismo y la guerra civil. Por eso es éste el momento adecuado para que la Alianza lleve a cabo una revisión fundamental de su identidad, de su misión histórica y del papel que pretende desempeñar en la escena mundial.

En las últimas cumbres de la OTAN se han adoptado iniciativas que muestran que la Alianza es consciente, desde hace tiempo, de estas nuevas amenazas contra la seguridad. De hecho, hizo patente su interés al invitar a los antiguos miembros del Pacto de Varsovia, que vivieron bajo la dominación soviética hasta la caída del comunismo, a incorporarse a la Cumbre de Madrid de 1997. Esta fue la primera prueba tangible de la determinación de Occidente de acabar con la división europea. Además, la cumbre de este año tendrá lugar por primera vez en un nuevo estado miembro situado detrás del antiguo Telón de Acero.

Desde hace mucho tiempo he pensado que el futuro reside en la cooperación de grupos regionales claramente definidos, basados en unos valores comunes. Por eso creo que, por motivos culturales y geográficos, debe ofrecerse la adhesión a la Alianza a las tres Repúblicas Bálticas, Bulgaria, Eslovenia, Eslovaquia y Rumania, además de a otros estados, especialmente a los de Europa Suroriental. Aunque seguramente no será posible incorporar a la vez a todos esos países, y algunos no están aún preparados para la adhesión, la Alianza debería declarar en la Cumbre de Praga cuáles son las naciones que podrían llegar a convertirse en futuros miembros de la misma.

Una declaración de ese tipo es un requisito previo esencial para crear y desarrollar una colaboración realmente eficaz entre la Alianza y otras entidades y grupos regionales, como la Federación Rusa, cuya cooperación actual con la OTAN puede convertirse en una relación a largo plazo, mutuamente beneficiosa. Por eso la Cumbre de Praga debe ayudar a encontrar una nueva forma de asociación entre la OTAN y Rusia. También debe trazar nuevos caminos para la cooperación de la Alianza con los países de la región mediterránea, con las ex repúblicas soviéticas - en especial las de Asia Central y el Cáucaso - y con los países de Europa Suroriental.

La transformación y modernización de la OTAN, junto a las necesidades que plantea su ampliación, implican y seguirán implicando cambios de gran alcance en su doctrina militar, instituciones y estructuras, en la naturaleza de sus fuerzas armadas y mandos, así como en un cambio de prioridades hacia otros sistemas de armamento. Si el número de miembros de la OTAN aumenta tanto como espero que ocurra en un futuro próximo, será sin duda necesario reconsiderar los actuales procedimientos internos de toma de decisiones.

La campaña de Kosovo inspiró tanto el nuevo Concepto Estratégico - el documento que describe los objetivos de la Alianza y los medios militares y políticos de alcanzarlos - como la Iniciativa de Capacidades de Defensa - el programa al máximo nivel para aumentar las capacidades aliadas - adoptados en la Cumbre de Washington de 1999. Pero los acontecimientos del 11 de septiembre han hecho que el entorno de seguridad actual se concentre en un objetivo aún más concreto. Para que la Alianza defina con claridad el papel que quiere desempeñar en la campaña antiterrorista mundial, la Cumbre de Praga tendrá que incluir un nuevo análisis básico sobre el modo de operar de la OTAN. Además, tendrá que poner en marcha una transformación aún más radical de la Alianza, a fin de que ésta reafirme su posición como pilar fundamental de la seguridad internacional, y que sirva como modelo de organización comprometida con la defensa de la libertad de la humanidad.

Aunque los ataques terroristas del 11 de septiembre significaron un oscuro comienzo para este tercer milenio, la Cumbre de Praga puede ser la luz que ilumine nuestro camino. El paso del tiempo determinará la importancia real de esos trágicos acontecimientos y lo que han representado para nuestra civilización. Pero ya, en este mismo momento, debemos ser capaces de extraer ciertas conclusiones para el presente, y ojalá que Praga establezca un marco propicio e inspirador para ello. Sería realmente maravilloso si todos, dentro y fuera de la Alianza, viviéramos lo suficiente para ver el fin de la era de la división artificial del mundo. Y sería igualmente magnífico si, gracias al ejemplo dado, la Alianza contribuyera a configurar un mundo con menos sufrimiento y menos víctimas de la violencia.

Vaclav Havel es presidente de la República Checa.





No cuándo, sino cómo

James M. Goldgeier compara la primera y segunda rondas para la ampliación de la OTAN, y analiza las opciones que afronta la Alianza a la vista de la Cumbre de Praga.

En enero 1994, justo después de asistir a su primera cumbre de la OTAN en Bruselas, el Presidente de los EEUU, Bill Clinton, declaró en Praga que la cuestión no era ya si la OTAN se ampliaría, sino cómo y cuándo lo haría. Pero por aquel entonces todavía existían grandes diferencias dentro de los gobiernos de EEUU y de la OTAN sobre si era una buena idea atraer a la Alianza a antiguos miembros del bloque soviético, y la mayoría de los altos funcionarios de Occidente (y de los de Moscú) creían que la idea de la ampliación se había abandonado en favor de la Asociación para la Paz.

La incertidumbre de mediados de los 90 sobre si se produciría la ampliación es ya cosa del pasado. En la Cumbre de Praga de la Alianza, en noviembre de este año, el presidente de los EEUU, George W. Bush, y sus colegas cursarán invitaciones para el próximo grupo de países, y es probable que antes, en mayo, se anuncie un nuevo acuerdo entre la OTAN y Rusia. Lo que aún se ignora es qué países considerará la OTAN preparados para la adhesión. Y todavía resulta más incierto el papel que desempañará la OTAN en la escena mundial después de dar los próximos pasos relativos a la relación OTAN-Rusia y a la ampliación.

Gracias al impulso inicial que en otoño de 1994 le dio a la ampliación el Subsecretario de Estado de EEUU, Richard C. Holbrooke, y sus partidarios en el gobierno norteamericano, la OTAN inició en 1995 un esfuerzo lento pero constante para incorporar a los primeros miembros. El calendario se mantuvo deliberadamente impreciso, hasta que se produjo la reelección del Presidente ruso Boris Yeltsin en julio de 1996. Estando ya asegurado el segundo mandato de Yeltsin, el Presidente Clinton recomendó que la Alianza celebrara el ingreso oficial de sus últimos miembros en la conmemoración de su 50 aniversario, en la primavera de 1999. Surgieron algunos recelos durante la primavera de 1997, especialmente por parte de Francia, sobre la conveniencia de seguir adelante si no se alcanzaba un acuerdo con Rusia, pero en mayo de ese año se firmó en París el Acta Fundacional OTAN-Rusia. En el mes de julio, durante la Cumbre de la OTAN de Madrid, se cursaron invitaciones a la República Checha, Hungría y Polonia. El único incidente en la recta final de la ampliación se debió a la decisión estadounidense de dejar fuera de esta primera tanda a Rumania y Eslovenia, para especial disgusto de Francia, que había reunido apoyos de una mayoría de los Aliados para el ingreso de un grupo más completo.

En los Estados Unidos, que lideraron el proceso de ampliación entre 1994 y 1997, esta política fue posible porque la ampliación se vio apoyada, por motivaciones muy distintas, por un grupo muy variado. Los "wilsonianos", como el Presidente Clinton y el Consejero de Seguridad Nacional Anthony Lake, esperaban que la ampliación de la Alianza favorecería la adopción del libre mercado y el respeto a los derechos humanos en Europa Central y Oriental, mientras que los "proteccionistas", como el Presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado Jesé Helms y ex altos cargos como Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, ponían el énfasis en el crecimiento de la Alianza como protección contra un posible resurgimiento ruso en la región. 

Preocupaciones

En la primera fase de la ampliación, al debatir el Senado de los EEUU su aprobación a la entrada en la OTAN de la República Checa, Hungría y Polonia, tres cuestiones centraron sus preocupaciones: los costes financieros para los otros miembros, la reacción de Rusia y si resultaría inmanejable una Alianza ampliada. Dado que a los senadores les resultó difícil de entender el sistema presupuestario de la OTAN, la cuestión del posible coste no quedó clara, pero se estimó que los tres candidatos tenían un nivel económico suficiente para pagar sus propias necesidades. La preocupación sobre Rusia se vio atenuada por la disposición de Yeltsin a firmar el Acta Fundacional y, aunque existían dudas sobre la cohesión de una Alianza ampliada, en principio una OTAN con 19 miembros no parecía muy diferente de una de 16.

La eventual segunda ronda de ampliación de la OTAN tras la Guerra Fría no es en absoluto tan problemática como la primera. Muchos cuestionaron la credibilidad de la promesa de "puertas abiertas" cuando no se cursaron más invitaciones en la Cumbre conmemorativa del 50 aniversario de Washington en 1999, pero la creación, entonces, del Plan de Acción para la Adhesión y, sobre todo, el anuncio de que la OTAN analizaría los progresos de los nueve aspirantes oficiales a la adhesión durante su cumbre de 2002, obtuvo el efecto pretendido por los defensores de la ampliación: obligaba a la OTAN a un proceso en el cual un rechazo a nuevas adhesiones en 2002 arrojaría grandes dudas sobre la credibilidad de la Alianza. Cuando el Secretario General de la OTAN, Lord Robertson, declaró en verano de 2001 que la "opción cero" estaba ahora "fuera de toda consideración" para la Cumbre de Praga de 2002, la siguiente fase de ampliación ya no era una cuestión de cuándo, sino de quiénes.

La segunda ronda se ha visto facilitada por los cambios en las relaciones entre Europa, Estados Unidos y Rusia. Durante los primeros años de la era Clinton, se temía que Rusia pudiese abandonar sus esfuerzos de reducción de su arsenal nuclear, o que una reacción interna provocaría la vuelta al poder de los comunistas en las elecciones de 1996. Durante la primera mitad de 2001, la administración Bush estuvo menos preocupada por las reacciones de Rusia de lo que había estado en 1996 el equipo de Clinton, pues el nuevo grupo rector de la política exterior norteamericana ya no veía a Rusia como la cuestión central para la diplomacia de los EEUU. También había consenso sobre que el principal punto de fricción con Rusia a finales de los 90 no había sido la ampliación, que por sí sola hubiera sido aceptada en la primavera de 1999, sino la campaña de Kosovo, que causó un deterioro de las relaciones EEUU-Rusia hasta su punto más bajo desde mediados de los 80. Pero, a raíz del 11 de septiembre de 2001, estas relaciones han mejorado espectacularmente tras manifestar el Presidente Vladimir Putin una absoluta disposición a cooperar en la campaña antiterrorista y haber comenzado a circular propuestas para un refuerzo de la relación institucional entre la OTAN y Rusia. Como consecuencia de ello, las preocupaciones por una posible reacción rusa, tan acuciantes entre 1994 y 1997, han desaparecido en su mayor parte.

Lo mismo ocurre con las Repúblicas Bálticas. En marzo de 1997 el Presidente Yeltsin intentó infructuosamente llegar en Helsinki a un "pacto de caballeros" con el Presidente Clinton, por el cual los países bálticos - Estonia, Letonia y Lituania - nunca se convertirían en miembros de la OTAN. Desde entonces, Rusia ha tenido que aceptar que no puede impedir que esos tres países entren en la Alianza.

Dicho esto, y puesto que las relaciones OTAN-Rusia han mejorado, la cuestión del proceso de toma conjunta de decisiones ha ocupado el centro de la escena. De hecho, a finales de 2001 la OTAN y Rusia anunciaron que informarían sobre los detalles de un sustituto para el Consejo Conjunto Permanente (PJC), el foro OTAN-Rusia creado por el Acta Fundacional de 1997, en la reunión de Ministros de Asuntos Exteriores de mayo de 2002. Aunque el optimismo por las perspectivas en las relaciones OTAN-Rusia probablemente sea mayor que nunca, el principal problema que existía en el PJC difícilmente se verá superado en un nuevo organismo, puesto que la OTAN distingue entre países miembros y no miembros. En el PJC, la OTAN tiene que alcanzar un consenso entre 19 antes de discutir una cuestión con Rusia. Esta característica estructural significó que para los Aliados, el papel de Rusia parecía ser en gran medida el de socavar el acuerdo existente dentro del Consejo del Atlántico Norte, mientras que para Moscú parecía que Rusia había sido invitada al PJC simplemente para darle a la OTAN luz verde a todo lo que sus miembros habían ya decidido con anterioridad.

Es posible que la OTAN y Rusia lleguen a desarrollar un mecanismo que dote a esta última de un papel relevante para el proceso de toma de decisiones en algunas cuestiones, como la lucha antiterrorista y las acciones contra la proliferación de armas de destrucción masiva. Pero la experiencia del PJC y del Centro Conjunto Ruso-Estadounidense de Alerta Temprana, que se anunciaron con grandes fanfarrias y después resultaron incapaces de estar a la altura de sus promesas, debe hacernos ser cautos en nuestras expectativas sobre lo que realmente se llegará a conseguir. Para asegurar que el nuevo organismo conjunto OTAN-Rusia sea más efectivo que su predecesor, se necesitará nuevo personal ruso en la OTAN, con directrices y capacitación para implicarse de forma constructiva con sus homólogos.

El debate

Lo más extraordinario de la segunda ronda de la ampliación no es la falta de preocupación por la reacción rusa, sino la ausencia de debate, hasta el momento, sobre las consecuencias de dicha ampliación en el funcionamiento de la Alianza. Quizás el pasar de 16 a 19 no pareciera un gran cambio, pero ¿qué ocurrirá al pasar de 19 a 24 o incluso a 26? Si 2002 nos trae a la vez una mejor relación con Rusia y un gran aumento en el número de miembros, el papel futuro de la Alianza se puede ver profundamente afectado.

Es probable que durante los debates en el Senado de EEUU sobre la segunda ronda de ampliación surjan preguntas difíciles referentes al impacto que tendrá una nueva ampliación sobre el modo en que la OTAN funciona como una alianza. Para algunos legisladores estadounidenses, esta nueva tanda puede que no represente una contribución suficiente para la capacidad militar de la OTAN, frente a la primera ronda en la que, al incluirse un país del tamaño y recursos de Polonia, se estimaba que se estaba aumentado el potencial militar de la OTAN. Pero desde entonces han surgido dudas sobre la capacidad de los tres primeros nuevos miembros para mantener sus compromisos. Además, el argumento de que a los miembros más antiguos les ha costado alcanzar los objetivos de gasto no funciona con los escépticos.

La cuestión del potencial que puedan aportar los nuevos miembros resulta esta vez más evidente. Desde mi punto de vista, un escenario probable para la Cumbre de Praga sería que se invitase a los siguientes países: Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia y Lituania. El no invitar a las Repúblicas Bálticas sería una concesión ante el chauvinismo ruso tan evidente que resultaría políticamente inaceptable. Eslovenia ha cumplido los criterios de adhesión desde 1999, o incluso desde 1997. Y Eslovaquia se hubiera visto incluida en la primera ronda de ingreso si hubiese tenido otro gobierno a mediados de los 90.

El problema estriba en que, pese a la voluntad de todos los aspirantes, y en especial de los países bálticos, de apoyar a la Alianza en general y a los Estados Unidos en particular, se trata de países con recursos, población y capacidades limitados. Además, si el próximo mes de septiembre gana las elecciones en Eslovaquia el partido del ex Primer Ministro Vladimir Meciar, quedarían solamente como candidatos más probables cuatro países bastante pequeños. Haría falta al menos un país con un cierto tamaño o situación geoestratégica para que esta ronda de ampliación pareciese representar un avance significativo desde el punto de vista militar. Esta consideración podría abrirles las puertas a Bulgaria y Rumania, pero aunque ambas proporcionaron a la OTAN un apoyo muy útil durante la campaña de Kosovo, las dificultades políticas y económicas que en los últimos años acosan a los dos países pueden impedirles sacar provecho de la situación. Aunque pueda ser cierto que la ampliación no tenga ninguna relación con la mejora de las capacidades, el que esto sea tan evidente podría desatar un agrio debate sobre el propósito de la Alianza, tanto en el Senado de los EEUU como en otros foros.

La OTAN ha decidido explorar las posibilidades de creación de un nuevo organismo OTAN-Rusia, y de la acogida de nuevos miembros en 2002. Lo que no ha hecho es embarcarse en una búsqueda de sí misma y del papel que según sus miembros debe desempeñar como tal alianza en la respuesta frente a las amenazas presentes y futuras. Aunque a menudo recordamos el importante papel de la OTAN en los Balcanes en los 90, tendemos a olvidar la importancia que los Balcanes tuvieron para ella. Las misiones en Bosnia-Herzegovina y Kosovo dieron a la OTAN una raison d'être tras el derrumbamiento de la Unión Soviética. Pero, después del 11 de septiembre, estas misiones no serán suficientes para mantener la importancia de la OTAN durante esta década. Las nuevas amenazas contra Europa y Norteamérica (y contra Rusia) provienen del exterior de Europa, no de su interior. La OTAN tiene aún que sufrir un cambio para ser una organización capaz de proteger a sus miembros frente a las amenazas actuales previstas en el Artículo 5. Éste es el desafío fundamental que afronta la OTAN, cuando está ampliándose de nuevo e intentando trabajar más estrechamente con Rusia.

James M. Goldgeier es Director del Instituto de Estudios Europeos, Rusos y Euroasiáticos de la Unversidad George Washington, y miembro senior adjunto del Consejo sobre Relaciones Exteriores. Es autor del libro "No si, sino cuando: la decisión de EEUU de ampliar la OTAN" (Brookings, Washington, 1999).




El silencio del oso

Dmitri Trenin analiza por qué no se ha producido una ruidosa oposición de Rusia ante las perspectivas de una nueva ronda para la ampliación de la OTAN.

¡Cuántas cosas pueden llegar a cambiar en cinco años! Cuando la OTAN debatió su ampliación en los 90, se trató de un acontecimiento audaz y controvertido. Por un lado, la Alianza pretendía extender la zona de seguridad y prosperidad europea para incluir a los ex miembros del Pacto de Varsovia, pero por otro, se arriesgaba a provocar el enfado de Moscú y sembrar temores y sospechas sobre sus ambiciones y papel futuro, al admitir a países ahora fronterizos con Rusia, que habían sido aliados de la Unión Soviética durante la Guerra Fría. La decisión de invitar a la República Checa, Hungría y Polonia a ingresar en la Alianza, adoptada en la Cumbre de la OTAN de Madrid de 1997, fue a la vez alabada como un avance hacia la consolidación de la seguridad europea y criticada como un intento de volver a trazar "líneas divisorias" en el continente.

Por el contrario, la próxima Cumbre de Praga parece provocar un anticlímax. La admisión de más miembros en una Alianza ya ampliada parece un asunto casi rutinario. Se cursarán nuevas invitaciones a los posibles socios que están ya más o menos identificados y es improbable que los parlamentos nacionales pongan obstáculos a la ratificación de los tratados de adhesión. Pero lo que resulta todavía más sorprendente es el silencio ruso. Algunos comentaristas no dudan en atribuir esta actitud a la nueva clase de relaciones surgidas entre Rusia y Occidente desde los ataques terroristas de septiembre de 2001 contra los Estados Unidos, pero un análisis detallado de las declaraciones y actuaciones del Presidente Vladimir Putin sugiere que el actual líder ruso ha aprendido de los errores de su predecesor, Boris Yeltsin, y que ya en 2000 tomó conscientemente la decisión de seguir una política muy diferente.

La experiencia adquirida se puede resumir de la siguiente forma. En primer lugar, Rusia no tiene ni el poder ni la influencia necesarios para bloquear el ingreso en la OTAN de otros países europeos. Además, si intentase hacerlo, casi seguro que fracasaría, y cuanto más lo intentara, más contraproducente resultaría dicha política. En segundo lugar, tal y como se ha podido ver con el ejemplo polaco, la ampliación de la OTAN, en realidad, no perjudica a la seguridad militar rusa. En tercer lugar, las legítimas preocupaciones rusas relativas a su seguridad pueden ser abordadas por la Alianza como una parte integrante del proceso de ampliación. En cuarto lugar, tras ingresar en la OTAN los antiguos miembros del Pacto de Varsovia se han sentido lo bastante seguros como para acudir a Moscú para forjar unas mejores relaciones, lo que ha dotado de mayor estabilidad y seguridad a esta parte de Europa. Por último, limitar los daños no es suficiente. Para evitar crisis futuras, Rusia debe orientarse hacia una relación más orgánica con la OTAN.

Por supuesto, esto no significa que la clase dirigente rusa piense que la ampliación de la OTAN resulte beneficiosa o favorable a sus intereses. El "silencio del oso" no debe malinterpretarse por Occidente como un esperanzador "nuevo comienzo". La mayoría de la clase dirigente rusa, y en especial la relacionada con temas exteriores, de defensa y de seguridad, se siente aún resentida por lo que algunos llaman la "marcha hacia el Este" de la OTAN, que socava su autoestima y el concepto tradicional de Rusia como gran potencia.

La pasión rusa

El aspecto de la ampliación de la OTAN que más pasiones levanta en los círculos políticos rusos es la posibilidad de que se cursen invitaciones a Estonia, Letonia y Lituania. Tal y como están las cosas, la mayoría de los analistas creen que se invitará a unirse a la Alianza al menos a uno de ellos, y posiblemente a los tres, lo que resultaría problemático al unirse por primera vez a la OTAN un territorio de la antigua Unión Soviética, cuestión fundamental según el punto de vista ruso. Aunque la élite rusa ha asumido la fuerte reducción de su influencia en Europa Central y los Balcanes de los últimos años, la pérdida de su estatus de superpotencia ha sido un proceso doloroso, y la admisión de los estados bálticos en la OTAN supone traspasar una nueva frontera que, a pesar de ser fundamentalmente simbólica, tiene su importancia.

La probable ampliación de la OTAN en el Báltico se produciría justo después de que Moscú haya tenido que tragarse otra amarga píldora, la evidencia del despliegue permanente de fuerzas militares europeas y de EEUU - a veces erróneamente denominado despliegue de la OTAN - en la antigua Asia Central soviética. Una de las principales consecuencias del apoyo ruso a la "guerra contra el terror" dirigida por los EEUU ha sido la renuncia a uno de los más importantes principios de la estrategia de seguridad rusa: el de impedir que potencias extranjeras llegasen a obtener bases militares en el territorio de la antigua Unión Soviética. La incorporación de ex repúblicas soviéticas a la OTAN sería la gota que rebosase el vaso, y podría provocar una revuelta interna contra el Presidente Putin. Pero, por otro lado, éste debería ser capaz de superar la oleada de críticas que con toda seguridad acompañarán la entrada de los países bálticos en la OTAN, e incluso podría utilizar estos sucesos para promover la creación de un nuevo pensamiento estratégico ruso.

La decisión del Presidente Putin de no enfrentarse a Occidente en cuestiones geopolíticas tradicionales descansa sobre cálculos muy pragmáticos, basados en las necesidades de la economía rusa y en la comprensión de que defender lo indefendible constituye una causa perdida. Pero gran parte de la opinión pública y de la clase dirigente relacionada con asuntos exteriores y defensa adolece de falta de visión. Para ellos, Occidente sigue siendo astuto y traicionero, mientras que sus propios dirigentes resultan ser tremendamente ingenuos al no oponerse a la nueva ampliación, que provoca que Rusia se vaya viendo progresivamente rodeada por la OTAN. Hay que convencer a estos críticos de que se están atendiendo los intereses de seguridad de su país.

El desafío más inmediato para el Kremlin estriba en gestionar el ingreso de los países bálticos en la Alianza, si es que se hace realidad. Para poder manejar esta cuestión, el Presidente Putin esperará como mínimo un paquete de medidas orientadas a minimizar la percepción de que se trata de un ofensa para Rusia, entre ellas compromisos similares a los realizados durante la primera tanda de ampliación - por ejemplo, no desplegar armas nucleares ni estacionar de forma permanente en tiempo de paz fuerzas extranjeras en el territorio de los nuevos países miembros. También solicitará, seguramente, la adhesión de los países bálticos al Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (CFE) de 1990, que dotaría de mayor transparencia a las actividades militares y al estacionamientos de fuerzas militares en las Repúblicas Bálticas. Resulta irónico que la pertenencia a la OTAN posiblemente ayude a mejorar las relaciones entre estos países y Rusia, de forma similar a lo ocurrido entre Polonia y Rusia en los últimos años. El factor clave para Estonia y Letonia será el ritmo de integración de las minorías rusas en esos países. Una vez que se hayan cursado las invitaciones, el conseguir un grado adecuado de cohesión interétnica en ambos países probablemente llegue a ser un asunto importante para el conjunto de la OTAN.

El enclave ruso de Kaliningrado, con una población de 900.000 habitantes y situado a orillas del Báltico, entre Lituania y Polonia, plantea un problema especial. El gobierno ruso ha descartado claramente la opción denominada "fortaleza de Kaliningrado", y el número de efectivos estacionados en la zona disminuye de forma constante. Pero, aunque Moscú esté reduciendo gradualmente su presencia militar, este proceso, probablemente, será largo, y no acabará en la desmilitarización total de Kaliningrado, pues Moscú estima que necesita mantener una cierta presencia militar para impedir cualquier tentativa secesionista. Esto plantea la cuestión del paso hacia el enclave, cruzando o sobrevolando el territorio de la OTAN. En este punto la solución debería ser relativamente sencilla, y podría basarse en el acuerdo actual entre Lituania y Rusia, que desde principios de los 90 funciona de una forma bastante eficaz.

Un planteamiento más imaginativo a la cuestión de Kaliningrado pasaría por intensificar los vínculos entre militares en la región, adoptando medidas como una participación rusa de verdadera importancia en la Asociación para la Paz y un control conjunto del tráfico aéreo. Una idea audaz, propuesta por un académico moscovita, consistiría en integrar oficialmente una unidad rusa dentro del cuerpo internacional danés-germano-polaco que tiene su cuartel general en Szczecin (Polonia). Pero la dimensión militar del problema se ve eclipsada por las cuestiones económicas y sociopolíticas. Aunque Moscú haya descartado la opción de la "fortaleza de Kaliningrado", todavía necesita presentar una estrategia realista para convertir esta aislada oblast rusa en un campo de pruebas para forjar unos vínculos más profundos con la Unión Europea. 

Enterrar el hacha de guerra

El gran problema de Moscú respecto a la ampliación de la OTAN lo constituye su propia incapacidad para integrarse adecuadamente en el marco de seguridad euroatlántico. Muchos de los que en Rusia están a favor de dicha integración tienen la sensación de que las puertas de la Alianza están abiertas para todos los países europeos, menos para Rusia, y temen que a lo más que puede aspirar su país es a permanecer paciente y silenciosamente al final de una larga cola, sin ninguna garantía de admisión. Esto provoca los ocasionales intentos rusos de "saltarse la cola" y presionar por una relación exclusiva con la Alianza, e incluso por una pronta adhesión. Tanto si se expresa en términos de buscar un status superior o de deseos de formar parte del proceso de toma de decisiones de la OTAN, Rusia tiene un auténtico interés nacional en enterrar el hacha de guerra.

Los sucesos de los últimos meses han demostrado lo difícil que es desarrollar un nuevo acuerdo entre la OTAN y Rusia, y resaltado, a la vez, lo importante que resulta esto para ambas partes. En lo que concierne a los gobiernos aliados, la ampliación y las relaciones con Rusia están vinculados a la cuestión, mucho más amplia, del futuro de la OTAN. Los debates sobre dicho futuro tienden a centrarse sobre la importancia del vínculo transatlántico y sobre la necesidad de mejorar las capacidades militares y el reparto de cargas entre los Aliados. Se presta menos atención al hecho de que una de las mayores fortalezas de la OTAN - y, tras el final de la Guerra Fría, seguramente la mayor - reside en su dimensión política.

Al integrar primero a Italia y después a la República Federal Alemana, la Alianza ayudó a dotar de paz y estabilidad a Europa Occidental tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque la integración económica fue esencial para cimentar esta paz, la alianza militar vino antes, proporcionando la estabilidad y confianza que se precisan para una regeneración económica. Además, la Alianza sirvió también como un anclaje estratégico para las grandes potencias tradicionales en Europa, Francia y Reino Unido, una vez que éstas se habían despojado de sus posesiones de ultramar. Incluso cuando los miembros de la Unión Europea se esfuerzan en crear una política de defensa y seguridad europea, la OTAN sigue siendo la institución primordial para el sostenimiento de su seguridad.

El ingreso en la OTAN de los países centroeuropeos ya ha ayudado a consolidar la democracia y el imperio de la ley en estos países, especialmente al reformar las relaciones entre civiles y militares. Además, la misma aspiración a la adhesión ha contribuido a fomentar la estabilidad en Europa Suroriental y la región del Báltico, puesto que la Alianza insiste en que los países candidatos deben resolver las cuestiones pendientes sobre fronteras y minorías nacionales antes de poder optar a dicha adhesión. Y de una forma indirecta, pero de gran importancia, la ampliación de la OTAN proporciona una especie de seguro político para las inversiones extranjeras en los nuevos países miembros, contribuyendo a su desarrollo económico. Aunque este proceso de ampliación será evolutivo y en absoluto automático, cuanto más dure se opercibirá como algo "técnico".

La OTAN seguirá desempeñando su papel en la gestión y prevención de crisis en los Balcanes, y colaborará en una paz sostenible en aquel lugar. Afortunadamente, el número de situaciones políticamente explosivas en Europa se ha reducido desde principios de los noventa, y probablemente vaya a haber menos "Bosnias" y "Kosovos". Respecto al flanco sur de la OTAN, el Diálogo Mediterráneo de la Alianza aborda una gran variedad de cuestiones dinámicas, pero son principalmente los canales diplomáticos europeos y norteamericanos los que persiguen el desarrollo de una fórmula para la paz duradera en Oriente Medio.

La integración entre Rusia y la OTAN podría ser el próximo proyecto a largo plazo de la Alianza. Es cierto que se trata de un objetivo ambicioso, pero que gradualmente tiende a hacerse factible. Exigirá un esfuerzo grande y sostenido, pero el premio final - una Europa completa y libre - hace que el esfuerzo valga la pena. Dentro de este contexto, el debate sobre una posible adhesión rusa a la Alianza resulta engañoso. Aunque todavía faltan unos cuantos años para ello, la fórmula correcta para crear una nueva relación podría ser una alianza de Rusia con la OTAN. El resultado final de una política occidental inteligente será una nación rusa en armonía con sus vecinos europeos. Por el momento, el objetivo primordial debe ser la utilización de la cooperación entre la OTAN y Rusia para enfrentarse a la nuevas amenazas contra la seguridad, como el terrorismo internacional y la proliferación de armas de destrucción masiva, a fin de ayudar a desmantelar las formidables infraestructuras de la Guerra Fría que todavía perduran.

Por encima de todo, la nueva relación de cooperación debe basarse en la inclusión, no en la exclusión, y darle a la dirección política rusa suficientes garantías para que pueda iniciar una revisión fundamental de los planes de defensa y la doctrina militar de su país. El Presidente Putin debe ser invitado oficialmente a Praga , y debe acudir. Pero antes de que tenga la oportunidad de aprobar con su presencia la nueva ronda de ampliación, debe ser capaz de demostrar a sus conciudadanos que la OTAN es un amigo que crece, no un adversario en expansión.

Dmitri Trenin es vicedirector del Centro Carnegie de Moscú.




Siguiendo sus pasos

Andrzej Karkoszka analiza la posible influencia de la incorporación de los más recientes Aliados en la decisión de extender nuevas invitaciones para la integración en la cumbre de Praga.

Según se aproxima la Cumbre de Praga de la OTAN, se intensifica también el debate sobre el futuro de la Alianza, su extensión y su influencia en el mundo. Antes de cualquier decisión, deberíamos analizar los problemas que afrontó la OTAN en los años que precedieron a la Cumbre de Madrid - en la que se tomó la histórica decisión de invitar a la adhesión a antiguos miembros del Pacto de Varsovia - así como la experiencia, como candidatos y como miembros, de los tres nuevos Aliados. Así, por ejemplo ¿es hoy Europa un lugar más seguro como resultado de su ampliación en 1999? La admisión de nuevos miembros ¿ha reforzado o debilitado a la OTAN? ¿Estaban justificados los temores por las posibles consecuencias negativas de ese paso histórico?

Aunque el balance global de su pertenencia a la OTAN es indudablemente positivo, los años transcurridos desde la Cumbre de Madrid no han resultado nada fáciles para la República Checa, Hungría y Polonia. Las dificultades financieras, el declive económico de sus principales socios comerciales, y la campaña de la OTAN en Kosovo han puesto a prueba su compromiso de ser "contribuyentes", y no "demandantes", de seguridad, y también su fiabilidad como miembros de la Alianza. Además, les ha resultado difícil superar el legado de más de cuatro décadas de régimen comunista.

Cuando la OTAN tendió en 1990 una "mano de amistad" hacia sus antiguos adversarios del Pacto de Varsovia, pocos analistas podían prever que, en siete años, tres de ellos se incorporarían a la Alianza. Además de los muchos obstáculos políticos existentes, estos países poseían fuerzas armadas incompatibles desde el punto de vista militar con las de los países de la OTAN. La adaptación a los estándares de la OTAN de las capacidades militares y las políticas de defensa de los candidatos parecía que iban a tardar décadas. Después de todo, pasó más de una década tras la adhesión antes de que los ejércitos alemanes y, más tarde, los españoles, pudiesen integrarse plenamente con los de los demás países de la OTAN.

Al final, los obstáculos políticos resultaron un problema menor dada la resolución y tenacidad de los países de Europa Central y Oriental para construir un sistema democrático, con economía de libre mercado y una sociedad basada en el respeto a la ley. En cambio, la reforma de los ejércitos checo, húngaro y polaco resultó ser una tarea más ardua de lo previsto, debido al legado de las estructuras, doctrina y mentalidad soviética. Pero, pese a las muchas incompatibilidades técnicas y de procedimiento, que aún persistían en el momento de la adhesión, los tres nuevos miembros se las han arreglado para operar dentro de las estructuras militares integradas de la OTAN.

La clave para que los ejércitos de los tres nuevos miembros alcanzasen el máximo nivel básico de interoperatividad con las fuerzas armadas de la Alianza fue el programa de la Asociación para la Paz. Aunque al principio se interpretó por parte de los países de Europa Central y Oriental como un mecanismo que permitía a unos miembros de la OTAN poco entusiastas retrasar la decisión sobre un rápido ingreso en la Alianza, al final demostró ser un medio extremadamente eficaz para, de una forma gradual, conseguir forjar vínculos profesionales, armonizar normas y procedimientos, y transformar las compatibilidades técnicas y organizativas en sistemas que funcionen. Cuando los militares de los tres países candidatos se dieron cuenta de que la Asociación para la Paz era el mejor camino para el ingreso en la OTAN, se convirtieron en sus más entusiastas partidarios.

La reforma militar

Retrospectivamente, resulta evidente que la Asociación para la Paz y el Proceso de Planificación y Análisis (PARP) - un proceso que establece para los participantes unos requisitos detallados de interoperatividad y capacidad, y revisiones en los progresos realizados durante su consecución - solo supusieron una parte de la ayuda necesaria para completar la reforma de los ejércitos del antiguo Pacto de Varsovia, que les permitió alcanzar los niveles necesarios para afrontar los futuros requisitos de seguridad. La tarea de implementar estas reformas resultó ser un desafío mucho mayor de lo esperado. Los presupuestos de defensa eran escasos, se carecía de planificación y programación de la defensa, el nivel de la preparación de la tropa y de los sistemas de armamento era bastante bajo, las diferencias de capacidad tecnológica parecían insalvables, y la capacidad de disponer sobre el terreno de personal suficiente para operar dentro de las estructuras de la Alianza resultaba insuficiente.

La transformación técnica y organizativa de los sistemas de defensa de los tres nuevos miembros resultó ser el menor de los dos problemas principales, sin tener en cuenta la cuestión de los recursos. Tuvieron mucha mayor entidad los cambios de carácter político, como la introducción de un sistema democrático de control civil sobre las fuerzas armadas. Pronto aparecieron dificultades al respecto, debidas por un lado a la oposición de los militares que temían perder su gran influencia en cuestiones de estrategia, presupuestos, compras y personal, y por la otra, por la falta de civiles suficientemente cualificados.

La dolorosa experiencia de la reforma militar de la República Checa, Hungría y Polonia, contribuyó al desarrollo de Plan de Acción para la Adhesión (MAP), un programa para preparar a los siguientes candidatos a una futura integración en la OTAN. El MAP es un mecanismo más potente que la Asociación para la Paz o el PARP, y dota a la OTAN de los medios para evaluar el rendimiento de los candidatos y de las otras naciones participantes, con una mejor comprensión de los requisitos para una futura incorporación. Aunque el MAP no ayuda directamente a la resolución de todos los problemas de la consecución de las capacidades militares exigidas, sí que proporciona una mayor oportunidad de preparación para los retos futuros.

El coste de la ampliación para la Alianza fue un punto clave en el periodo previo a la Cumbre de Madrid. Las primeras estimaciones de unos diez mil millones de dólares resultaron demasiado elevadas al haberse basado en cálculos influidos por unos escenarios y una mentalidad provenientes de la Guerra Fría. La OTAN ha hecho frente con cierta facilidad al coste adicional. Pero los nuevos miembros tuvieron que esforzarse mucho para cumplir con las obligaciones financieras que suponía la adhesión. Aunque los tres países definieron programas globales para la modernización y reorganización de sus fuerzas armadas antes de unirse a la Alianza, estos planes no reflejaban las reformas esenciales necesarias, y se basaban en predicciones sobre el crecimiento económico que resultaron ser bastante optimistas. La ralentización de la economía hizo difícil el mantenimiento de los niveles deseados de gasto en defensa.

A pesar de la declaración de su Parlamento instando al gobierno a aumentar el gasto militar hasta el tres por ciento del PIB, Polonia no ha conseguido aumentar los recursos asignados a la defensa. Tampoco Hungría ha podido cumplir la promesa dada durante las negociaciones para la ampliación, de aumentar el gasto militar en un 0,1 por ciento anual. Además, las reducciones de fuerzas llevadas a cabo en la República Checa y Hungría para ahorrar recursos que se dedicarían a la actualización de los sistemas técnicos, resultaron insuficientes. Se necesita financiación adicional durante un largo periodo de tiempo para conseguir esos objetivos, y muchos de los proyectos han tenido que ser aplazados. Para cumplir sus obligaciones dentro de los objetivos de fuerza y estándares de preparación de la OTAN, los tres nuevos miembros están abriendo una brecha cada vez más amplia dentro de sus fuerzas armadas entre las unidades de primera línea y reacción rápida, con unos niveles de armamento y preparación relativamente altos, y el segundo nivel de fuerzas, con equipamientos anticuados, menor entrenamiento y una moral más baja. El cumplimiento de las obligaciones contenidas en los objetivos de fuerza que se aprobaron conjuntamente pudo conseguirse tras de muchos esfuerzos, lo que indica que se establecieron objetivos sin una adecuada comprensión de los recursos necesarios.

La principal lección, que los tres nuevos miembros aprendieron de la forma más dura, es que las decisiones sobre la financiación de la defensa deben ser políticamente sostenibles a largo plazo, lo que requiere un amplio consenso social y político. Incluso en Polonia, el elevado prestigio del que gozan las fuerzas armadas y el apoyo inquebrantable de la opinión pública a la pertenencia a la OTAN durante el último decenio no se han traducido en un apoyo similar al aumento del gasto en defensa, que se ha mantenido estable ligeramente por encima del dos por ciento del PIB. Los planes de modernización de la defensa necesitan mayor gasto o una reestructuración más drástica, pero la bondad del entorno de seguridad y los retos que suponen los preparativos para el ingreso en la Unión Europea hacen muy difícil el conseguir apoyos para un aumento del gasto en defensa. Por otro lado, la opción de una drástica reestructuración se ve entorpecida por la resistencia de las instituciones, y por las incertidumbres sobre cómo debería realizarse dicha reestructuración, y cuáles deberían ser las prioridades. Y esto no supone sólo un problema para los nuevos miembros, pues muchos de los Aliados más antiguos afrontan dificultades similares.

La campaña de Kosovo

La amenaza que la violencia en Kosovo suponía para la estabilidad en Europa Suroriental puso ante un inmenso desafío tanto a la Alianza como a los nuevos miembros. La controvertida decisión de intervenir necesitaba de un alto grado de cohesión y consenso, que para muchos analistas iba a resultar más difícil tras el ingreso de tres nuevos miembros. En realidad no ocurrió así, pues la decisión de intervenir resultó tan fácil de adoptar con 19 miembros como hubiera sido con 16. Sin embargo, los nuevos miembros vieron inmediatamente puestos a prueba sus compromisos de lealtad, y se les pidió que demostraran en la práctica el aprecio por los valores de la Alianza que habían manifestado durante las negociaciones y preparativos para la adhesión.

Tomar la decisión de intervenir en Kosovo no fue algo fácil para los nuevos miembros, pues todos ellos habían mantenido históricamente buenas relaciones con Yugoslavia, y una particular disposición amistosa hacia Serbia. Además, Hungría estaba particularmente preocupada por las posibles represalias contra la minoría húngara dentro de Yugoslavia. La opinión pública de los tres países, y sobre todo la de la República Checa, no estaba totalmente convencida de las razones de esta acción militar, y sus fuerzas armadas no esperaban ser convocadas tan pronto, y se resistían a asumir un gasto adicional. Pero tanto estas cuestiones como otras muchas se discutieron abiertamente antes de que el Consejo del Atlántico Norte tomara su decisión de emprender las operaciones, fundado en la necesidad de mantener la estabilidad regional y en la urgencia de la situación humanitaria. En esos momentos críticos, los tres nuevos miembros afrontaron su primera y más difícil prueba, y todos ellos participaron en la campaña y en las subsiguientes misiones de mantenimiento de la paz.

Aunque las cautelas que se expresaron antes de la Cumbre de Madrid sobre los posibles efectos negativos de la ampliación sobre la cohesión y la eficacia de la OTAN han resultado infundadas, puede que no siempre ocurra así. Si un grupo numeroso de países se uniera a la Alianza, podría ocurrir que no resistieran la presión y se colapsaran o, como mínimo, se debilitaran. Esta preocupación puede resultar injustificada, como ya ocurrió en el pasado. A fin de cuentas, el apoyo y cooperación recibidos de países como Albania, Bulgaria, Rumania y la antigua República Yugoslava de Macedonia * durante las operaciones en Kosovo, que a menudo requirió resueltas decisiones políticas y un fuerte sentimiento de afinidad con los objetivos de la Alianza, resultó verdaderamente ejemplar. En cualquier caso, este tema debe ser abordado antes de cursar nuevas invitaciones. En esta ocasión la cuestión del número puede, por sí sola, ser el problema principal, al crear una sobrecarga, más que política, administrativa.

Las relaciones con Rusia

Entre la multitud de complicaciones que rodearon en los 90 el debate sobre la ampliación, la cuestión de las relaciones con Rusia fue una de los más difíciles. Aun careciendo de voz y voto sobre la decisión, o de cualquier poder de veto, Rusia se veía entonces y es vista ahora como un socio indispensable en la tarea del fomento y mantenimiento de la seguridad en el área euroatlántica. Pero a pesar de que la ampliación no estuvo nunca en absoluto dirigida contra Rusia, ni fue contemplada por la Alianza o por los tres países candidatos como un obstáculo para unas relaciones amistosas, Moscú no compartía ese modo de pensar. Su sentimiento de gran potencia y la larga tradición de dominación sobre sus vecinos hacían difícil la aceptación de que los antiguos aliados optaban por seguir su propio destino. La intransigencia acabó arrinconando a Rusia, de modo que solamente pudo influir en los acontecimientos convirtiéndose en un problema, como ocurrió en 1997 durante las negociaciones del Acta Fundacional. Además, las falsas apreciaciones y las sospechas se vieron agravadas por la campaña de Kosovo.

Desde el punto de vista de los candidatos, especialmente en el caso polaco, la política rusa a finales de los 90 pretendía conservar un droit de regard especial en Europa del Este, y reducir el valor de la ampliación intentado forzar una adhesión de segunda categoría para los nuevos candidatos, que socavaría las garantías de seguridad que refleja el Artículo 5. Si ésta fue de verdad la intención rusa, no cabe duda que fracasó. La OTAN, por su parte, hizo todo lo que pudo para convencer a Rusia de la bondad de sus intenciones, sin invalidar por ello sus obligaciones hacia los nuevos socios, procurando adoptar una prudente política de fomento de la confianza que se plasmó en la decisión de no estacionar fuerzas de la Alianza ni armas nucleares en el territorio de los nuevos miembros.

La experiencia de los últimos tres años, y de la cooperación para el fomento de la paz en la antigua Yugoslavia, ha convencido a muchos rusos de que pueden convivir con una OTAN ampliada. Esto se refleja, por ejemplo, en la reciente mejora de relaciones entre Rusia y Polonia. Tras casi un decenio de desconfianza mutua, ambos países han sabido llevar sus relaciones bilaterales a un nivel de igualdad y mutuo beneficio. De hecho, a pesar de las primeras predicciones, el ingreso en la OTAN de la República Checa, Hungría y Polonia no ha provocado ningún deterioro en sus relaciones con Rusia.

Aunque Moscú sigue sin mostrarse convencido por los argumentos favorables a la ampliación de la OTAN, las próximas invitaciones a la adhesión no se perciben ya como algo tan amenazador o perjudicial para los intereses rusos. En consecuencia, el factor ruso no aparece como un obstáculo para la próxima ampliación de la Alianza. Esta evolución, junto con la experiencia de los tres primeros países en ingresar en la OTAN tras la Guerra Fría, deben facilitar la toma de decisiones en Praga y permitirles a los Aliados el ofrecer los beneficios de la Alianza a muchos otros candidatos.

Andrzej Karkoszka dirige el grupo de expertos del Centro para el Control Democrático de las Fuerzas Armadas de Ginebra, y anteriormente fue Viceministro de Defensa polaco.


*Turquía reconoce a la República de Macedonia por su nombre constitucional.



Debate
¿Podrá la OTAN seguir siendo una alianza militar y políticamente eficaz si sigue creciendo?
Ronald D. Asmus           VERSUS              Charles Grant

Ronald D. Asmus es especialista "senior" sobre estudios europeos del Consejo sobre Relaciones Internacionales (www.cfr.org). Entre 1997 y 2000 fue Adjunto al Subsecretario de Estado para Asuntos Europeos en el Departamento de Estado, se ocupó de las cuestiones relativas a la OTAN y a la seguridad europea. Es autor del libro "Abrir las puertas de la OTAN" (Columbia University Press), una historia diplomática de la ampliación de la OTAN, que se publicará este año.

Charles Grant es director del Centro para la Reforma Europea (CER) con base en Londres (www.cer.org.uk). Es autor de varias publicaciones del CER, entre ellas Europa en 2010: un visión optimista del futuro y de la revolución militar europea, escrita conjuntamente con Gilles Andréani y Christoph Bertram.

No

Querido Charles,

Esperaba con impaciencia este intercambio. En mi calidad de defensor de una OTAN a la vez ampliada y eficaz, siempre he pensado que ésta es una cuestión que debe abordarse abierta y honestamente.

Por supuesto, la OTAN puede seguir siendo eficaz tras su ampliación. Si lo hará o no, es una cuestión a la que volveré en seguida. Pero lo primero es lo primero. El que haya más Aliados es, en principio, es algo bueno. Las ampliaciones pasadas reforzaron a la OTAN, en vez de debilitarla, y los candidatos de Europa Central y Oriental a menudo son más entusiastas de la Alianza que algunos de sus miembros actuales.

Los objetivos estratégicos de la ampliación fueron superar la división europea de la Guerra Fría, consolidar la democracia en Europa Central y Oriental y convertir a la Alianza en la piedra angular de una nueva estructura de seguridad paneuropea. Esto implicaba que la OTAN llegaría a incluir a gran parte, si no a la totalidad, de la mitad oriental del continente. Algunos países pueden quedar fuera por no cumplir los requisitos o por elección propia, pero el perfil final de la OTAN - al igual que el de la Unión Europea - incluirá a casi toda Europa, llegando a contar con unos 25 ó 30 países.

Pero esto no contesta del todo a la pregunta planteada: si la OTAN actual - tal y como es ahora en realidad, no en teoría - se fortalecerá al ampliarse, sobre todo si acogemos a un grupo numeroso de candidatos en la Cumbre de Praga de este año. Mi respuesta es que una Alianza con ese tamaño puede funcionar eficazmente si conseguimos superar los tres retos siguientes.


Primero, tenemos que debatir cómo optimizar una OTAN ampliada, renovando lo métodos de trabajo de la Alianza, quizás de forma radical. Es una cuestión a discutir abiertamente y sin tabúes. Resulta chocante que la Unión Europea mantenga un profundo debate sobre cómo funcionará tras su ampliación, mientras que en la OTAN apenas se menciona la cuestión. Puedo comprender las sensibilidades existentes, pero si no podemos debatir la cuestión dentro de los foros oficiales de la OTAN, quizás debíamos reunir un grupo de sabios que reflexionaran sobre ella. Y antes de Praga.

En segundo lugar, la eficacia futura de la OTAN dependerá ante todo del comportamiento y potencial de sus miembros, tanto antiguos como nuevos. Es cierto que el rendimiento de los primeros tres nuevos miembros no ha sido tan bueno como esperábamos, y que muchos de los candidatos actuales son incluso más pequeños y débiles. Necesitamos un sistema mejor, que ayude a los nuevos miembros a mantener el ritmo de avance después de incorporarse a la Alianza, cuando disminuye el grado de exigencia del cumplimiento de los objetivos. Pero seamos honestos, también hace falta un mejor sistema para incentivar a los demás Aliados y asegurar que también ellos mantienen el nivel exigible. La mayoría de las debilidades actuales de la Alianza no se deben a los nuevos miembros, sino a los pobres resultados obtenidos por los demás miembros en los últimos años.

En tercer lugar, desde mi punto de vista la cuestión clave para el futuro de la OTAN no es el número de sus miembros, sino sus objetivos. En los noventa, la OTAN pasó de ser una alianza entre los Estados Unidos y los países de Europa Occidental, orientada a la disuasión frente a una amenaza residual de Rusia, a ser una alianza entre los Estados Unidos y el conjunto de Europa, que se extiende hasta su antiguo enemigo de la Guerra Fría, Rusia, y que se reorienta para afrontar nuevas amenazas. Ya por entonces, algunos sacamos a la luz la cuestión de cómo evolucionaría la OTAN en el caso de que se consiguiera la estabilidad de Europa Central y Oriental y las relaciones con Rusia se plantearan sobre una nueva base de cooperación..

Y puede que ya haya llegado ese día. Estamos cerca de alcanzar la consolidación de la paz y estabilidad de la mitad oriental del continente, y el peligro de ver resurgir a Rusia como amenaza contra sus vecinos está en franco retroceso. Todavía perduran focos de inestabilidad en el área euroatlántica, pero no constituyen amenazas graves o críticas para nuestra seguridad. Todo esto es, por supuesto, el lado bueno. El 11 de septiembre nos ha enseñado que existen otras amenazas contra la seguridad de los miembros de la OTAN, pero vienen del exterior de Europa, y la Alianza se encuentra muy mal preparada frente a ellas.

Por lo tanto, la OTAN afronta una disyuntiva esencial. Puede seguir centrándose en las amenazas, ya en declive, del área euroatlántica, con una misión que en esencia consistiría en mantener la estabilidad de un continente bastante estable ya de por sí; o puede cambiar para hacer frente a las principales amenazas actuales contra la seguridad - que en su práctica totalidad vienen de fuera de Europa. En este último caso, la OTAN seguiría siendo una alianza militar, pero se centraría en las nuevas amenazas militares que afrontan su miembros.

Todas estas son cuestiones de envergadura. Espero con impaciencia el momento de debatirlas contigo.

Atentamente,
Ron


Querido Ron,

Coincido contigo en que la OTAN es una organización valiosa, pero muy necesitada de reforma. También coincido en que resulta deseable una ampliación de la Alianza hacia Europa Central y Oriental. La OTAN está, igual que la Unión Europea, ayudando a extender la paz, seguridad y estabilidad por la mitad oriental del continente. Pero dudo mucho que esa nueva OTAN ampliada sea una organización militar fuerte.

Cuando hablas de una OTAN fuerte, quieres decir fuerte desde el punto de vista militar. En mi opinión la Alianza mantendrá su importancia política, pero creo que su importancia militar ha disminuido, y seguirá reduciéndose. Por supuesto, la Alianza ha tenido siempre un doble propósito, militar y político. Y desde el final de la Guerra Fría, la OTAN ha asumido una nueva tarea militar, la del mantenimiento de la paz en los Balcanes. Pero, en términos generales, el papel político de la Alianza - como organización de seguridad paneuropea - ha ido adquiriendo mayor relevancia. En 1997, los Estados Unidos presionaron a sus Aliados para que aceptasen a tres nuevos miembros, al igual que ahora les empujan para que acepten en la Cumbre de Praga de noviembre a varios más, que quedarán integrados en el espacio político euroatlántico.

Todavía hoy, como tú mismo reconoces, es más lo que los checos, húngaros y polacos restan que lo que aportan a la eficacia militar de la Alianza. La próxima ampliación también debilitará la cohesión y eficacia de la organización militar. La actual administración Bush, igual que la administración Clinton en la que participaste, cree que los beneficios políticos de la ampliación superan a los costes militares, y yo estoy de acuerdo.  

Lo ocurrido desde el 11 de septiembre seguramente ha reforzado la tendencia de la OTAN a convertirse a largo plazo en una organización más política. La administración Bush no quería utilizar a la OTAN para combatir en la guerra de Afganistán, en parte porque la alianza carecía de muchas de las capacidades que se necesitaban en la lucha contra los talibanes y al-Qaeda , pero también porque en el Pentágono muchos ven a la OTAN como una organización europea relativamente secundaria. La usaron en 1999 para llevar a cabo la campaña aérea en Kosovo y Serbia, pero encontraron que trabajar con sus numerosos comités - que permitían a ciertos países, como Francia, vetar el bombardeo de ciertos objetivos - resultaba de una lentitud frustrante.

Resulta poco probable que los Estados Unidos deseen utilizar a la OTAN en una auténtica guerra, pues preferirían hacerse cargo de la operación militar, incluyendo a sólo los aliados más próximos en la estructura de mando. Por supuesto, a los Estados Unidos les parece muy bien que la OTAN lleve a cabo las misiones de mantenimiento de la paz en los Balcanes pero salvo que la Unión Europea fracasara completamente en la consecución de su "objetivo global" - tener en 2003 la capacidad de desplegar y sostener durante un año una fuerza de 60.000 hombres - esta organización empezará a tomar a su cargo parte de la tarea de mantenimiento de la paz. Existen ya planes para que la Unión Europea sustituya a la OTAN y se haga cargo de los 1.000 soldados (todos ellos europeos) en la antigua República Yugoslava de Macedonia *. Si la Unión Europea es capaz de superar con éxito este reto podrá después hacerse cargo de la misión en Bosnia. La administración Bush ha dejado claro que los europeos deben asumir mayor responsabilidad en el cuidado de su zona de influencia, lo que parece bastante lógico.

La OTAN podría asumir aquellas operaciones de mantenimiento de la paz que la Unión Europea considera demasiado difíciles, como Kosovo. ¿Se le vería entonces como a una organización con verdadera fuerza militar, en comparación con la OTAN que defendió a Europa de la Unión Soviética o que combatió en la campaña aérea de Kosovo?

Desde luego, yo no diría que la misión del mantenimiento de la paz carece de importancia. Y valoro el papel que desempeña la OTAN al promover la interoperatividad entre las fuerzas armadas de sus miembros para que puedan comunicarse y trabajar conjuntamente en misiones comunes. Si la Unión Europea es capaz de realizar con éxito una misión de mantenimiento de la paz en los Balcanes, lo será utilizando las capacidades de los planificadores operacionales de la OTAN, y gracias a los hábitos de colaboración que la estructura militar integrada de la OTAN ha impulsado entre sus miembros (y con los países que no forman parte de dicha estructura, pero que han tomado parte en operaciones dirigidas por la OTAN en los Balcanes, como Francia y los países neutrales de la UE).

Sin embargo, las tareas militares de la OTAN - como organización para el mantenimiento de la paz y como madrina de las embrionarias ambiciones militares de la Unión Europea - seguramente tengan menos importancia que sus objetivos políticos: mantener el compromiso de los Estados Unidos con la seguridad de Europa; colaborar con la unificación de las dos mitades del continente; y - espero que en el futuro - darle a Rusia un puesto en la gestión de la seguridad europea. La idea del Primer Ministro del Reino Unido, Tony Blair, de un nuevo Consejo, compuesto por los 19 miembros de la OTAN y Rusia, donde se discutirían cuestiones de interés común, resulta prometedora. Desgraciadamente, los elementos más conservadores del Pentágono han retrasado, al menos por el momento, la implementación de esta idea.

Veo a la OTAN convertirse en una organización de seguridad paneuropea que mantendría una estructura militar, orientada principalmente hacia Europa y sus cercanías. Pareces querer que la OTAN desempeñe un papel activo y global en la lucha antiterrorista. ¿Está la OTAN adecuadamente preparada para emprender esta tarea? Y ¿cuánta gente en el conjunto de las autoridades de defensa en los EEUU comparte tu punto de vista?

Atentamente,
Charles


Querido Charles,

El que una OTAN ampliada conserve su potencia militar o se debilite dependerá de las políticas que apliquemos. En la política de la Alianza no existe ninguna regla que diga que la ampliación suponga su debilitamiento militar. A los nuevos miembros les ha costado más de lo que esperábamos la integración, pero no han debilitado a la OTAN. Están aportando una verdadera contribución, en los Balcanes y en otros lugares, y esta contribución aumentará con el tiempo. Al haber tenido que luchar para ganar su libertad, estos países comprenden la necesidad de defenderla.

Pero en las otras cuestiones donde no estamos de acuerdo. Tú sugieres que el papel de la OTAN será más político porque están desapareciendo las amenazas militares en Europa y porque a la Alianza le resulta poco deseable o muy difícil enfrentarse a las nuevas amenazas provenientes del exterior del continente y yo creo que la OTAN debe enfrentarse a esas nuevas amenazas. Desde mi punto de vista, la OTAN "política" que dibujas se vería muy pronto reducida a una papel puramente doméstico dentro de Europa. Si la OTAN no se ve implicada en las cuestiones estratégicas primordiales que afrontan nuestros países, dejará también de resultar primordial para nuestros intereses. Una OTAN "política" estaría a medio camino de su desaparición.

La administración de la que formé parte trabajó con el objetivo final de una OTAN cuya evolución natural, una vez estabilizada la Europa Central y Oriental y alcanzada una nueva relación de cooperación con Rusia, pasara por incorporar nuevas misiones en escenarios lejanos, de los que provendrán las amenazas futuras. Ya intentamos poner las base para que la OTAN se pudiera mover en esa dirección en el periodo previo a la Cumbre de Washington de 1999, pero nuestros progresos se vieron muy limitados al preferir la mayoría de los Aliados europeos que la OTAN se limitara a operaciones dentro del escenario europeo.

Pero ¿acaso no ha demostrado el 11 de septiembre que nos quedábamos cortos? Las amenazas contra la seguridad previstas en el Artículo 5 no provienen solamente - ni siquiera predominantemente - del interior o las proximidades de Europa sino de mucho más lejos, del terrorismo y de los países con armas de destrucción masiva. En un mundo en el que los ataques terroristas se planean en Europa, se financian en Asia y se ejecutan en Estados Unidos, tiene poca lógica limitar la OTAN al entorno europeo. ¿Qué harán los europeos en el caso de que unos terroristas ataquen una de sus grandes ciudades con armas de destrucción masiva?

Espero que el 11 de septiembre sirva como señal de alarma. Poco después de los ataques, asistí en Washington a una comida con un destacado ministro de Asuntos Exteriores europeo, que se preguntaba si los futuros historiadores no culparán a nuestro dirigentes por su complacencia al permitir que se atrofiaran nuestras defensas mientras surgía una nueva amenaza totalitaria. Quizás tenga razón. En la Cumbre de Washington, los jefes de estado y de gobierno de la Alianza se comprometieron a construir una Alianza tan efectiva en su lucha contra las amenazas del siglo XXI como lo había sido al ganar la guerra fría. Si de verdad fue un compromiso serio, tendremos que hacer que la OTAN sea un instrumento mejor para enfrentarse a las amenazas actuales.

¿Cuánta gente comparte mi punto de vista en Washington? Seguramente más de los que apoyaron la ampliación de la OTAN cuando otros abogamos por ella. Y tengo la esperanza de que la administración Bush avanzará a partir de la base que heredó, y que convertirá en tema central de la Cumbre de Praga la cuestión de las nuevas misiones. Sería un error abandonar esa política justo cuando los europeos aceptan ya su necesidad. Durante decenios los Estados Unidos han animado a sus Aliados europeos a desempeñar un papel más activo fuera de su zona de influencia. La necesidad que tenemos de aliados y alianzas no ha disminuido sino aumentado desde el 11 de septiembre.

Creo que tras el 11 de septiembre la administración Bush perdió una gran oportunidad de forjar un consenso en la OTAN sobre las nuevas misiones. Pero las tendencias unilateralistas de la administración no son el único problema. Una de las facetas más deprimentes de mi trabajo en el Departamento de Estado consistió en la lectura de informes sobre cómo, año tras año, los Aliados europeos eran incapaces de alcanzar los objetivos de fuerzas de la OTAN, y lo poco que eso preocupaba a sus gobiernos y poblaciones. Cuanto más seriamente aborden los europeos las cuestiones de la defensa, más en serio se les tomará en Washington.


Atentamente,
Ron


Querido Ron,

Quieres darle a la OTAN un papel militar a nivel global para que afronte las nuevas amenazas contra la seguridad. Donde realmente disentimos no es en la conveniencia de que la OTAN evolucione en la forma que aconsejas, sino en su factibilidad, sobre la que tengo grandes dudas. Veamos primero el alcance geográfico de la OTAN. Tienes razón en que las amenazas de seguridad modernas tienen dimensión global. A menudo los norteamericanos acusan a los europeos de introvertidos y preocuparse solamente por su propio patio. Es cierto que muchos europeos carecen de la visión global que tiene la élite de la política exterior de los EEUU - y, digámoslo claramente, el exceso de concentración en el escenario puramente europeo es un verdadero problema en algunos de los países más pequeños de la UE.

Y sin embargo fueron los europeos, no los norteamericanos, los que enviaron tropas a Timor Oriental; en África hay soldados británicos y franceses, pero no norteamericanos; e incluso en Kabul, la Fuerza Internacional de Apoyo a la Seguridad es mayoritariamente europea; así que no se debe exagerar la tendencia europea a la introspección. También es un hecho que los europeos tienen que marcar prioridades para el uso de sus muy reducidas capacidades militares, y que cuando se plantean dónde utilizar las fuerzas de su "objetivo global", piensan en los Balcanes y África, lo cual, vista la falta de interés estadounidense respecto África y sus deseos de reducir su implicación en los Balcanes, probablemente resulte bastante razonable. Y, si los europeos carecen de recursos suficientes para desarrollar capacidades de fuerzas y de planificación separadas para misiones de la UE y de la OTAN, no parece tener mucho sentido que la OTAN - una organización cuyos miembros son, salvo dos excepciones, todos europeos - oriente sus planes hacia conflictos como los de Cachemira, Corea o Taiwán.

Ahora bien, si la administración Bush estuviera interesada en que la OTAN interviniera en operaciones militares en lugares como Afganistán, este razonamiento no sería ya válido. Pero, por lo que sé, esta administración quiere que la OTAN "cuide" de Europa, mientras ellos se enfrentan a las nuevas amenazas mediante operaciones unilaterales o coaliciones con sólo aquellos que quieran participar.

La división del trabajo no tiene sólo una base geográfica. Comparto tu frustración porque los esfuerzos europeos para desarrollar unas capacidades militares útiles se vean afectados por presupuestos insuficientes y, sobre todo, por una reforma militar inadecuada. Eso implica que para los Estados Unidos cada vez resulta más difícil trabajar con la fuerzas europeas en un conflicto de alta intensidad. Estoy de acuerdo contigo en que esto perjudica la cohesión de la Alianza, pero el hecho es que las capacidades europeas no van a mejorar de forma decisiva en un futuro previsible. Quizás debamos aceptar como inevitable un grado elevado de división del trabajo, e intentar sacar el máximo provecho de ello. Cada orilla del Atlántico puede hacer algo que la otra no desea hacer: a los europeos les encanta proporcionar soldados para el mantenimiento de la paz, mientras que los Estados Unidos prefieren hacer inversiones en equipamientos de alta tecnología. Por eso cada uno necesita al otro, lo que podría ser bueno para la cohesión de la Alianza.

Para concluir, tú quieres que la Alianza se centre en las nuevas amenazas contra la seguridad como el terrorismo y las armas de destrucción masiva (WMD). Por supuesto, la Alianza hace lo que puede contra estas amenazas, pero ¿está preparada para jugar un papel destacado? La lucha antiterrorista requiere compartir los recursos de inteligencia y una rápida toma de decisiones, y una enorme burocracia multinacional que quizás tenga pronto 25 miembros, no se adapta bien a esa clase de lucha. El mismo razonamiento vale para las WMD. ¿Acaso no tiene la OTAN demasiadas filtraciones y falta de reflejos como para dirigir una operación ofensiva para destruir, por ejemplo, fábricas de armas biológicas? Sospecho que el Pentágono prefiere combatir el terrorismo y las WMD por sí solo, o acompañado únicamente de un pequeño grupo de aliados capaces de guardar el secreto, proporcionar fuerzas suficientemente cualificadas y aceptar el mando de los EEUU.

Atentamente,
Charles



Querido Charles,

Si estamos de acuerdo en que los EEUU y Europa deben convertir la tarea de ocuparse de las nuevas amenazas contra nuestra seguridad común - que en su práctica totalidad provienen del exterior de Europa - en la pieza central de la futura cooperación estratégica transatlántica, entonces hemos llegado a un terreno común. Esto no significa necesariamente que la OTAN tenga que "globalizarse" (ni siquiera yo veo a la OTAN interviniendo en las Islas Spratly) pero sí que debe tener la capacidad de actuar en Asia Central, Oriente Medio y el Golfo. Después de todo, es allí donde probablemente residan las mayores amenazas contra nuestra futura seguridad común.

¿Es esto factible? No estoy seguro, pero debemos intentarlo. Los interrogantes que se plantean son legítimos, y deben ser contestados, pero también son la clase de cuestiones que plantearon los escépticos en 1949 cuando se creó la OTAN, y a principios de los 90 cuando se discutió por primera vez la ampliación. Me alegra que nuestros dirigentes en aquella época ordenasen a sus colaboradores que encontrasen un modo de poder hacerlo, en vez de seguir el consejo de los que se oponen por sistema.

Hoy necesitamos el mismo planteamiento y el mismo grado de compromiso. La cuestión estratégica que afrontamos es si Occidente puede reorganizarse por sí mismo para enfrentarse a un mundo en el que el terrorismo y las armas de destrucción masiva suponen una nueva amenaza, incluso contra su misma existencia. Si los países más ricos y desarrollados de la comunidad transatlántica no pueden encontrar la respuesta, entonces es seguro que algo está mal. Ojalá no tengamos que esperar hasta el próximo ataque, que podría matar un número mucho mayor de norteamericanos o europeos, antes de decidirnos a actuar conjuntamente.

Y tampoco perdamos la confianza en la administración Bush. Sus políticas todavía están en fase de adaptación. En las cuestiones de la ampliación de la OTAN y las relaciones OTAN-Rusia, ha adoptado una política de continuidad respecto a su predecesora, y todavía tiene que decidir si quiere incluir las nuevas misiones como una prioridad principal para la OTAN en su Cumbre de Praga. Espero que lo haga, pues en caso contrario podría presidir la marginación y desaparición de la alianza más importante de los Estados Unidos.

Atentamente,
Ron



Querido Ron,

Tienes toda la razón en lo de que la OTAN debe prepararse para operar en Asia Central, Oriente Medio y el Golfo. Estoy de acuerdo en que la Alianza debe desarrollar su organización militar, lo mejor que pueda, para afrontar nuevas misiones. Incluso si los resultados no son brillantes, la OTAN será para sus miembros un instrumento más útil si de verdad intenta reciclarse para nuevos desafíos en nuevos escenarios. Y tienes razón al señalar, en tu primera carta, que la OTAN necesita reformas institucionales. Quizás no necesite la extravagante Convención que la Unión Europea ha creado para reflexionar sobre sus instituciones, pero un grupo de sabios podría analizar los fundamentos sobre los cuales funciona.

Pero mi mayor preocupación no es si la OTAN puede o no puede evolucionar hacia una organización más eficaz, sino el que a los dirigentes políticos a ambos lados del Atlántico cada vez les resulta más difícil encontrar un terreno común en sus visiones globales. Los europeos están preocupados porque los EEUU parecen interesarse sólo en las soluciones militares contra el terrorismo, mientras no parecen darse cuenta de las raíces económicas, políticas y culturales del terrorismo; porque gastan muy poco en ayuda al desarrollo de los países más pobres, y porque parecen tenerle fobia a los tratados internacionales. Por su parte, los norteamericanos se sienten frustrados por la incapacidad europea a la hora de mejorar sus capacidades militares; por sus instituciones, lentas y a menudo ineficaces; por su ansia de comerciar con los estados delincuentes, en vez de aislarles y hostigarles; y por su tendencia a santificar los tratados y organizaciones internacionales.

Si los gobiernos de Norteamérica y Europa continúan siendo incapaces de dialogar, como parece haberles ocurrido durante los dos primeros meses de este año, la OTAN no podrá ser una organización eficaz. Pero si son capaces de hacer un esfuerzo para entender las preocupaciones del otro, y hablar y actuar de una forma que tenga en consideración esas preocupaciones, los norteamericanos y los europeos podrán renovar su propósito común. Estoy seguro de que estarás de acuerdo.


Atentamente,
Charles



*Turquía reconoce a la República de Macedonia por su nombre constitucional.



Reseña bibliográfica
La modernización de los ejércitos
 

Sebestyén L. v. Gorka analiza tres libros sobre la reforma militar desde el final de la Guerra Fría.

Tras los conflictos de Bosnia-Herzegovina, Somalia, Kosovo y Afganistán en los 90, nadie puede dudar de la transformación fundamental que han sufrido las fuerzas armadas tras el final de la Guerra Fría, tanto en sus medios como en su misión y relaciones con el resto de la sociedad. Cada uno de estos tres libros intenta abordar las cuestiones de cómo se relacionan los ejércitos modernos con las sociedades que los rodean y sostienen, y cómo deben utilizarse dichos ejércitos para los problemas actuales.

Los dos primeros libros - "La ampliación de la OTAN y Europa Central: un estudio sobre las relaciones cívico-militares" (NDU Press, Washington, 1996) de Jeffrey Simon y la recopilación de ensayos titulada "Ejército y Estado en la Europa poscomunista" (Frank Cass, London, 2001), editado por David Betz y John Löwenhardt - abordan específicamente los desafíos que afrontan los antiguos países del Pacto de Varsovia, y están dirigidos a una reducida audiencia de especialistas. A nivel internacional, los analistas de habla inglesa especializados en este campo son pocos y dispersos, pero suelen estar muy al corriente de los problemas que les quedan más cercanos y, a menudo, han ocupado puestos oficiales en el sector de la defensa, así que queda poco margen para inexactitudes o generalizaciones. El tercer libro"El debate sobre la intervención: hacia una postura de un juicio basado en principios" (US Army War College, Carlisle, PA, 2002) de John Garafano, se enfrenta a la cuestión, oportuna y espinosa, de en qué casos una nación debe usar la fuerza. El trabajo de un autor norteamericano especializado en estrategias de despliegue militar de su país puede parecer fuera de lugar en este grupo, pero lo cierto es que hoy día todas las naciones desarrolladas afrontan el desafío de los cambios en el escenario estratégico iniciados tras el final de la Guerra Fría. En aquel entonces, a pesar de la amenaza opresiva y gigantesca de una Tercera Guerra Mundial, al menos existían una estabilidad y predecibilidad hasta cierto punto reconfortantes: los enemigos, las necesidades y los medios eran evidentes y conocidos. Pero ahora, los beneficios del periodo de paz tras el fin de la Guerra Fría se traducen en reducciones militares y recortes en los presupuestos de defensa, al tiempo que una multitud de nuevas y costosas misiones - la pacificación, el mantenimiento de la paz y la construcción de naciones - exigen el máximo uso de las capacidades y recursos disponibles. Estos cambios afectan a todos los Socios de la OTAN, así como a los países que quieren llegar a estar estrechamente asociados con la Alianza y contribuir a sus nuevas misiones.

Aunque el libro de Jeffrey Simon se publicó hace seis años, lo incluimos en esta reseña por dos motivos. El primero, sus frecuentes y periódicas visitas a la región en los años que precedieron a la primera ronda de ampliación de la OTAN en 1999 le dieron a Simon un posición privilegiada entre los escritores occidentales que se ocupaban de las reformas militares en Europa Central. Difícilmente encontraremos otro investigador que haya publicado tantos artículos sobre estos países, considerando el gran volumen que publicó en 1996 y sus colaboraciones habituales en la revista Strategic Forum , el boletín del Instituto de Estudios para la Seguridad Nacional de la Universidad para la Defensa Nacional. El segundo, dados la decisión sobre la próxima ronda de ampliación que la OTAN debe tomar en la Cumbre de Praga, y el seguimiento que sobre esta cuestión ha realizado Simon, puede resultar de gran utilidad recordar las evaluaciones que realizó antes de la Cumbre de Washington de 1999 sobre la reforma militar en los países centroeuropeos.



El libro aborda en primer lugar un debate genérico sobre las iniciativas que la OTAN llevó a cabo para facilitar la cooperación y una posible ampliación, seguido por una descripción, ordenada cronológicamente para cada país, del enfoque de las reformas militares a principios de los 90, y del grado de implementación que tuvieron las mismas. Se analiza primero el caso alemán, con la absorción del Nationale Volksarmee de Alemania Oriental en el Bundeswehr, y posteriores capítulos tratan de Checoslovaquia - y los países que la reemplazaron - Hungría y Polonia. En conclusión, Simon resume las cuestiones más candentes que son comunes a todos ellos. Cada uno de los informes nacionales resulta casi abrumador por el nivel de detalle, en especial por las personas citadas y las descripciones de sucesos realizadas por participantes fundamentales en los mismos, que reflejan las frecuentes reuniones y el libre acceso que tenía el autor con las personalidades implicadas. Por eso ha podido dar una buena visión general de la reducción y los cambios organizativos sufridos por las fuerzas armadas, así como de los obstáculos específicos que encontraron en cada caso las reformas.

El capítulo sobre Polonia permite conocer al lector los entresijos del conflicto entre el Presidente Walesa y los altos funcionarios civiles del Ministerio de Defensa polaco, por un lado, y un Jefe de Estado Mayor ,bastante creativo en sus interpretaciones sobre las restricciones constitucionales y la cadena de mando, por otro. En el caso húngaro, el autor nos documenta el improvisado concepto que se tenía - y todavía se tiene - en Budapest de lo que es el control civil sobre el ejército, al tiempo que resume su principal crítica en el subtítulo: "De ciudadanos de uniforme a generales en traje civil" . Simon resalta que para un auténtico control y reforma de las fuerzas armadas, la falta de claridad constitucional supone un verdadero obstáculo, como lo es la debilidad del comité parlamentario que supervisa el gasto en defensa. En general, incluso en los capítulos que dedica a Checoslovaquia y a los países que le sucedieron, Simon establece una sólida base para el análisis posterior de las dificultades que cada país sufrió - y en algunos casos, sigue sufriendo - en la transición desde un sistema militar obediente hacia Moscú, sobrecargado de mandos y que subestimaba totalmente la delegación de responsabilidades en los suboficiales, hacia un sistema de fuerzas independientes con capacidades modernizadas, en el que se recompensa la capacidad de iniciativa.

Las únicas críticas posibles hacia la obra de Simon se centrarían en defectos menores, difícilmente evitables. El grado de comprensión de un autor hacia un país y sus problemas específicos - sobre todo en un sector muy especializado como la defensa - puede siempre verse cuestionado cuando éste no conoce los idiomas de dicho país. Cuando uno se ha visto implicado en el proceso de reforma de la defensa, resulta fácil detectar cuándo un poco de información nativa hubiera completado con facilidad el cuadro, o hubiese ayudado a clarificar algunas cuestiones no resueltas. Sin embargo, las conclusiones que expone el autor mantienen su validez. La mayoría de los países implicados necesitaban tomarse más seriamente la reforma de la defensa y el ejército, y ayudar a prestigiar un sector que lleva mucho tiempo abandonado, además de estar a la altura de sus compromisos internacionales, tanto políticos como financieros. Desafortunadamente, aunque tres de los países analizados se han integrado la OTAN en los años transcurridos, pocas cosas han cambiado desde la publicación del libro.

Frank Cass probablemente sea el editor preferido para los analistas de política de seguridad, habiéndose ganado una posición que nadie, salvo quizás Greenwoods en los EEUU, parece capaz de alcanzar, apoyando publicaciones de pequeña tirada centradas en cuestiones de inteligencia, policiales y de terrorismo, y publicando tratados muy centrados en temas de la Guerra Fría. Personalmente, a menudo desconfío de las recopilaciones de ensayos como este "Ejército y Estado en la Europa poscomunista" ; pues con demasiada frecuencia los componen un conjunto de partes mal hilvanadas y de calidad muy desigual, o la colección proviene solamente de la necesidad de publicar a raíz de una conferencia internacional. Además, siento aversión hacia etiquetas de dudosa utilidad, como la de "Europa poscomunista", un término que todos comprendemos fácilmente desde el punto de vista geográfico, pero que al mezclar naciones tan dispares como Eslovenia y la Federación Rusa, difícilmente puede calificarse de conjunto coherente desde una perspectiva científica. Dejando estos prejuicios aparte, el libro se orienta hacia un campo poco conocido, lo que le hace merecedor de una buena acogida.

El libro contiene nueve ensayos, algunos más generalistas, como el de Chris Donnelly, de la OTAN, que da una visión global de las relaciones entre civiles y militares en las nuevas democracias, y otros más especializados, como el análisis de Pavel Baev sobre la reforma militar en Rusia. En ocasiones, los autores recurren a la jerga burocrática al describir la situación de sus propios países, pero este hecho se ve compensado por algunas de las áreas escogidas para el análisis, que pocas veces - quizás ninguna - se han visto cubiertas antes. Como ejemplos de este trabajo de vanguardia están el ensayo de Anton Bebler, que se centra en la corrupción entre el personal de seguridad en la Europa Central y Oriental, y el de Sven Gunnar Simonsen que, entre otros temas, analiza el nacionalismo en las fuerzas armadas rusas. En general, se trata de un libro útil, al menos porque puede ampliar los horizontes del especialista nacional y permitirle al lector de a pie ponerse rápidamente al corriente de algunas de las herencias más persistentes del comunismo.

John Garafano, un antiguo investigador de Escuela Oficial Kennedy, de Harvard, se centra en su monografía en la cuestión de cómo Occidente - y principalmente los EEUU - deben utilizar sus fuerzas armadas. Este enfoque le expone inevitablemente a ser comparado con la gran figura de la teoría de las relaciones cívico-militares en Occidente, Samuel P. Huntington, cuyo trabajo "El soldado y el Estado" , a pesar de haberse publicado por primera vez en 1957, sigue siendo de obligada lectura para los que se mueven en ese campo. En el último decenio se ha escrito mucho sobre este tema, pero esta nueva obra, recientemente publicada, resulta uno de los análisis más completos y sistemáticos editados hasta el momento.

La primera parte del libro está dedicada a definir los que el autor considera que son los cuatro marcos principales que la administración norteamericana utiliza desde la Guerra de Vietnam para enfocar la cuestión de cómo y cuándo usar la fuerza militar, y que él denomina el planteamiento doctrinal o de criterio estricto, el intervencionismo intuitivo, la escalada progresiva o sobrecarga crítica y el marco lógico. En línea con la tradición de casi todos los investigadores sobre política exterior o de seguridad nacional de los EEUU, Garafano vincula cada método con un personaje- Weinberger, Shultz/Albright, Clinton y Powell/Bush, respectivamente - aunque, en realidad, probablemente se vaya pasando por diferentes fases de cada uno, más que cambiar totalmente de un marco a otro. El autor describe claramente cada una de las situaciones, poniendo ejemplos de su aplicación a decisiones de seguridad nacional, y subrayando los riesgos que conllevan en cada caso.

Según la opinión de Garafano, los Estados Unidos tienen que permanecer activos y dispuestos a usar la fuerza con frecuencia, pero evitando utilizar por un exceso de celo su poderío militar para resolver toda clase de tareas en política exterior. En la segunda parte del tratado, a partir de las ventajas y desventajas señaladas en los cuatro planteamientos previos, el autor propone su propio marco recomendado, al que denomina "el juicio basado en principios". Estos principios se refieren a ocho criterios que siempre deben ser tenidos en cuenta antes de recurrir al uso de la fuerza. Muchos de ellos pueden parecer que pertenezcan al sentido común más básico, como la necesidad de definir los intereses nacionales, pero vale la pena mencionarlos porque algunos países centroeuropeos todavía no han sabido aplicarlos adecuadamente. Otros están bastante bien adaptados al nuevo escenario de seguridad, como el abandono de la idea de que el uso de la fuerza es el "último recurso".

Resulta difícil encontrarle defectos a un tratado tan profundo y convincente, que sin duda agradará a los que siguen los estudios estratégicos clásicos. Pero para el profesional parece que algo falta. Tras haber enumerado los elementos que componen su nuevo sistema, Garafano reconoce que para llevarlo a cabo debe producirse un cambio de actitud en las instituciones, pero cualquier lector cínico encontrará el fallo de un sistema que resulta tan claro y perfectamente definido: todos los sistemas son dirigidos por seres humanos, y la defensa constituye un supersistema especialmente vulnerable ante los caprichos personales y políticos. Pero como ejercicio de entrenamiento mental y como muestra de un análisis político sin trabas, el libro resulta impresionante. Una de sus conclusiones principales, relativa a la necesidad de "cultivar" expertos en estrategia, civiles y militares, resulta realmente importante para los países de Europa Central y Oriental que todavía están intentando reformar sus ejércitos. Estas recomendaciones prácticas hacen que su libro resulte atractivo a un público mucho más amplio que el de los EEUU.


Sebestyén L. v. Gorka es Director Ejecutivo del Centro para la Democracia e Integración Euroatlántica de Budapest.




Entrevista
Chingiz Aitmatov: Diplomático y escritor
 

 

Chingiz Aitmatov es, además de embajador kirguiz ante la OTAN, la Unión Europea y el reino de Bélgica, el principal escritor de su país. Sus libros, entre los cuales están "Jamila", "¡Adiós, Gulsary!", "El barco blanco", "La ascensión al monte Fuji" y "El día dura más que cien años", han sido traducidos a varios idiomas y publicados con éxito en Asia, Europa y Norteamérica. Ganador de numerosos premios literarios, tanto nacionales como internacionales, llegó a ser consejero de Mijail Gorbachov en el crepúsculo de la Unión Soviética, y representante diplomático de Kirguizistán cuando este país obtuvo la independencia.

 

¿Cómo se ha visto afectado Kirguizistán por el conflicto de Afganistán?

El conflicto de Afganistán no es sólo un enfrentamiento militar entre dos adversarios, sino algo más trascendente: un choque entre dos formas de pensamiento distintas. Evidentemente, el ganar la lucha militar es importante, pero a largo plazo tendremos que encontrar un medio de reconciliar dos visiones del mundo ahora en conflicto. Los acontecimientos de Afganistán han supuesto un enorme reto para mi país y los demás países de la región, como si el destino quisiera poner a prueba nuestra resolución. Mientras nos esforzábamos por promover la libertad, la democracia y los derechos humanos, por modernizar nuestras sociedades e impulsar nuestro desarrollo económico en la era postsoviética, los acontecimientos del vecino Afganistán amenazaban con destruir todo lo que habíamos conseguido. Si los fundamentalistas islámicos hubiesen ganado, el reloj de la historia hubiera retrocedido varios siglos. El fundamentalismo y el extremismo religiosos surgidos en Afganistán constituyen una manifestación de barbarie, un retroceso al feudalismo medieval. En otras palabras, lo que hemos contemplado era un choque de civilizaciones inevitable.

El proceso de cambio hacia la democracia y la libertad en los países de Asia Central ha provocado inevitablemente un cierto sufrimiento político y económico. Pero los elementos más reaccionarios de la región estaban agazapados, hasta que el caos afgano les animó a reaparecer. También Kirguizistán tuvo que enfrentarse con dos incursiones armadas, en 1999 y 2000, que nos hicieron pasar por momentos críticos, pero conseguimos superarlas con la ayuda de Rusia, que jugó un papel muy positivo en esta tesitura. A pesar de todo, todavía hace falta una serie de esfuerzos concertados para destruir a estas fuerzas bárbaras y reaccionarias, y los ejércitos de Occidente y de la OTAN tienen un papel decisivo que desempeñar al respecto.


¿Cómo percibe el conflicto la población de Kirguizistán, mayoritariamente musulmana?


Todo el mundo reconoce que había que acabar con el terror talibán y, la mayoría de la gente comprende el papel desempeñado por Occidente y la OTAN en el proceso de combatir al terrorismo y establecer la paz. Existe una amplia percepción de que la estabilidad resulta imprescindible para garantizar una buena calidad de vida y para promover la democracia, las libertades individuales y el derecho de propiedad.

Sin embargo, me gustaría abordar el factor religioso que plantea su pregunta. La religión nos ayuda gracias a su influencia sobre las cuestiones espirituales, la moralidad y las tradiciones. Pero cuando la religión se implica en la persecución del poder o de objetivos políticos, entonces deja de ser verdadera religión y se convierte en una fuerza reaccionaria.

En ese sentido, en Kirguizistán hemos tenido suerte Por razones históricas, el Islam no ha influido tanto en nuestra conciencia nacional como en otros países centroasiáticos, como Tayikistán y Uzbekistán. Kirguizistán y Kazajstán se encuentran en la periferia del mundo islámico, y en nuestros países la religión tiene más que ver con la tradición y costumbres. Nuestra gente tiende a ser moderada en cuestiones religiosas, evitando caer en el fanatismo; es nuestro carácter.

Pero al hablar de religión, debe tenerse en cuenta un factor importante - el que la pobreza puede suponer un terreno abonado para el fundamentalismo islámico. Afganistán, un país extremadamente pobre, representa un claro ejemplo. Cuanto más pobre es la gente, más fuerza tiene su religión. Por eso resulta esencial, como primer paso para promover la estabilidad, que la comunidad internacional se plantee la mejora de la situación social y económica de Afganistán. Debe darse prioridad a la educación e información de los jóvenes afganos, pues si su única alternativa es asistir a escuelas religiosas - las madrasas - nada cambiará. De ahí la enorme importancia de promover y subvencionar las oportunidades para la educación.


¿Cómo se han desarrollado las relaciones de Kirguizistán con la OTAN en la última década, y como podrían evolucionar en el futuro?


Esta pregunta se relaciona directamente con las actividades de nuestra embajada. Kirguizistán forma parte desde hace muchos años de las estructuras asociativas de la OTAN, y en la actualidad participamos en la Asociación para la Paz. Se trata de una cooperación muy oportuna, que se desarrolla en campos tan diferentes como los planes de emergencia civil, las relaciones cívico-militares, la política de defensa y las consultas a nivel político y militar. La Asociación proporciona una plataforma práctica para la cooperación con otros países Socios, entre ellos los demás países de Asia Central.

Se han dedicado esfuerzos considerables al fomento de una mejor comprensión de la OTAN y la Asociación para la Paz entre nuestro pueblo y, sobre todo, entre la jerarquía militar. En el pasado se veía a la OTAN como una verdadera amenaza, pero esta percepción ha ido cambiando con los años y se han logrado superar los viejos estereotipos, permitiéndonos centrarnos en el desarrollo de una cooperación activa. No es simple suerte el que la OTAN, que se fundó en el siglo XX, siga existiendo en el XXI. No vivimos en un mundo ideal, sino en uno lleno de contradicciones y potenciales conflictos. La mayoría de la gente reconoce que la OTAN es una potente organización, con un papel clave en la disuasión y contención de esos peligros, y que, pese a su carácter regional, aumenta cada vez más la conciencia de su importancia global. No solamente se percibe su capacidad militar, sino también su dimensión política y humanitaria. Su papel va evolucionando según se va dotando, no de nuevos armamentos sino de nuevas visiones. No me cabe la menor duda de que seguiremos cooperando en las cuestiones en las que ya trabajamos dentro del marco de la Asociación, y que este trabajo seguirá progresando, mientras la OTAN sigue fomentando la cooperación en un contexto cada vez más global.


¿Qué beneficios han obtenido las fuerzas armadas de Kirguizistán de la Asociación para la Paz?


Desde el primer momento de su integración, nuestras fuerzas armadas han participado en casi todos los ejercicios realizados dentro del marco del programa de la Asociación para la Paz. Para nuestros militares ha sido una buena experiencia ser testigos de la cooperación que puede desarrollarse entre la OTAN y los países Socios. Y, lo más importante, se han dado cuenta de que ellos pueden también contribuir a la seguridad común. A nuestros soldados les gustaría poder hacer más, y están intentando alcanzar los estándares comúnmente aceptados entre los países de la OTAN. Desgraciadamente, no llegamos a tener todos los recursos necesarios para perfeccionar nuestros ejércitos y adquirir nuevas tecnologías, pero estamos intentando crear un ejército más profesional, en lugar de uno basado completamente en el reclutamiento forzoso. Este ha sido un importante cambio para nosotros. El participar en la Asociación para la Paz ha permitido que nuestras fuerzas adquieran una mejor y más realista percepción de la OTAN.


¿Qué papel atribuye Ud. al Consejo de Asociación Euroatlántico?


El Consejo de Asociación Euroatlántico (EAPC) desempeña un papel muy positivo al reunir de nuevo a las ex repúblicas soviéticas y animarlas a seguir colaborando políticamente tras su independencia. También la Asociación ayuda a fomentar la integración a nivel militar. Debemos seguir trabajando en este proceso de consolidación, integración y cooperación regionales.


¿Le ha proporcionado la OTAN mucho material para futuras novelas? ¿Podemos esperar ver un argumento que se desarrolle en Bruselas?


Evidentemente, mis horizontes creativos se han visto aumentados, y las experiencias vividas siempre pueden tener un eco en mi trabajo literario, si alguna vez puedo encontrar tiempo para escribir. Mis próximos libros bien podrían reflejar de algún modo la diferente visión que ahora tengo de la OTAN tras la Guerra Fría y comentar su nuevo papel a nivel mundial. Quizás algunos de mis personajes puedan venir a Bruselas y verse implicados en las actividades de la OTAN. Al igual que me ocurrió a mí, probablemente llegarían con la idea preconcebida de la OTAN como un gigantesco complejo militar y tecnológico, situado en un edificio impresionante como el Pentágono o el Ministerio de Defensa en Moscú, para descubrir que se trata de una organización pequeña y modesta, basada en el racionalismo y en la determinación de actuar cuando sea necesario.

Chingiz Aitmatov habló con Vicki Nielsen, Subdirectora de la Revista de la OTAN.




Reportajes
La construcción de la autopista virtual de la seda
 

Los científicos y académicos de Asia Central y el Cáucaso Meridional podrán pronto hacer un uso mucho más efectivo de Internet, gracias al mayor y más ambicioso de los programas patrocinados hasta la fecha por el Programa Científico de la OTAN.

Con el nombre de Autopista Virtual de la Seda - una referencia a la Gran Ruta de la Seda, que en el pasado comunicaba Europa con el Lejano Oriente, fomentando el intercambio tanto de bienes como de ideas y conocimientos - el proyecto pretende facilitar la interconexión de redes informáticas y el acceso a Internet de las comunidades científicas de ocho países del Cáucaso Meridional y Asia Central. La capacidad de conexión a Internet está considerada como el medio más eficaz para el acceso y difusión del potencial de los numerosos y cualificados científicos e investigadores de la región.

"Se trata de un proyecto único", declara Walter Kaffenberger, director para la conexión de redes informáticas del Programa Científico "por la gran cantidad de países implicados, que abarcan dos regiones geográficas, y de inversiones realizadas."

Se invertirán en total 2,5 millones de dólares durante cuatro años, lo que representa el 40 por ciento del presupuesto del Programa Científico para interconexión de redes informáticas, y la mayor inversión en un solo proyecto en los 44 años de historia del programa.

La necesidad de conectividad resulta particularmente apremiante en las comunidades académicas y científicas de Armenia, Azerbaiyán y Georgia, en el Cáucaso Meridional, y Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán en Asia Central. Estos países se encuentran en los aledaños de la comunidad europea de Internet y, dado su nivel de desarrollo, no podrán permitirse conexiones de fibra óptica en un futuro previsible.

La alternativa es la conexión a Internet vía satélite, que resulta muy cara. Por eso el ancho de banda disponible para las comunidades educativa y de investigación de la región oscila entre los 64 y los 384 kilobits/segundo (Kbps), en comparación con los 56 Kbps como mínimo de una conexión doméstica normal en Europa Occidental, que además aumenta con rapidez debido a la expansión de los accesos de banda ancha.

La Autopista Virtual de la Seda conectará a Internet a las comunidades científicas y académicas de los países participantes mediante una cobertura común vía satélite. Una tecnología espacial, puntera y económica, que incrementará el ancho de banda medio de cada país hasta los tres megabits/segundo, y permitirá utilizar el ancho de banda libre a cualquier otro país participante. Mediante modernas técnicas de almacenamiento de memoria se descargará de la red toda la información solicitada y se pondrá a disposición de otros usuarios de la red sin que éstos tengan que acceder a la conexión vía satélite, lo que aumentará la eficiencia de la red informática.

Las subvenciones de la OTAN permitirán adquirir el ancho de banda de satélite y financiar la compra e instalación de nueve parabólicas que utilizarán la denominada tecnología VSAT - ocho antenas pequeñas se comunicarán con una gran parabólica central en Hamburgo, que funcionará como distribuidor de comunicaciones desde Europa. Otros copatrocinadores contribuyen al proyecto con la entrega de materiales.

Cisco Systems ha donado equipamientos por valor de unos 400.000 dólares, que irán conectados a cada una de las estaciones terrestres. Deutsches Elektronen-Synchrotron, que tiene una largo historial de colaboración con científicos expertos en la física de partículas de esos países, proporciona servicios por valor de 350.000 dólares para el alojamiento del distribuidor europeo y la operación de la red.

Deutsche Forschungs Netz garantizará la conexión de esta red a la gigantesca red de investigación paneuropea de un Gigabit de la Unión Europea (GEANT), que a su vez está conectada a otras redes informáticas de investigación de todo el mundo - un servicio valorado en 125.000 dólares.

GEANT no cobra por el ancho de banda internacional, y EurasiaSat proporciona acceso a su ancho de banda con unas tarifas especiales. Se espera que la red esté plenamente operativa en octubre de 2002.

"Nuestra prioridad actual" continúa el Dr. Kaffenberger, "consiste en garantizar que este proyecto sea viable y autosuficiente a largo plazo, cuando en 2004 termine la financiación de la OTAN. Entonces resultarán esenciales unas estructuras apropiadas para la gestión del proyecto y unas nuevas fuentes de financiación."

Dado que el Programa Científico de la OTAN solamente puede costear la construcción de infraestructuras, se pretende que la UE financie la creación de los necesarios procedimientos y estructuras de gestión de proyectos, para poder transferir progresivamente toda la gestión y los conocimientos necesarios a los países participantes.

La OTAN apoya la creación de Redes Informáticas Nacionales para la Investigación y la Educación (NRENs) en cada país participante, con la misión de hacerse cargo de las necesidades nacionales de interconexión informática de sus sectores educativo y científico. Estas NRENs podrían asumir la tarea de obtener financiación dentro de sus respectivos países.

También se está contactando con organizaciones que puedan estar interesadas en pagar una cuota por el uso del sistema de redes, como el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas, que trabaja en el fomento de la conectividad entre gobiernos y ONG de la región, y la Fundación Soros, que busca promover la democracia mediante la conectividad informática.

Durante el último decenio, el Programa Científico de la OTAN ha procurado sostener a las comunidades científicas de Europa Oriental y de la antigua Unión Soviética, cuyos presupuestos se han visto radicalmente recortados tras el derrumbamiento del bloque oriental. Desde 1994, una forma de promover este objetivo ha sido el fomentar la interconexión informática a nivel local entre instituciones científicas y académicas, ayudando a crear las infraestructuras adecuadas y organizando seminarios de trabajo. Cuando estén dispuestas las redes y la infraestructura, se podrá garantizar un acceso básico y fiable a Internet para facilitar la investigación y los contactos con la comunidad científica mundial.




Reportajes
La reconversión de las antiguas bases militares en Europa Suroriental

Los niños de la calle rumanos adictos a las drogas pueden ser de los primeros en beneficiarse de un innovador programa patrocinado por la OTAN, que pretende dotar de nuevos usos a las antiguas bases del ejército en Europa Suroriental.

Los niños sin hogar se beneficiarán de este programa, pionero en su género, si, como se pensó, una antigua base de la fuerza aérea, en las afueras de la ciudad de Fundulea, - a unos 35 kilómetros al este de Bucarest - se convierte en hospital y centro de la rehabilitación. El revolucionario proyecto de Fundulea forma parte de una serie de iniciativas de colaboración, en las que interviene la OTAN junto a otras instituciones, en el marco del Pacto de Estabilidad para Europa Suroriental, patrocinado por la UE, para reconvertir antiguas bases militares a la vez que se colabora en la recuperación de las economías locales.

Los recortes en los presupuestos de defensa, las reducciones de tropas y la reforma de las fuerzas armadas de la OTAN en los años noventa llevó al cierre de más de 8.000 bases militares en Europa Occidental y América del Norte, que ocupaban más de 500.000 kilómetros cuadrados. Como consecuencia de esta reestructuración, las naciones OTAN han obtenido una notable experiencia en la reconversión de las antiguas bases militares para usos civiles, que ahora pueden compartir con los países Socios, cuyos militares están sufriendo reducciones similares.

"No existe una 'panacea universal' o receta patentada para la reconversión que funcione en todas partes y las diferencias de unos sitios a otros y de un país a otro pueden ser enormes," dice Frédérique Jacquemin de la Dirección Económica de la División de Asuntos Políticos de la OTAN. "No obstante, es mucho lo que puede aprenderse a través del intercambio de ideas para aprender de las experiencias positivas y evitar la repetición de errores."

La Sra. Jacquemin reunió un equipo de expertos de los estados miembros de la OTAN para visitar Rumania, después de que los representantes rumanos pidieran ayuda a la Alianza para realizar una reconversión durante una reunión de la Mesa de Seguridad del Pacto de Estabilidad, celebrada en Zagreb (Croacia) este mes de junio. La representación de la OTAN - que incluía miembros de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Polonia - viajó en noviembre a Rumania para analizar las posibilidades de reconversión de los dos emplazamientos designados por el Ministerio de Defensa rumano, siendo un de ellos el de Fundulea.

La petición de ayuda de Bucarest se debió al éxito de otro innovador programa patrocinado por la OTAN, destinado a facilitar la reincorporación a la vida civil del personal militar recién licenciado o próximo a serlo e implementado en Rumania, Bulgaria y Croacia. Ambos programas se encuadraron dentro del marco del Pacto de Estabilidad, que facilita la colaboración con instituciones financieras internacionales, entidades de crédito y posibles donantes.

En el caso de Fundulea, el Banco para el Desarrollo del Consejo de Europa manifestó su interés en financiar la reconversión y un representante del banco acompañó al personal de la OTAN en su visita de noviembre. El Pacto de Estabilidad está buscando un patrocinador para financiar estudio de su viabilidad. En cuanto al otro proyecto piloto analizado por el equipo de OTAN, que incluía instalaciones deportivas y para oficinas, atracciones turísticas y la reconversión de los alojamientos en Mangalia, en la costa del Mar Negro, las entidades de crédito, los donantes y el Banco Europeo para la Reconstrucción y Desarrollo han manifestado ya su interés. El Banco de Inversión Europeo, por su parte, está interesado en un proceso de mayor magnitud y alcance que los proyectos piloto.

Jacquemin asegura que "nuestro objetivo es ayudar a crear en Europa Suroriental el potencial para que los países de la región puedan solucionar los problemas de reconversión y posterior transformación de las antiguas instalaciones militares". "Los proyectos piloto pretenden ayudar a iniciar el proceso de desarrollo de estrategias para el cierre y reconversión de las bases miliares mediante la demostración prácticas de los principios y posibilidades."

Cuando empezaron a materializarse los primeros resultados positivos del programa de reconversión de las bases rumanas, Bulgaria pidió una ayuda similar a la OTAN, por lo que está prevista la visita de un equipo de expertos de la OTAN a finales de primavera para elaborar una evaluación preliminar. Entretanto, Croacia y la República Federal de Yugoslavia también han expresado su interés por participar en el programa.

Tanto el programa de reconversión de bases como el de reciclaje profesional del personal militar forman parte de la Iniciativa para Europa Suroriental de la OTAN, lanzada en 1999, en plena campaña aérea de Kosovo, para contribuir al fomento de la estabilidad en dicha región.





Opinión
La respuesta ante la crisis

Stanley R. Sloan analiza la crisis de confianza a la que se enfrenta la OTAN tras el 11 de septiembre.

Durante la Guerra Fría, la OTAN atravesó varias "crisis." En 1966, Francia se retiró de la estructura militar integrada de la Alianza. En 1979, los Aliados estaban divididos sobre la forma de responder a la invasión soviética de Afganistán. A principios de los 1980s, el despliegue en Europa de proyectiles nucleares de alcance intermedio intensificó las tensiones transatlánticas. Hoy día, la Alianza se enfrenta a la primera crisis de la era "post-Guerra Fría", una crisis provocada por los ataques terroristas del 11 septiembre contra los Estados Unidos.

Si bien los acontecimientos previos consistieron principalmente en crisis de confianza en el seno de la Alianza, la actual es una crisis de confianza y de capacidades. Los Estados Unidos no tuvieron suficiente confianza en la Alianza para asignarle un papel más importante en las respuesta ante los ataques terroristas, aunque los Aliados decidieron invocar inmediatamente el Artículo 5 del Tratado de Washington sobre la defensa colectiva. Pese a la intervención del Reino Unido en las operaciones afganas y las numerosas ofertas de ayuda, lo cierto es que los Aliados europeos no tenían suficiente capacidad para aportar una contribución real a la campaña de bombardeos de alta tecnología y gran altitud llevaba a cabo por los Estados Unidos para ayudar al derrocamiento del régimen Talibán en Afganistán.

La forma en que la Alianza se recupere de la sensación de pérdida de importancia surgida tras los ataques terroristas de 11 septiembre dependerá de la respuesta a dos preguntas. La primera es si los Estados Unidos pueden y quieren guiar a los Aliados en una nueva adaptación de la misión de la OTAN para darle un mayor peso frente al desafío terrorista. La segunda es si los Aliados europeos reconocen la necesidad de tal adaptación y ponen los medios necesarios para mejorar sus posibilidades de contribución a futuras operaciones contraterroristas.

Aunque Washington agradeció la invocación del Artículo 5 por la OTAN, los Estados Unidos decidieron llevar a cabo por sí mismos las operaciones militares, sin intentar utilizar la estructura de mando integrada de la OTAN. Si los Estados Unidos hubieran solicitado emplearla, esa petición habría creado probablemente serios problemas políticos a muchos Aliados. La discusión sobre el área de actuación de la OTAN se dejó básicamente aparcada desde los debates que desembocaron en el Concepto Estratégico de 1999, el documento que recoge la estrategia de la Alianza para enfrentarse a los desafíos de seguridad, y a nadie le entusiasmaba el reabrir la cuestión en medio de esta crisis. Además, resultaba obvio que los Estados Unidos preferían mantener un férreo control cualquier operación militar.

El apoyo de la OTAN

No obstante, se solicitó a la OTAN que prestara unos determinados servicios en nombre de la guerra contra el terrorismo. El 4 octubre, los Aliados acordaron incrementar el intercambio de inteligencia bilateral y con la OTAN, ayudar a los Aliados que se enfrentaran a amenazas terroristas por la campaña antiterrorista, conceder autorización amplia de sobrevuelo para las aeronaves de EEUU y de otros Aliados implicados en las operaciones contraterroristas, y facilitar el uso de puertos y aeropuertos en las operaciones de apoyo contra el terrorismo. Además, el Consejo del Atlántico Norte aprobó que la Alianza desplegara parte de sus Fuerzas Navales Permanentes del Mediterráneo Oriental con objeto de mostrar su presencia y hacer patente sus resolución. El 8 de octubre, la OTAN anunció que pondría a disposición de Estados Unidos un avión Aliado tipo AWACS para colaborar en la vigilancia de su espacio aéreo, liberando así equipamientos de EEUU para su acción en la guerra aérea contra las fuerzas talibanes en Afganistán - la primera vez que se han utilizado equipamientos de la OTAN en funciones de ayuda directa en el territorio continental de los Estados Unidos.

La respuesta de la OTAN fue aplaudida y agradecida por las autoridades americanas. Dos meses después de los ataques, el Embajador americano ante la OTAN, Nicholas Burns, declaró en el International Herald Tribune que la OTAN había reaccionado contundentemente al desafío terrorista, y que dicha respuesta demostraba la persistencia de la importancia de la OTAN. Concluía sus declaraciones asegurando que "en la guerra contra el terrorismo en que estamos inmersos, es difícil imaginar un futuro en el que la Alianza no esté en el centro de los esfuerzos dedicados a defender nuestra civilización".

El ataque terrorista y las acciones necesarias para la respuesta militar mostraron claramente el acierto de la adaptación que la Alianza había estado realizando desde principios de los 1990s. La OTAN no abandonó nunca el crucial compromiso del Artículo 5, pero empezó a prepararse para el nuevo tipo de desafíos contra la seguridad a los que los miembros de la Alianza probablemente se enfrentarían en el siglo XXI. Las consecuencias para la estructura de fuerzas estaban claras: la OTAN necesitaba más fuerzas capaces de poder ser trasladadas rápidamente a los lugares conflictivos más allá de las fronteras nacionales y preparadas para combatir en toda clase de condiciones topográficas y climáticas empleando armas convencionales y de alta tecnología.

Aunque los ataques del 11 de septiembre constituyeron uno de los casos previstos en el Artículo 5, la respuesta requirió la clase de tropas y filosofías que los Aliados habían pretendido desarrollar para las denominadas "contingencias no previstas en el Artículo 5". La OTAN lo reconoció formalmente en el mes de diciembre, cuando los Ministros de Defensa Aliados declararon que la OTAN, a través de la Iniciativa de Capacidades de Defensa, había mejorado su capacidad de respuesta ante el terrorismo, pero que "... resulta necesario hacer mucho más... particularmente en campos como la supervivencia, capacidad de despliegue, identificación en combate, inteligencia, vigilancia, adquisición de objetivos, ..."

Durante la preparación y el desarrollo de las operaciones de Afganistán, la administración americana buscó el apoyo de los Aliados, haciéndolo, principalmente, a través de cauces bilaterales. En las semanas siguientes a los ataques, algunas autoridades del Pentágono rechazaban en privado la invocación formal por parte de la OTAN a la disposición sobre defensa mutua, y se quejaban de que la Alianza no estaba a la altura de los nuevos desafíos que suponía la campaña contraterrorista. Entretanto, algunos Aliados de OTAN llegaron a pensar que los Estados Unidos no valoraban o no querían la colaboración que podían prestar en la lucha contra el terrorismo. Aunque muchos Aliados, como Alemania, ofrecieron fuerzas para la campaña contraterrorista, pese a su importancia esas contribuciones nacionales no supusieron ninguna intervención directa de la Alianza en el asunto.

Así pues, tras la reacción inicial de la OTAN han quedado muchas preguntas en el aire sobre la respuesta futura de la Alianza ante el reto terrorista y los otros problemas pendientes en su agenda. ¿Mantendrían los países de la OTAN su compromiso con el Artículo 5 aportando los recursos necesarios para una campaña de largo alcance y duración contra el terrorismo internacional? ¿Resultaría de utilidad el marco de cooperación con la OTAN, o lo considerarían los Estados Unidos como inadecuado e inútil para el tipo de operaciones requeridas en la guerra contra el terror? ¿Cómo afectaría la nueva situación creada por los ataques terroristas y los sucesos que provocaron a otros problemas importantes para la Alianza, como el papel de la OTAN en los Balcanes, la coordinación con EEUU, la actitud de los Aliados y la OTAN respecto la defensa contra misiles balísticos, las relaciones con Rusia, la continuación del proceso de ampliación, y el futuro desarrollo de la Política Común Europea de Seguridad y Defensa?

Pocas personas cuestionarán la importancia que tiene garantizar que los miembros de la Comunidad Atlántica permanecen unidos y firmes frente a la insidiosa amenaza terrorista que golpeó el corazón de América el 11 de septiembre, y que golpeará de nuevo si se le da la oportunidad. La respuesta inicial de la OTAN a los ataques fue impresionante y oportuna, pero también dejó ver algunas limitaciones que podrían influir en sus actuaciones posteriores.

En primer lugar, es obvio que los Aliados deben dirigir una "guerra" contra el terrorismo de manera que se ocupe eficazmente de las amenazas terroristas sin que ello perjudique a las libertades democráticas fundamentales o a la futura cooperación entre los miembros de la Alianza. La Alianza, después de todo, perdería gran parte de su sentido si sacrificara su compromiso con los valores expresados en el Tratado de Washington. Hasta ahora, aa terrible naturaleza de los ataques y la amenaza de nuevos horrores han permitido superar la posible resistencia interna frente a las medidas contraterroristas. Sin embargo, cada país de la OTAN tiene sus propios planteamientos en la protección de las libertades individuales y, al final, una mayor intromisión de los servicios de inteligencia y seguridad en la vida cotidiana de los ciudadanos de los países de la OTAN podría convertirse en causa de fricciones y discusiones.

Por otra parte, la mayoría de los expertos en problemas de seguridad transatlánticos recuerdan los debates de los años noventa, cuando los Estados Unidos abogaban por un mandato para la OTAN sin limitaciones geográficas artificiales, mientras muchos países europeos querían evitar dar la apariencia de un papel indefinido de la Alianza respecto a los futuros retos de seguridad. Los acontecimientos del 11 de septiembre demostraron que los Estados Unidos tenían razón acerca de la naturaleza de las futuras amenazas a la seguridad transatlántica, tanto en lo relativo a que la mayoría de ellas han surgido fuera de Europa como en que debemos enfrentarnos a ellas fuera de las fronteras de la OTAN.

Puntos de vista diferentes

Por otra parte, aún no han desaparecido las diferencias entre los miembros de la OTAN sobre cuáles son los instrumentos más idóneos para utilizarse contra las distintas amenazas. Sus diferencias de opinión se basan en experiencias históricas en gran parte diferentes, en sus tradiciones políticas y militares, y en el potencial y capacidades militares del que disponen. Francia y el Reino Unido tienen filosofías de proyección de fuerzas y perspectivas estratégicas globales, mientras que la doctrina y los puntos de vista de Alemania siguen impidiendo la actuación de su ejército fuera de sus fronteras, a pesar del dramático progreso realizado por Berlín desde el final de la Guerra Fría para librarse de las obsoletas restricciones sobre el uso de sus fuerzas armadas. Los diferentes roles y puntos de vista pueden complicar en ocasiones la creación de consenso y la cooperación.

A raíz de los ataques terroristas, Charles Grant, del Centro para la Reforma Europea de Londres, escribió en The Independent que la opción americana de no emplear a la OTAN para la ejecución de las operaciones militares contra los objetivos terroristas en Afganistán significaba que: "Es improbable que, en el futuro, los americanos deseen utilizar a la OTAN para llevar a cabo una gran operación con verdaderos combates", lo que puede o no ser un juicio exacto. Probablemente Washington no le pidió a la OTAN que realizara acciones militares en Afganistán para no repetir la experiencia de Kosovo, donde la dirección norteamericana del conflicto se topó con dificultades debidas a la críticas de los Aliados sobre su estrategia de selección de blancos. Al parecer, las opiniones de los mandos del Pentágono sobre la limitada utilidad de la OTAN fueran asumidas en Washington, sin que los Estados Unidos llegasen ni siquiera a pedir que se asignara un papel de más relevancia a la Alianza.

Por parte europea, altos funcionarios de la Alianza se quejaron de que, tras haber mostrado su apoyo y su voluntad de colaborar, los Estados Unidos procedieron a actuar según una estrategia destinada en gran medida más a dividir, que no a compartir responsabilidades. Según las noticias de prensa, la situación irritó a los líderes europeos que, habiendo mostrado su firme apoyo político, veían abochornados cómo tras haber invocado el Artículo 5 se les había dejado de lado.

Hasta cierto punto, esta situación puede atribuirse a varios factores de los que son culpables los mismos europeos. Primero porque en su mayoría carecían de los principales medios militares necesarios para participar la primera fase de la campaña afgana, basada predominantemente en proyectiles aéreos de alta precisión. Segundo, porque las autoridades americanas eran totalmente conscientes de la pasada oposición de algunos miembros de la OTAN a involucrar a la Alianza en operaciones militares fuera de sus fronteras, y menos a ún fuera de Europa.

Por otra parte los Estados Unidos pueden haber perdido una oportunidad de modificar el consenso de la OTAN para superar el Concepto Estratégico de 1999 a raíz de los ataques del 11 de septiembre. A la vista de la invocación al Artículo 5 y los voluntad explícita de muchos Aliados de la OTAN de contribuir con medios militares a la guerra contra el terrorismo, existía un consenso político que podría haber sido empleado para ampliar los horizontes de la OTAN y establecer un mecanismo futuro para estas contribuciones. Aunque todavía es posible que esto ocurra, lo cierto es que la política de una mayor implicación de la OTAN en las operaciones contraterroristas se va haciendo más difícil a medida que pasa el tiempo, y el horror, la compasión y el sentimiento de comunidad causados por el 11 septiembre se van desvaneciendo.

Sin embargo, si la guerra contra el terrorismo internacional continúa siendo durante varios años el centro de la política de seguridad de EEUU, la capacidad de la OTAN de ser una parte de la solución podría influir en las percepción estadounidense de la utilidad de la Alianza. Para enfrentarse a este desafío - la primera verdadera "crisis" de la OTAN en el siglo XXI - será necesaria una sofisticada dirección política en ambos lados del Atlántico. Los Estados Unidos deberán tener cuidado al pedirles a los Aliados que hagan solamente cosas que sean capaces de hacer. Al mismo tiempo, los Aliados de la OTAN deben evitar dar la sensación de que no respaldan a los Estados Unidos en su respuesta frente la amenaza terrorista.

Si la OTAN no colabora lo suficiente, se arriesga a que EEUU pierda su interés por la Alianza. La falta de unanimidad entre los miembros de la Unión Europea, demostrada en la cumbre de diciembre del Consejo Europeo, y la incapacidad de la mayoría de los miembros de la UE para comprometer recursos adicionales para la defensa, se interpreta en Washington como una falta de verdadero interés. Por otro lado, los intentos de EEUU de llevar a la Alianza más allá de su consenso político actual sobre la misión de la OTAN podrían crear fisuras entre los Aliados e, incluso, malestar interno en algunos países Aliados. En cualquier caso, la guerra contra el terrorismo internacional probablemente siga siendo durante muchos años la parte más importante del escenario político y estratégico en el que las naciones de la OTAN deben enfrentarse.

Stanley R. Sloan es director de la Iniciativa para la Comunidad Atlántica, investigador invitado de la Universidad de Middlebury de Vermont, y autor de libro de próxima publicación: "La OTAN, la Unión Europea y la Comunidad Atlántica: el Pacto Transatlántico reconsiderado" (Rowman and Littlefield).





Temas militares
Planificando el futuro

Frank Boland analiza cómo el Plan de Acción para la Adhesión ayuda a los países candidatos a prepararse para el ingreso en la OTAN.

La atención de los nueve países que aspiran al ingreso en la OTAN está centrada, como es lógico, en la Cumbre de Praga de noviembre. Pero, en cierta medida, sus esfuerzos para asegurarse de que se les invita a incorporarse a la Alianza constituyen la parte fácil del camino. Los países que reciban la invitación a la adhesión, sea en Praga o en otra ocasión, tendrán que asumir tras su ingreso los derechos y deberes que comporta la misma. El garantizar que podrán estar a la altura de sus responsabilidades de la forma más eficaz supondrá un reto que persistirá incluso después de la integración. El Plan de Acción para la Adhesión, lanzado en la Cumbre de Washington de 1999, pretende asegurar que estos países puedan integrarse de la forma más fácil y rápida posible.

El Plan de Acción para la Adhesión (MAP) es bastante exigente. Cada año, los países candidatos deben entregar a la OTAN su Programa Nacional Anual, que cubre los denominados cinco capítulos del MAP: cuestiones políticas y económicas; cuestiones militares y de defensa; recursos; cuestiones relativas a la seguridad y cuestiones legales. Cada otoño, el programa se ve sometido a consultas entre los Aliados y cada uno de los países candidatos. A este diálogo preliminar le siguen en la siguiente primavera las discusiones en profundidad celebradas en la capital del país aspirante con un equipo de la OTAN en el que están representados el personal civil y militar de la Alianza. A partir de estas discusiones se redacta un informe de progreso para cada país aspirante, que a su vez sirve de base para una discusión posterior entre los embajadores de la OTAN y una delegación del país candidato, normalmente encabezada por sus Ministros de Asuntos Exteriores y Defensa. Estas revisiones se producen antes de las reuniones ministeriales de primavera de la OTAN, en las que se entrega a los ministros de la Alianza un informe global sobre el MAP.

El objeto de este proceso intensivo es asegurar que por un lado, los Aliados tienen la mayor información posible sobre los preparativos para la integración de los candidatos, y por otro lado, que estos candidatos comprendan exactamente lo que se espera de ellos cuando formen parte de la OTAN. También sirve para resaltar los campos en los que la Alianza, en su conjunto, o algún país Aliado, en especial, deben incrementar su ayuda a la preparación de los países candidatos. Probablemente para al Cumbre de Praga se habrán completado las cuestiones incluidas en el MAP referentes a aspectos legales y de seguridad, pero en lo que se refiere a asuntos militares y de defensa, incluso los que reciban la invitación para integrarse en noviembre en la Alianza tendrán que continuar sus esfuerzos durante años para llegar a alcanzar el nivel requerido.

Cuestiones de defensa

La gestión del capítulo militar y de defensa del MAP tiene como base la Asociación para la Paz, en la que los países candidatos han participado desde hace años, y que incluye el Proceso de Planificación y Análisis (PARP) y los Programas de Asociación Individuales (IPPs). Dentro del PARP se realizan evaluaciones sobre el status de los planes de defensa de cada candidato y los progresos realizados en la consecución de los objetivos de planificación acordados en reuniones anteriores. Estos objetivos de planificación (Objetivos de la Asociación) se negocian con los países aspirantes a fin de proporcionar directrices en áreas prioritarias, y asegurar que sus tropas podrán operar con mayor facilidad con las de la Alianza, y para definir las capacidades que cada país deberá aportar si llega a ser miembro de la Alianza. En cuanto al IPP, que se confecciona a la medida de cada país candidato, proporciona una directriz sobre las actividades en que la Asociación para la Paz debe centrar sus esfuerzos, a fin de ir familiarizándose con la forma de operar de la OTAN.

Las evaluaciones sobre cuestiones militares y de defensa constituyen el principal elemento de trabajo del MAP. Se basan en las respuestas de cada país candidato a la Encuesta sobre Interoperatividad Global de la Asociación para la Paz.
De este documento, que deben cumplimentar todos los países que participan en el PARP, existe una versión ampliada para los candidatos, que tienen que cumplimentar también la Parte III, opcional para los no participantes en el MAP. La Encuesta se basa totalmente - hasta el punto de ser casi idénticos - en el Cuestionario de Planes de Defensa de la OTAN, que redactan cada año los Aliados que toman parte en los planes de defensa colectivos.

La información solicitada en la Parte III de la Encuesta resulta extremadamente detallada. Además de pedir informaciones sobre política de seguridad y defensa, también se piden cifras detalladas sobre el gasto en defensa (incluyendo las previsiones futuras); estado de las unidades (número de efectivos, cantidad y clase de equipamiento y entrenamientos realizados); planes de modernización (con las previsiones de gastos anualizadas en los diferentes tipos de equipamientos); el nivel de los stocks logísticos y el desarrollo de las capacidades logísticas; los progresos logrados en el cumplimiento de los objetivos de planificación acordados; y otras diversas áreas, como las capacidades de mando y control. Recopilar una gama tan variada de informaciones resulta una tarea extremadamente difícil para los países candidatos, igual que les ocurre a los Aliados, pero es de vital importancia que los miembros de la OTAN puedan determinar las capacidades militares que los aspirantes podrán aportar en el futuro. Además, para estos países supone adquirir una disciplina muy útil para asegurar que sus planes de defensa y procesos de gestión internos están preparados para cumplir los requisitos del sistema de planificación de la OTAN y que, en el plano interno, las fuerzas armadas operan de una forma transparente, cuestión esencial para asegurar su control democrático.

Supervisar la reforma militar

Probablemente la plena integración en las estructuras militares de la Alianza y el completo desarrollo de las capacidades necesarias para convertirse en Aliados eficientes requerirán bastantes años. Por eso las evaluaciones militares y de defensa se han centrado en cómo los países aspirantes planean desarrollar sus fuerzas armadas, y si éstas estarán en la disposición óptima para la integración en la OTAN. Este enfoque tiene dos componentes esenciales: el primero, estudiar cómo los países candidatos planean garantizar que sus fuerzas estarán suficientemente preparadas para contribuir a toda la gama de misiones de la OTAN - desde la defensa colectiva hasta las operaciones en apoyo de la paz - como parte integrante de la mismas; el segundo, muy ligado al anterior, examinar los planes de defensa de los aspirantes - en especial, sus planes para la evolución o reestructuración de sus fuerzas armadas y para el desarrollo de futuras capacidades - para garantizar que son realistas, alcanzables y económicamente factibles.

Los aspirantes han tenido que cambiar su mentalidad en algunos aspectos. Antes de la creación del MAP en la Cumbre de Washington, se tendía a concentrar los esfuerzos para la mejora de la interoperatividad con la OTAN en las fuerzas puestas a disposición de la OTAN para las operaciones de mantenimiento de la paz, como la Fuerza de Estabilización (SFOR) en Bosnia-Herzegovina. De ahí la importancia de que estos países comprendieran que esas misiones son solamente una de las muchas situaciones en las que se verían envueltos en las futuras operaciones militares. La defensa colectiva, tanto en el territorio propio como desplegando fuerzas en el extranjero en operaciones de apoyo a otros Aliados, constituye la misión fundamental de la OTAN, y resulta vital que los planes de los aspirantes reflejen la necesidad de desarrollar las capacidades que estas tareas requieren. Las acciones militares en Afganistán, en las que los Aliados apoyaron a las tropas de los EEUU dentro del marco del Artículo 5 del Tratado de Washington, constituyen un saludable recordatorio de que, aunque el entorno de seguridad ha mejorado en la última década, el mundo sigue sin ser un lugar seguro, y el papel de la OTAN en la defensa colectiva sigue teniendo la misma importancia que cuando fue fundada.

Nadie pretende que los aspirantes desperdicien tiempo y recursos intentado implementar planes irrealizables y excesivamente ambiciosos. La OTAN necesita evaluar de la mejor manera posible el grado de progreso de estos países para la Cumbre de Praga, así como el grado de progreso que puede razonablemente suponerse que alcanzarán en cinco años. Al analizar los planes de los países candidatos, los Aliados se han concentrado en determinar cuestiones como si estos planes se basan en una evaluación nacional clara de los objetivos de seguridad de cada país; si las futuras capacidades y estructura de las fuerzas están diseñadas adecuadamente para cumplir esos objetivos; y si, en lo relativo al esfuerzo organizativo necesario y los recursos financieros y humanos que previsiblemente puedan estar disponibles, estos planes tienen posibilidades reales de dar fruto.

Durante este proceso - que se formaliza en un Objetivo de la Asociación, que requiere que todos los aspirantes revisen mediante consultas con la Alianza sus estructuras de fuerzas planificadas - todos los países candidatos han analizado los objetivos que esperaban alcanzar frente a los recursos disponibles en la actualidad y en el futuro. De este modo, todos ellos han revisado sus planes para alinear sus aspiraciones con sus recursos. Los Aliados están analizando en detalle los planes ya modificados durante el trabajo de primavera del MAP, y las conclusiones que extraigan contribuirán en la decisión que debe tomarse en Praga sobre quiénes serán invitados a integrarse en la Alianza.

Debe recalcarse que la OTAN no pretende darles a los países candidatos un proyecto del modo en que deben organizar sus estructuras de defensa. Cada país tiene sus propias características y tradiciones: algunos tienen que crear un ejército partiendo casi de cero; otros deben modernizar las estructuras heredadas de la Guerra Fría. Los retos son diferentes para cada caso, por lo que las soluciones tienen que adaptarse a las circunstancias particulares. Pero el diálogo con la OTAN, llevado a cabo mediante el MAP, asegurará que la forma en la que evolucionan sus fuerzas armadas esté en consonacia con sus futuras responsabilidades como miembros de la Alianza. 

Ayudar a los aspirantes

Cuando los países candidatos afrontan el desarrollo de sus capacidades, pueden recibir ayuda de varias fuentes. La participación en muchas de las áreas de trabajo de la Alianza como Socios de la APP les da una oportunidad de alinear sus esfuerzos con los de los Aliados, preparándose así para su futuro papel como miembros de la OTAN. El personal de esas naciones, al igual que el de otros países Socios, trabaja ya en la sede principal y en los diferentes centros de mando de la OTAN, lo que les permite adquirir experiencia práctica y de primera mano sobre la forma de trabajar de la Alianza. La estructura de mando de la OTAN está totalmente comprometida en todos sus niveles con la tarea de suministrar consejo en las cuestiones militares y proporcionar adiestramiento, por ejemplo mediante la Escuela de la OTAN en Oberammergau (Alemania).

Pero todavía resulta más importante la asistencia a nivel bilateral que proporcionan algunos Aliados, mediante acciones como las evaluaciones de defensa, básicas para el trabajo futuro de desarrollo de estructuras y capacidades de fuerzas; la enseñanza de idiomas y el desarrollo de capacidades de vigilancia aérea; y la puesta a disposición de consejeros expertos en temas como el entrenamiento y educación militares, el desarrollo de cuadros de suboficiales, la reorganización de las estructuras logísticas, la metodología de planificación operacional, y la gestión financiera y la elaboración de presupuestos. Estas ayudas han permitido que aquellos países puedan acelerar sus progresos en ciertas áreas. En cualquier caso, el completar este trabajo será, en muchos casos, un proceso a largo plazo.

El MAP ha demostrado ser un mecanismo extremadamente eficaz para que los Aliados puedan supervisar los progresos realizados por los aspirantes en una amplia gama de terrenos. Ha impulsado a los aspirantes a analizar sus criterios principales, y les ha dotado de un potente motor para la reforma militar, proporcionando a la OTAN una medio para dar información interactiva sobre cómo desearían los Aliados que continuasen esos progresos. Por eso ha resultado de tanta ayuda para los países candidatos al guiarlos en sus preparativos para la integración en la OTAN.

La finalización del tercer ciclo del MAP coincidirá con las reuniones ministeriales de primavera, pero este proceso continuará en el periodo previo a la Cumbre de Praga, y los aspirantes deben presentar este otoño un Programa Nacional Anual actualizado. Simultáneamente, la Alianza deberá analizar las futuras mejoras en el MAP, y su aplicación tras la Cumbre de Praga, incluso para nuevos candidatos. También habrán de tomarse decisiones sobre la forma de manejar la integración de los candidatos que reciban su invitación en Praga. Aunque muchas cosas dependerán de los detalles de las decisiones acordadas en Praga, es seguro que la mayoría de las lecciones extraídas del MAP tendrán su influencia en las disposiciones futuras para la admisión de nuevos miembros en la Alianza.

Frank Boland es Subdirector de Planificación de Fuerzas en la División de Planes de Defensa y Operaciones de la OTAN.